Supe que los
encontraron abrazados en el piso, después de haber llamado largo rato a la
puerta de la cabaña.
Alguien ahogó un
grito. Parecían despojos. De las figuras
alegres que habían entrado un día antes al complejo, no quedaba nada.
Los brazos pesados de
él, la rodeaban. Los brazos frágiles de ella, se aferraban al cuello de
él. Como si no quisieran soltar lo único
puro que había existido en sus vidas.
1.
El día de la asunción
del nuevo senado bonaerense, estaba como siempre acompañando a su marido. Finalmente él cumplía con otra de sus
aspiraciones en la política. Marina
comandaba el pequeño grupo formado por sus hijas y una sobrina. En medio de discusiones, casi había tenido
que obligar a la mayor, Cecilia, para que estuviera presente en la
ceremonia. Cecilia tenía otras ideas
políticas, rebelde por naturaleza y por edad, estaba contra el sistema y por
supuesto se negaba sistemáticamente a participar de las actividades familiares que tuvieran
que ver con el trabajo de su padre. La
menor, Felisa, a sus quince, sólo veía las ventajas que le producía esa
posición. Invitaciones, influencias,
trato diferente en la escuela. Lo había
aprovechado y seguiría haciéndolo. Yo, por acompañarla a ella, también estaba
ahí. No me gustaba la idea de que
viajara sola. Notaba una carga difícil
de sobrellevar, por eso decidí acompañarla, a pesar de mi desinterés por la
ceremonia. Pero estaba igual allí, me
consolaba pensar que muchos tenían el mismo pensamiento y sin embargo eran lo
suficientemente hipócritas como para sentarse y aplaudir en el recinto.
Yo lo miraba mientras
se preparaba para jurar. Día a día me
costaba más entender el hecho de que Marina se hubiera casado con ese
hombre. Alto, canoso y muy delgado, con incipiente panza de cincuentón y
ambicioso. Demasiado ambicioso. Se movía allí como pez en el agua. Diputados, senadores, intendentes, asesores y
un variado pelaje de militantes y funcionarios daban vueltas. Él saludaba a
todos y cada uno de ellos. Hasta las
barras con banderas que estaban en las bandejas del recinto le tenían
simpatía. Yo no.
Marina, la esposa
perfecta, saludó a conocidos y desconocidos, sonrió y se tomó fotografías.
Acompañó todo el proceso como lo había hecho desde años atrás y llegaba hasta
el final. Aunque sabía que este no era
el final. Sabía que Guillermo iba a ir
por más. Lo conocía y mucho.
Siete años atrás habían
decidido, que volverían a vivir a la ciudad natal de la pareja para que
Guillermo presentara su candidatura representando a esa sección electoral. Parecía el momento ideal, las hijas todavía
eran chicas y no fue tan complicado arrancarlas de sus amigos, cambiarlas de colegio
y mudarlas a esa ciudad tan chica, a la que sólo iban de tanto en tanto y de
visita.
El deseo de Guillermo,
sumado a lo que sería la gran oportunidad
para su carrera había acelerado la decisión. Cuando comenzaron a salir, ella era una
estudiante de primer año de letras y él inauguraba su primer estudio jurídico,
aunque la militancia partidaria le
llevaba la mayoría de su tiempo. Desde
que estaba en la escuela secundaria, participaba activamente en el partido, y
siempre supo claramente qué era lo que buscaba.
Cuando su relación con Marina avanzó y comenzaron a hacer planes, ella
aceptó que él se dedicaría plenamente a aquello y que su papel sería el de
acompañante, manejar la casa y criar a los hijos algún día. Así que el día que Guillermo le propuso
volver a Ojo de Agua, casi no hubo objeciones.
Preparó la mudanza, eligió una casa, consiguió que inscribieran a las
chicas en el colegio católico al que ella había asistido y escuchó todas y cada
una de las exclamaciones de su madre, feliz por el hecho de tener a su hija y a
sus nietas cerca.
