lunes, 22 de septiembre de 2014

Desleales

Supe que los encontraron abrazados en el piso, después de haber llamado largo rato a la puerta de la cabaña.
Alguien ahogó un grito.  Parecían despojos. De las figuras alegres que habían entrado un día antes al complejo, no quedaba nada.
Los brazos pesados de él, la rodeaban. Los brazos frágiles de ella, se aferraban al cuello de él.  Como si no quisieran soltar lo único puro que había existido en sus vidas.







1.

El día de la asunción del nuevo senado bonaerense, estaba como siempre acompañando a su marido.  Finalmente él cumplía con otra de sus aspiraciones en la política.  Marina comandaba el pequeño grupo formado por sus hijas y una sobrina.  En medio de discusiones, casi había tenido que obligar a la mayor, Cecilia, para que estuviera presente en la ceremonia.  Cecilia tenía otras ideas políticas, rebelde por naturaleza y por edad, estaba contra el sistema y por supuesto se negaba sistemáticamente a participar  de las actividades familiares que tuvieran que ver con el trabajo de su padre.  La menor, Felisa, a sus quince, sólo veía las ventajas que le producía esa posición.  Invitaciones, influencias, trato diferente en la escuela.  Lo había aprovechado y seguiría haciéndolo. Yo, por acompañarla a ella, también estaba ahí.  No me gustaba la idea de que viajara sola.  Notaba una carga difícil de sobrellevar, por eso decidí acompañarla, a pesar de mi desinterés por la ceremonia.  Pero estaba igual allí, me consolaba pensar que muchos tenían el mismo pensamiento y sin embargo eran lo suficientemente hipócritas como para sentarse y aplaudir en el recinto.
Yo lo miraba mientras se preparaba para jurar.  Día a día me costaba más entender el hecho de que Marina se hubiera casado con ese hombre.  Alto, canoso y muy delgado, con  incipiente panza de cincuentón y ambicioso.  Demasiado ambicioso.  Se movía allí como pez en el agua.  Diputados, senadores, intendentes, asesores y un variado pelaje de militantes y funcionarios daban vueltas. Él saludaba a todos y cada uno de ellos.  Hasta las barras con banderas que estaban en las bandejas del recinto le tenían simpatía.  Yo no.
Marina, la esposa perfecta, saludó a conocidos y desconocidos, sonrió y se tomó fotografías. Acompañó todo el proceso como lo había hecho desde años atrás y llegaba hasta el final.  Aunque sabía que este no era el final.  Sabía que Guillermo iba a ir por más.  Lo conocía y mucho.
Siete años atrás habían decidido, que volverían a vivir a la ciudad natal de la pareja para que Guillermo presentara su candidatura representando a esa sección electoral.  Parecía el momento ideal, las hijas todavía eran chicas y no fue tan complicado arrancarlas de sus amigos, cambiarlas de colegio y mudarlas a esa ciudad tan chica, a la que sólo iban de tanto en tanto y de visita.
El deseo de Guillermo, sumado a lo que sería la gran oportunidad  para su carrera había acelerado la decisión.   Cuando comenzaron a salir, ella era una estudiante de primer año de letras y él inauguraba su primer estudio jurídico, aunque la  militancia partidaria le llevaba la mayoría de su tiempo.  Desde que estaba en la escuela secundaria, participaba activamente en el partido, y siempre supo claramente qué era lo que buscaba.  Cuando su relación con Marina avanzó y comenzaron a hacer planes, ella aceptó que él se dedicaría plenamente a aquello y que su papel sería el de acompañante, manejar la casa y criar a los hijos algún día.   Así que el día que Guillermo le propuso volver a Ojo de Agua, casi no hubo objeciones.  Preparó la mudanza, eligió una casa, consiguió que inscribieran a las chicas en el colegio católico al que ella había asistido y escuchó todas y cada una de las exclamaciones de su madre, feliz por el hecho de tener a su hija y a sus nietas cerca.

