lunes, 10 de noviembre de 2014

Las alitas



Yo lo quiero mucho a mi marido, pero en cualquier momento lo mato. ¿Sabe qué, señora?, me tiene podrida, la otra noche me dio una paliza que casi me mata, diga que las chicas estaban durmiendo y no se enteraron. Pero esta vez se pasó, me dio unos golpes que retumbaron por las chapas, ¿pero sabe qué señora? no se la llevó de encima, le revoleé con una olla llena de arroz que había preparado para cenar. No sabe lo que pesaba. Le dio en el hombro de lleno, ¡pegó un grito el muy animal! Se lo tenía merecido. Le digo señora, yo lo quiero mucho, pero un día de estos lo voy a matar.  Después vino a hacerse el buenito como siempre. Que no lo va a hacer más, que él me quiere, que el problema soy yo, ¿y sabe qué? Un poco de razón tiene, yo lo saco de las casillas. Lo que pasa señora, le voy a contar si tiene tiempo,  él toma, y bueno, pobre, no tiene la culpa, el padre era igual, también tenía mala bebida, a mi me lo dijo mi suegra, y era la misma historia, por suerte el diablo se lo llevó antes de tiempo, tenía el hígado hecho bolsa, y mi suegra lo lloró pero parece que empezó a vivir tranquila, hasta un novio tiene la vieja ahora, un viudo que conoció en el club de jubilados.  Y la otra vez en el hospital, una señora, que me encontré temprano, como a las cinco de la mañana cuando fui a sacar turno para el pediatra de las nenas, tenía el mismo problema, y charlando, charlando, entramos en confidencia, ¿vio? Y me contó que el marido de ella también le daba al trago y después le pegaba y a veces les daba también a los hijos, chicos grandes ya, que le devolvían las piñas. Imagínese señora, ¡qué tremendo, pobre mujer! Y yo le conté lo mío y la mujer me dijo que eso era hereditario, ¿vio que en la televisión siempre hablan de eso? y ella me decía que si el padre era borracho, el hijo le salía igual. Yo tengo miedo que eso se los haya pasado a las chicas, es más, a veces me privo yo de tomar una fresita cuando hace calor para que las chicas no me pidan, porque vio que es dulce y los chicos piden y yo no les quiero dar por si les da el vicio a ellas.  ¿Sabe que pasa?, yo lo quiero mucho a mi marido, pero un día lo voy a matar.

A veces, está buenito y me viene de atrás y qué quiere que le diga, señora, a mi me dan ganas de volver a cuando éramos novios.  A mi me gusta cuando se pone así como romántico y yo, ¿vio?, es el único hombre que conocí, y a mí, señora, perdóneme, pero me dan ganas, entonces, me trata bien y nos acostamos a hacer una siesta cuando las chicas duermen o están en el fondo en la piletita.  Pero después sale y vuelve a tomar y viene hecho una furia y otra vez me pega.  Yo lo entiendo, porque le reclamo cuando llega y entonces lo pongo nervioso y me da unos bifes.  A mi no me gusta que lo haga delante de las nenas porque ellas absorben todo, y se quedan quietitas mirando y la otra vez la más grande le gritó que no me pegara más y casi le da a ella también, entonces yo las mandé para la pieza.  ¿Sabe qué pasa?, él es carnicero y se cree que yo no sé que se hace el vivo con las clientas, “¿Cómo le gusta la nalga?” Le dijo la otra vez a una, ¿vio que el barrio está lleno de busconas? y yo lo vi, estaba atrás, porque justo le había ido a pedir unos pesos y lo escuché cuando por lo bajo le decía “yo se bien como le gusta la nalga a usted”. Ese día no sabe la que se armó, lo agarré cuando llegó y le dije que bien que le gustaban las putas esas, señora, discúlpeme, con respeto se lo digo, pero vio que hay mujeres para todo. Y en mi barrio hay muchas de esas.  Y entonces lo esperé, cuando llegó ese día, venía contento, claro, seguro que había pasado para adentro a la de la nalga, y lo agarré con el palo del escobillón, pero claro, imagínese, míreme a mí, yo soy petisita y él, es muy alto y tanto andar con las reses desde hace veinte años, mi marido es un hombre fuerte, si usted le viera los brazos que tiene, me sacó el palo y me dio una trompada que el ojo se me puso todo rojo , pero claro imagínese, cómo no se va a poner así si yo lo esperé con el palo.  Tengo que empezar a controlar este carácter mío, porque ya le digo señora yo lo quiero mucho a mi marido, pero un día lo voy a matar.

Mire lo que me ha hecho señora, veníamos bien, hacía como una semana que no tomaba, bah, no sé, parecía por lo menos, pero estábamos comiendo un guiso una noche y yo me había olvidado de ponerle sal, me había salido medio soso, ¿vio cuando no tiene mucho gusto? y se calentó, pero claro, razón tenía, no es lo mismo una vez que está cocinado ponerle sal, que ir cocinándolo con la sal de a poco, se va chupando el guiso, yo también no se en qué estaba pensando que me olvidé y se puso loco “Siempre la misma vos, andá a saber adonde tenés la cabeza, si sos estúpida, te andarás viendo con alguno seguro” Imagínese señora, a esta altura. Si yo a veces pienso, si me separo de mi marido tengo que empezar a buscar otro, vea, no sé ni cómo se hace, yo nunca le falté a mi marido, que como le digo, yo lo quiero pero en cualquier momento lo mato.  Yo me junté con él cuando tenía 16 años apenas, y porque mi mamá me insistió,  gracias a Dios, alcancé a terminar la secundaria, ¿todo para qué? para terminar fregando pisos como una burra para unas patronas gordas y haraganas.  No lo digo por usted señora, no vaya a pensar, es que a veces me toca cada patrona que ni le quiero contar.