Finalmente Guillermo
era senador otra vez e iba seguir viajando todos los días a La Plata a su nuevo
despacho en la legislatura. Marina
seguiría acompañando y ocupándose de sus hijas.
Cecilia terminaba ese año el secundario y se mudaría para estudiar
historia a la Universidad de Buenos Aires.
Quedaría sólo Felisa en la casa.
Aunque iba y venía todo el tiempo, casi no se la veía. Estaba en la escuela, en las clases de
inglés, en el gimnasio, en la laguna paseando o surfeando o con la cabeza metida
en el celular, que era como si no estuviera.
Era una ciudad tranquila, y los adolescentes podían moverse libremente
sin tantas preocupaciones. Todos se
conocían y eso hacía que todo fuera más tranquilo.
Cuando Marina terminó
la carrera de Letras, el casamiento fue enseguida. Sólo unos meses pasaron, los necesarios para
organizar todo. En lo único por lo que
surgieron algunas diferencias entre la pareja, fue porque a ella le hubiera
gustado que la ceremonia fuera en Ojo de Agua, pero no hubo negociación
posible. Guillermo insistía en la
necesidad de hacerla en La Plata. Le
convenía. Todo el espectro político iba
a estar ahí. No se podía trasladar a
todos al pueblo y él se estaba consolidando como un dirigente provincial y lo
mejor era que todo se llevara a cabo en la ciudad donde vivían. La encumbrada familia de Guillermo estaba
presente. La aristocrática madre y las tías, trataron como pudieron de
involucrarse en los preparativos. A
pesar de ello, los novios fueron firmes y casi no lo permitieron, sólo algunas
invitaciones de compromiso autorizaron.
Querían algo a su gusto. Marina
quería algo sencillo, Guillermo buscaba mostrarse como alguien sobrio y
elegante. La familia de Marina, poco
convencida con que no se hubiera elegido la iglesia a la que ellos asistían, a
regañadientes, pero asistieron. En
definitiva, para ellos, su hija siempre había buscado enamorarse, casarse y
formar una familia. Su propia carrera,
suponían, no tenía, en ese momento, la menor importancia.
Yo era la única que planteaba
reales reparos. Consideraba que era mi
derecho como mejor amiga.
- Vos no estás enamorada de Guillermo,
vos estás obnubilada. Eso es todo.
¿Estás segura de lo que
vas a hacer?
- Por supuesto que estoy segura. Vos
porque no crees en nadie, nunca te enamoraste y por eso no entendés.
Guillermo me necesita y yo a él y estoy muy feliz con la decisión.
- Vos decime lo que quieras, pero le
estás errando. Aunque sea podrían
esperar un poco más. Recién te recibiste, por qué no dedicarte un
poco a tu carrera y después, si
querés, te casas.
- No, no y no. Ya está decidido, todo
encaminado, el vestido listo, la fiesta preparada y los testigos confirmados.
¿Te acordás que sos testigo, no?
- Si, me acuerdo. Aunque no me gusta esto, sabes que te voy a
acompañar. Pero si la mínima duda surge, prométeme que no lo
haces ¿me lo prometes?
- Está bien. Sos dura. Si te lo prometo
aunque eso no va a pasar. ¿Te mostré los zapatos
del civil? Vení que te los muestro y de
paso terminás con tanta pavada.
Y así, daba por
terminada la discusión por unos días hasta que yo arremetía con mi oposición.
El día de la boda, la
ceremonia civil fue muy sencilla, breve y la pareja estaba muy alegre. Guillermo amaba a Marina, eso ni siquiera yo
lo dudaba. Ella parecía la mujer
indicada para él. Le contaba sobre las
reuniones en el comité donde se hablaba sobre el futuro del partido y también
le relataba sobre aquellas charlas fuera del comité, las de la mesa chica donde
realmente se tomaban las decisiones. Por
el momento, él sólo era una de las autoridades provinciales del partido, pero
pronto tendría nuevas responsabilidades y un cargo más importante lo
esperaba. De hecho, la fiesta de su
casamiento, iba a convertirse en una de esas reuniones de la mesa chica. Todas las autoridades del partido, algunos
intendentes, varios diputados y hasta un ex presidente estaba invitado. En el mundillo político local todos sabían de
ese casamiento. Para Guillermo, una plataforma. Para Marina, cumplir un sueño.