Finalmente Guillermo era senador otra vez e iba seguir viajando todos los días a La Plata a su nuevo despacho en la legislatura.  Marina seguiría acompañando y ocupándose de sus hijas.  Cecilia terminaba ese año el secundario y se mudaría para estudiar historia a la Universidad de Buenos Aires.  Quedaría sólo Felisa en la casa.  Aunque iba y venía todo el tiempo, casi no se la veía.  Estaba en la escuela, en las clases de inglés, en el gimnasio, en la laguna paseando o surfeando o con la cabeza metida en el celular, que era como si no estuviera.  Era una ciudad tranquila, y los adolescentes podían moverse libremente sin tantas preocupaciones.  Todos se conocían y eso hacía que todo fuera más tranquilo.

Cuando Marina terminó la carrera de Letras, el casamiento fue enseguida.  Sólo unos meses pasaron, los necesarios para organizar todo.  En lo único por lo que surgieron algunas diferencias entre la pareja, fue porque a ella le hubiera gustado que la ceremonia fuera en Ojo de Agua, pero no hubo negociación posible.  Guillermo insistía en la necesidad de hacerla en La Plata.  Le convenía.  Todo el espectro político iba a estar ahí.  No se podía trasladar a todos al pueblo y él se estaba consolidando como un dirigente provincial y lo mejor era que todo se llevara a cabo en la ciudad donde vivían.  La encumbrada familia de Guillermo estaba presente. La aristocrática madre y las tías, trataron como pudieron de involucrarse en los preparativos.  A pesar de ello, los novios fueron firmes y casi no lo permitieron, sólo algunas invitaciones de compromiso autorizaron.  Querían algo a su gusto.  Marina quería algo sencillo, Guillermo buscaba mostrarse como alguien sobrio y elegante.  La familia de Marina, poco convencida con que no se hubiera elegido la iglesia a la que ellos asistían, a regañadientes, pero asistieron.  En definitiva, para ellos, su hija siempre había buscado enamorarse, casarse y formar una familia.  Su propia carrera, suponían, no tenía, en ese momento, la menor importancia.
Yo era la única que planteaba reales reparos.   Consideraba que era mi derecho como mejor amiga.

-           Vos no estás enamorada de Guillermo, vos estás obnubilada. Eso es todo.  ¿Estás           segura de lo que vas a hacer?
-           Por supuesto que estoy segura. Vos porque no crees en nadie, nunca te enamoraste y       por eso no entendés.  Guillermo me necesita y yo a él y estoy muy feliz con la     decisión.
-           Vos decime lo que quieras, pero le estás errando.  Aunque sea podrían esperar un            poco más.  Recién te recibiste, por qué no dedicarte un poco a tu carrera y después,       si querés, te casas.
-           No, no y no. Ya está decidido, todo encaminado, el vestido listo, la fiesta preparada       y los testigos confirmados.  ¿Te acordás que sos testigo, no?
-           Si, me acuerdo.  Aunque no me gusta esto, sabes que te voy a acompañar.  Pero si la       mínima duda surge, prométeme que no lo haces ¿me lo prometes?
-           Está bien. Sos dura. Si te lo prometo aunque eso no va a pasar. ¿Te mostré los      zapatos del civil?  Vení que te los muestro y de paso terminás con tanta pavada.
             
Y así, daba por terminada la discusión por unos días hasta que yo arremetía con mi oposición.

El día de la boda, la ceremonia civil fue muy sencilla, breve y la pareja estaba muy alegre.  Guillermo amaba a Marina, eso ni siquiera yo lo dudaba.  Ella parecía la mujer indicada para él.  Le contaba sobre las reuniones en el comité donde se hablaba sobre el futuro del partido y también le relataba sobre aquellas charlas fuera del comité, las de la mesa chica donde realmente se tomaban las decisiones.  Por el momento, él sólo era una de las autoridades provinciales del partido, pero pronto tendría nuevas responsabilidades y un cargo más importante lo esperaba.  De hecho, la fiesta de su casamiento, iba a convertirse en una de esas reuniones de la mesa chica.  Todas las autoridades del partido, algunos intendentes, varios diputados y hasta un ex presidente estaba invitado.  En el mundillo político local todos sabían de ese casamiento.  Para Guillermo,  una plataforma.  Para Marina, cumplir un sueño.
Cuando Marina entró por la nave central de la iglesia del brazo de su padre, vio todos esos rostros que normalmente veía en la televisión o en fotos de los diarios y no pudo menos que sentir orgullo y alegría por su futuro marido, a pesar de que tenía claro que casi ninguno de ellos era amigo de Guillermo; aliados, socios ocasionales, compañeros de militancia, pero no amigos.  Y esa sería desde ahora su vida, rodeada de esas personas, pero ella sabría proteger a la familia que formarían y mantenerla unida para siempre.
Cuando llegó al altar, giró a mirar a las personas que allí estaban, y me vio que desde la primera fila le hacía un gesto que sólo ella entendió.  Juro que hice mi mayor esfuerzo para poner la mejor cara, pero el gesto de desaprobación se me escapó.  Me miró con ternura. Supe que no se enojaba.  Estaba convencida de que iba a demostrarme que yo estaba equivocada y que serían muy felices.





Y allí estábamos, Marina, sus hijas, su sobrina y yo, volviendo por la autopista a Ojo de Agua.  Manejaba con cuidado, porque en esos días de diciembre la ruta estaba bastante congestionada.  Guillermo se había quedado, era su segundo mandato como senador y la familia ya se había acostumbrado a sus ausencias.
En ese momento, mientras las chicas discutían sobre quién le había robado una remera a quién, le dije a Marina si no pensaba que esos cuatro años más de mandato  serían demasiado para Guillermo y su salud.  Cuando aparecieron los primeros olvidos, todo apuntaba a un alto grado de stress, distracciones de aquel que tiene la cabeza en otra parte, una canilla o el gas abiertos, carpetas perdidas, olvidos de fechas de cumpleaños.
Marina me lo contó con cierta preocupación, y mi respuesta inmediata fue relacionarlo con la enfermedad del padre.

-           ¿Acaso me vas a decir que no lo pensaste?
-           Bueno, si. Pero no creo. Está pasado de vueltas. El senado lo tiene agotado.
-           ¿Y asimismo se presenta otra vez? Lo sabés Marina, él te ama y ama a las chicas,             pero más ama lo que hace.  Ni siquiera se me ocurriría pensar que es otra la que lo          tiene distraído.  Su libido pasa, como siempre, por estar con los otros rosqueando.          Adora estar de campaña, en actos y reuniones y metido en esas discusiones que no        conducen a nada. Siempre fue igual.
-           No empieces. Ya sabemos lo que vos opinás. Nunca te cayó bien.  Me preocupa que        esté bajo demasiada presión.
-           Sabés bien qué es lo que tiene.
-           Bueno, basta. Hablemos de otra cosa.

Cuando ingresamos al colegio secundario, Guillermo era del grupo que egresaba ese año.  Era el tipo más sociable, estaba en el centro de estudiantes, no se perdía una sola fiesta y siempre tenía una corte de adolescentes que lo perseguía y adoraba.  Era un adolescente alto y desgarbado, increíblemente carismático y todos los que se relacionaban con él, lo amaban u lo odiaban.  Era la clase de personas que no provocaba términos medios.
Yo me enteré, por mi hermana que era de su curso, que al padre le decían “el loco”.  Después nos enteramos que en realidad era un hombre joven con Alzheimer.  A medida que el tiempo fue pasando, esto se hizo cada vez más evidente y terminó internado en una institución durante más de treinta años.  Para la suegra de Marina habría sido imposible cuidarlo.  La enfermedad avanzó tan rápidamente que antes de cumplir los cincuenta y cinco años ya no reconocía a su mujer y a su hijo.
Una posición económica holgada les permitió llevarlo a una buena clínica y, con eso, solucionaron dos problemas, el primero, estaba medicamente controlado y el segundo, Guillermo podía seguir su vida normal.  Terminar su carrera en la facultad y seguir adelante.  Formaba parte del brazo universitario del partido y todos sabían que con el título debajo del brazo, continuaría dedicándose a la política partidaria.  Tenía buena relación con los jerarcas del partido y ya tenía un trabajo con las autoridades provinciales.  Tenía el camino allanado.