Cuando Marina entró por
la nave central de la iglesia del brazo de su padre, vio todos esos rostros que
normalmente veía en la televisión o en fotos de los diarios y no pudo menos que
sentir orgullo y alegría por su futuro marido, a pesar de que tenía claro que
casi ninguno de ellos era amigo de Guillermo; aliados, socios ocasionales,
compañeros de militancia, pero no amigos.
Y esa sería desde ahora su vida, rodeada de esas personas, pero ella
sabría proteger a la familia que formarían y mantenerla unida para siempre.
Cuando llegó al altar,
giró a mirar a las personas que allí estaban, y me vio que desde la primera
fila le hacía un gesto que sólo ella entendió.
Juro que hice mi mayor esfuerzo para poner la mejor cara, pero el gesto
de desaprobación se me escapó. Me miró con
ternura. Supe que no se enojaba. Estaba
convencida de que iba a demostrarme que yo estaba equivocada y que serían muy
felices.
Y allí estábamos,
Marina, sus hijas, su sobrina y yo, volviendo por la autopista a Ojo de
Agua. Manejaba con cuidado, porque en
esos días de diciembre la ruta estaba bastante congestionada. Guillermo se había quedado, era su segundo
mandato como senador y la familia ya se había acostumbrado a sus ausencias.
En ese momento,
mientras las chicas discutían sobre quién le había robado una remera a quién,
le dije a Marina si no pensaba que esos cuatro años más de mandato serían demasiado para Guillermo y su
salud. Cuando aparecieron los primeros
olvidos, todo apuntaba a un alto grado de stress, distracciones de aquel que
tiene la cabeza en otra parte, una canilla o el gas abiertos, carpetas
perdidas, olvidos de fechas de cumpleaños.
Marina me lo contó con
cierta preocupación, y mi respuesta inmediata fue relacionarlo con la
enfermedad del padre.
- ¿Acaso me vas a decir que no lo
pensaste?
- Bueno, si. Pero no creo. Está pasado
de vueltas. El senado lo tiene agotado.
- ¿Y asimismo se presenta otra vez? Lo
sabés Marina, él te ama y ama a las chicas, pero
más ama lo que hace. Ni siquiera se me
ocurriría pensar que es otra la que lo tiene
distraído. Su libido pasa, como siempre,
por estar con los otros rosqueando. Adora estar de campaña, en actos y
reuniones y metido en esas discusiones que no conducen
a nada. Siempre fue igual.
- No empieces. Ya sabemos lo que vos
opinás. Nunca te cayó bien. Me preocupa
que esté bajo demasiada presión.
- Sabés bien qué es lo que tiene.
- Bueno, basta. Hablemos de otra cosa.
Cuando ingresamos al
colegio secundario, Guillermo era del grupo que egresaba ese año. Era el tipo más sociable, estaba en el centro
de estudiantes, no se perdía una sola fiesta y siempre tenía una corte de
adolescentes que lo perseguía y adoraba.
Era un adolescente alto y desgarbado, increíblemente carismático y todos
los que se relacionaban con él, lo amaban u lo odiaban. Era la clase de personas que no provocaba
términos medios.
Yo me enteré, por mi
hermana que era de su curso, que al padre le decían “el loco”. Después nos enteramos que en realidad era un
hombre joven con Alzheimer. A medida que
el tiempo fue pasando, esto se hizo cada vez más evidente y terminó internado
en una institución durante más de treinta años.
Para la suegra de Marina habría sido imposible cuidarlo. La enfermedad avanzó tan rápidamente que antes
de cumplir los cincuenta y cinco años ya no reconocía a su mujer y a su hijo.