Después de la boda, Marina tuvo que acostumbrarse a no hacer nada.  De la vida universitaria y de tener todas sus horas ocupadas pasó a casi no tener tareas por hacer, más que dedicarse a la decoración del departamento, llevar trajes a la tintorería y acompañarme un poco a mí que estaba terminando mi carrera y preparaba mi regreso a Ojo de Agua.  Nacieron las hijas y Marina dedicó todo su tiempo a ellas.  Él iba de campaña en campaña, entre internas y elecciones generales, sin presentarse a ningún cargo porque lo querían adentro.  Era un hábil negociador y no les servía sentado en una banca.  Siempre ostentaba el cargo de asesor de alguien.  La economía familiar marchaba muy bien.  Marina la manejaba.  Él decía que nunca sabía cuánto dinero había o adonde iban a ir de vacaciones.  Parte de su tácito acuerdo matrimonial era que ella se ocupaba de todo. Desde ir a las reuniones de padres hasta comprar una casa más grande.  Cambiar el auto e ir a pagar y asegurarse que no le faltara nada en la clínica donde estaba internado al padre de Guillermo. Y el arreglo funcionaba.

Muchas veces le pregunté si no se sentía sola. Siempre me contestaba lo mismo:

-           Somos una familia que marcha. Vivimos bien, no necesito más.
-           ¿Y vos no querés más? ¿No necesitás otra cosa? ¿Un compañero? Casi no le ves el          pelo…
-           No necesito más Bele.  Es lo que a él lo hace feliz, por lo tanto a mí también.
Creo que en ese momento estaba convencida que la vida era así.  Si la personalidad de Guillermo, no permitía medias tintas, la vida de Marina era tibia.  Yo la sentía cada vez más aburguesada y con un tono monocorde.
Estuvo a punto de darme la razón unos años después, cuando me contó que tenía una aventura con un padre del colegio al que asistían las chicas.  Una pequeña aventura.  Nada concreto.  Un intercambio de miradas y mensajes.  Duró dos o tres semanas. Se aburrieron uno del otro rápidamente.

-           Las cosas que una hace para sentirse viva ¿no?
-           No seas cruel, no tiene nada que ver.  Yo me siento bien viva.  Fue algo que se dio,         nada más.  Pero ya está. Fue. No me voy a poner en riesgo por nada. No le podía        hacer esto a Guillermo.
-           Ni se entera. Está en otra.
-           Aflojá con el venenito querida.  Sabés que lo quiero.
-           ¿A veces no pensás en lo que se siente cuando estás enamorada?
-           ¡Yo estoy enamorada!
-           Eso no es estar enamorada.  Te lo dije antes de que te casaras. Eso no es amor.  Es          afecto, compañerismo, comodidad nena ¡comodidad!
-           Vos porque seguís sin enamorarte. Vivís esperando esa historia de amor, con        pajaritos y violines. No existe Belén eso.  Las relaciones se construyen. No viene    Cupido y te flecha. Esas son boludeces de adolescentes y nosotras somos bien   grandecitas ya.
-           No vale la pena seguir hablando de esto.  Algún día vamos a ser dos viejas chotas y        me vas a dar la razón.
-           Explicame para qué te va a servir que te de la razón cuando seamos unas viejas    chotas.