Una posición económica
holgada les permitió llevarlo a una buena clínica y, con eso, solucionaron dos
problemas, el primero, estaba medicamente controlado y el segundo, Guillermo
podía seguir su vida normal. Terminar su
carrera en la facultad y seguir adelante.
Formaba parte del brazo universitario del partido y todos sabían que con
el título debajo del brazo, continuaría dedicándose a la política
partidaria. Tenía buena relación con los
jerarcas del partido y ya tenía un trabajo con las autoridades
provinciales. Tenía el camino allanado.
Después de la boda,
Marina tuvo que acostumbrarse a no hacer nada.
De la vida universitaria y de tener todas sus horas ocupadas pasó a casi
no tener tareas por hacer, más que dedicarse a la decoración del departamento,
llevar trajes a la tintorería y acompañarme un poco a mí que estaba terminando
mi carrera y preparaba mi regreso a Ojo de Agua. Nacieron las hijas y Marina dedicó todo su tiempo
a ellas. Él iba de campaña en campaña,
entre internas y elecciones generales, sin presentarse a ningún cargo porque lo
querían adentro. Era un hábil negociador
y no les servía sentado en una banca.
Siempre ostentaba el cargo de asesor de alguien. La economía familiar marchaba muy bien. Marina la manejaba. Él decía que nunca sabía cuánto dinero había
o adonde iban a ir de vacaciones. Parte
de su tácito acuerdo matrimonial era que ella se ocupaba de todo. Desde ir a
las reuniones de padres hasta comprar una casa más grande. Cambiar el auto e ir a pagar y asegurarse que
no le faltara nada en la clínica donde estaba internado al padre de Guillermo.
Y el arreglo funcionaba.
Muchas veces le
pregunté si no se sentía sola. Siempre me contestaba lo mismo:
- Somos una familia que marcha. Vivimos
bien, no necesito más.
- ¿Y vos no querés más? ¿No necesitás
otra cosa? ¿Un compañero? Casi no le ves el pelo…
- No necesito más Bele. Es lo que a él lo hace feliz, por lo tanto a
mí también.
Creo que en ese momento
estaba convencida que la vida era así.
Si la personalidad de Guillermo, no permitía medias tintas, la vida de
Marina era tibia. Yo la sentía cada vez
más aburguesada y con un tono monocorde.
Estuvo a punto de darme
la razón unos años después, cuando me contó que tenía una aventura con un padre
del colegio al que asistían las chicas.
Una pequeña aventura. Nada
concreto. Un intercambio de miradas y
mensajes. Duró dos o tres semanas. Se
aburrieron uno del otro rápidamente.
- Las cosas que una hace para sentirse
viva ¿no?
- No seas cruel, no tiene nada que
ver. Yo me siento bien viva. Fue algo que se dio, nada más. Pero ya
está. Fue. No me voy a poner en riesgo por nada. No le podía hacer esto a Guillermo.
- Ni se entera. Está en otra.
- Aflojá con el venenito querida. Sabés que lo quiero.
- ¿A veces no pensás en lo que se
siente cuando estás enamorada?
- ¡Yo estoy enamorada!
- Eso no es estar enamorada. Te lo dije antes de que te casaras. Eso no es
amor. Es afecto, compañerismo, comodidad nena ¡comodidad!
- Vos porque seguís sin enamorarte.
Vivís esperando esa historia de amor, con pajaritos
y violines. No existe Belén eso. Las
relaciones se construyen. No viene Cupido
y te flecha. Esas son boludeces de adolescentes y nosotras somos bien grandecitas ya.
- No vale la pena seguir hablando de
esto. Algún día vamos a ser dos viejas
chotas y me vas a dar la razón.
- Explicame para qué te va a servir que
te de la razón cuando seamos unas viejas chotas.