Terminamos riéndonos las dos como siempre.  Nuestras discusiones eran así, en todos los años que hacía que nos conocíamos, jamás nos habíamos peleado seriamente.  Habíamos convivido cuando estudiábamos, yo en derecho y ella en humanidades y ni siquiera tuvimos roces provocados por la convivencia.
Ella fue quien más me apoyó cuando obtuve el registro para mi propia escribanía y yo estuve en sus embarazos y los partos, aunque yo sabía que esa vida no la hacía feliz.  Sólo la conformaba.  Adoraba a sus hijas y a pesar de que me acusaba de soñadora, yo hubiera preferido que se casara con alguien más.  A mi esta cuestión de la pareja perfecta nunca me había convencido demasiado.  A veces la admiraba. A veces me daba pena.
Tenía un talento especial para escuchar monólogos sobre reuniones de comisión, asuntos institucionales, asuntos legislativos y ética pública, estado parlamentario, mesa chica, mesa grande.  Guillermo le relataba minuciosamente la actividad de los cuarenta y ocho senadores y sus asesores.  Y ella escuchaba y a veces asentía.  Creo que lo hacía de manera automática.  Las pocas veces que presencié esos monólogos, me torturaba con sólo pensar que para mi amiga era cosa de todos los días.  Cuando yo estaba en la casa y él llegaba, yo e iba.  Nuestra antipatía era mutua.  Pero no me salvaba en cumpleaños, fiestas de fin de año y aniversarios a los cuales no me quedaba más remedio que ir.
Yo imaginaba que él estaba en cosas turbias.  No sería diferente al estereotipo del político.  A Marina no parecía preocuparle. Él le aseguraba que todo estaba bajo control.  Como senador tenía una enorme dieta, una gran cantidad de dinero mensualmente; a eso se le sumaba, el uso del auto, vales de combustible, módulos, etc.,  pero además, según el cargo que ostentara dentro de la legislatura, le entregaban más módulos que utilizaba a discreción.  Se manejaba más dinero.  Becas, subsidios, aunque Guillermo era muy cuidadoso con ese tema.  Unos diez años atrás, cuando era sólo autoridad del partido, le habían pedido que se ocupara, no personalmente, pero si, que contratara un abogado o varios que se ocuparan de un hecho que fue un verdadero escándalo en la provincia.  Unos senadores, fueron procesadores en el marco de una investigación que se centró en subsidios que fueron entregados a fundaciones y entidades inexistentes o integradas por personas vinculadas a estos mismos legisladores.  Lo absurdo, es que estos legisladores, no sólo estaban siendo investigados por tales delitos, sino que también se comentaba que la máxima desprolijidad que habían cometido, había sido que depositaban el dinero de estos subsidios en sus propias cuentas bancarias. Eso hizo saltar el delito y colocó al partido en una situación complicada de afrontar y Guillermo había sido el monje negro que había llevado adelante la logística de seguir y verificar la marcha de la causa.   Incluso, un legislador fue detenido por ese proceso.  Había que limpiar la imagen del partido y Guillermo había sido el encargado de ello.  Diez años después casi nadie recordaba el hecho. Había llevado a cabo un buen trabajo. De todos modos, más allá de esto, la familia de él, había amasado una pequeña fortuna desde que habían limpiado el campo que poseían y decidido plantar soja, cuando sólo se hablaba de la soja como un proyecto a futuro. Con los años y las exportaciones, ese negocio había dado grandes regalías a la familia.
Toda esa vida de lujos y placeres, no era simplemente por el trabajo legislativo de Guillermo.

-           A vos te gusta estar calentita – le dije un día
-           No entiendo
-           Y, no estás dispuesta a perder todas estas comodidades, los viajecitos, las            empleadas, los autos.  No me vas a decir que vos no sabes lo que se cocina en esas     reunioncitas.

Justo entró una de las hijas y Marina me miró con cara de enojo.
-           Vos y yo ya vamos a hablar.

Por fortuna para nuestra amistad, justo esta conversación no se volvió a dar.