Terminamos riéndonos
las dos como siempre. Nuestras
discusiones eran así, en todos los años que hacía que nos conocíamos, jamás nos
habíamos peleado seriamente. Habíamos
convivido cuando estudiábamos, yo en derecho y ella en humanidades y ni
siquiera tuvimos roces provocados por la convivencia.
Ella fue quien más me
apoyó cuando obtuve el registro para mi propia escribanía y yo estuve en sus
embarazos y los partos, aunque yo sabía que esa vida no la hacía feliz. Sólo la conformaba. Adoraba a sus hijas y a pesar de que me
acusaba de soñadora, yo hubiera preferido que se casara con alguien más. A mi esta cuestión de la pareja perfecta
nunca me había convencido demasiado. A
veces la admiraba. A veces me daba pena.
Tenía un talento
especial para escuchar monólogos sobre reuniones de comisión, asuntos
institucionales, asuntos legislativos y ética pública, estado parlamentario,
mesa chica, mesa grande. Guillermo le
relataba minuciosamente la actividad de los cuarenta y ocho senadores y sus
asesores. Y ella escuchaba y a veces
asentía. Creo que lo hacía de manera
automática. Las pocas veces que
presencié esos monólogos, me torturaba con sólo pensar que para mi amiga era
cosa de todos los días. Cuando yo estaba
en la casa y él llegaba, yo e iba.
Nuestra antipatía era mutua. Pero
no me salvaba en cumpleaños, fiestas de fin de año y aniversarios a los cuales
no me quedaba más remedio que ir.
Yo imaginaba que él
estaba en cosas turbias. No sería
diferente al estereotipo del político. A
Marina no parecía preocuparle. Él le aseguraba que todo estaba bajo
control. Como senador tenía una enorme
dieta, una gran cantidad de dinero mensualmente; a eso se le sumaba, el uso del
auto, vales de combustible, módulos, etc.,
pero además, según el cargo que ostentara dentro de la legislatura, le
entregaban más módulos que utilizaba a discreción. Se manejaba más dinero. Becas, subsidios, aunque Guillermo era muy
cuidadoso con ese tema. Unos diez años
atrás, cuando era sólo autoridad del partido, le habían pedido que se ocupara,
no personalmente, pero si, que contratara un abogado o varios que se ocuparan
de un hecho que fue un verdadero escándalo en la provincia. Unos senadores, fueron procesadores en el
marco de una investigación que se centró en subsidios que fueron entregados a
fundaciones y entidades inexistentes o integradas por personas vinculadas a
estos mismos legisladores. Lo absurdo,
es que estos legisladores, no sólo estaban siendo investigados por tales
delitos, sino que también se comentaba que la máxima desprolijidad que habían
cometido, había sido que depositaban el dinero de estos subsidios en sus
propias cuentas bancarias. Eso hizo saltar el delito y colocó al partido en una
situación complicada de afrontar y Guillermo había sido el monje negro que
había llevado adelante la logística de seguir y verificar la marcha de la
causa. Incluso, un legislador fue
detenido por ese proceso. Había que
limpiar la imagen del partido y Guillermo había sido el encargado de ello. Diez años después casi nadie recordaba el
hecho. Había llevado a cabo un buen trabajo. De todos modos, más allá de esto,
la familia de él, había amasado una pequeña fortuna desde que habían limpiado
el campo que poseían y decidido plantar soja, cuando sólo se hablaba de la soja
como un proyecto a futuro. Con los años y las exportaciones, ese negocio había
dado grandes regalías a la familia.
Toda esa vida de lujos
y placeres, no era simplemente por el trabajo legislativo de Guillermo.
- A vos te gusta estar calentita – le
dije un día
- No entiendo
- Y, no estás dispuesta a perder todas
estas comodidades, los viajecitos, las empleadas,
los autos. No me vas a decir que vos no
sabes lo que se cocina en esas reunioncitas.
Justo entró una de las
hijas y Marina me miró con cara de enojo.
- Vos y yo ya vamos a hablar.
Por fortuna para
nuestra amistad, justo esta conversación no se volvió a dar.