Y como le decía, mi marido que hacía como una semana no tomaba, me dio flor de paliza, para mí no estaba tomado, pero yo no sé, ¿eso le irá quedando en el cuerpo?  Si usted supiera las cosas que yo he hecho para que deje la bebida, he ido a la iglesia, a los pastores, a una mujer que vive por casa y le hemos hecho trabajos con plumas de gallo muerto, para que deje, pero nada, el muy inmundo le sigue dando al pico.  Nada, seguimos igual.   Yo pensaba el otro día, mis hijas mayores son lindas, con lindo cuerpo, mire si me encuentro otro marido que me toca las nenas… porque mi marido será lo  que será, pero a las nenas las respeta, cada tanto una paliza, pero también a estas se les da por estar de novias y desaparecen por ahí; si yo me doy cuenta, las cubro como puedo, pero la otra vez, la mayor volvía a los besos con el novio y en la esquina mi marido la pescó justo, la llevó a patadas en el culo de la esquina hasta la casa. Pobrecita, quedó marcadita, pero bueno, yo le digo que ya sabe como es él, que no lo provoque haciendo esas cosas.  A veces también las chicas tienen sus caprichos y él tiene ese carácter y toma tanto. A veces no sé cómo hace para mantenerse en pie en la carnicería, le dije que es carnicero, ¿no? Pero no le afloja, y encima en pedo y todo, se hace el lindo con las clientas, que también son unas, vea.  Aunque no se, le digo, por ahí si pierde la mano le mejora el carácter ese podrido que tiene y con una mano menos vaya a saber si me puede seguir fajando.  Con respeto le digo, pero es muy hijo de puta.  Mi mamá me decía la otra vez “tenés que aguantar Cari, al marido hay que seguirlo y esas son cosas que pasan. Tu padre, Dios lo tenga en la gloria, también era medio mano larga pero ni una noche faltó de casa, más de una cachetada no me daba, pero siempre acá conmigo, hasta el último día de su vida, 41 años juntos Cari y aunque a veces se le iba la mano y tenía sus asuntos, yo siempre supe entender que para algunas cosas estamos las legítimas y para otras las putas, eso es así”.  Está bien que yo, legítima, legítima, no soy, porque estoy juntada, pero es como si lo fuera.
Yo entiendo lo que usted me pregunta, y sabe las veces que fui a hacer la denuncia, pero las yeguas de las milicas, se reían y me decían “gordita, ¿y vos que le hiciste?”, y ni le digo, la vez que no tengo mejor idea que contarle a la milica que me atendía, que yo le había tirado con una cacerola, “ah ves, que vos también le das a tu marido,  después no te quejes”, me dijo.  Claro, como total ellas están armadas, los maridos no las deben tocar, aunque no sé, bastante atorrantas son las milicas dicen, ahí, cuando están de guardia.  Si a mi, mi marido me ha contado de una que va a la carnicería que tiene sus historias, pero bueno, una no va a andar metiéndose en la vida de las demás, ¿no?  Y después me cansé de ir y de contar siempre la misma historia, andar mostrando los ojos en compota y que no me den bola, y me cansé, no fui más. Justo fue cuando él me dijo que iba a cambiar, que estaba arrepentido, que me iba a empezar a dar plata, para que a mí y a las nenas no nos faltara nada, y que si no lo ponía nervioso no me iba a pegar, es más, me prometió no pegarle a las nenas.  Sabe que, empezó a ir con los pastores, los que cantan ¿vio? Y andaba fresco incluso, tranquilo, se le había dado por bendecir la mesa y todo, las chicas más grandes medio que se le reían y yo les hacía caras para que se callaran.  Y así anduvo más o menos una semana, y una noche empezó con eso de bendecir y la nena se le rio, voló todo, la mesa, los platos, que rezo ni rezo, ni Cristo nos salvó ese día, qué paliza nos dio a todas, pero imagínese también, esta borrega faltarle el respeto así al padre.  
En esa mi marido tuvo razón, estaba haciendo un esfuerzo para no empinar, para no pegarnos y viene la chica y se le ríe.  En eso tenía razón él.
Para colmo de males, en el barrio se sabe todo y cuando algunos se andaban riendo porque había empezado a ir a los pastores, yo lo defendía, diciendo que había encontrado el camino de Cristo, ¡pobre Cristo, en la que terminó metido! Son muy chusmas los vecinos, nosotros, ¿vio?, una vez que estábamos a los gritos con mi marido y él me tenía agarrada de los pelos, no va que viene el de enfrente a defenderme, el muy metido.  La ligó también, una trompada que le hizo saltar un diente.  Y encima mi marido me decía “vos lo conoces al coso este, ¿este es el que te coje?” y yo los miraba a los dos y le contestaba “yo no lo conozco a este coso, no sé que mierda se mete”, porque señora, hay cada comedido también... así que el vecino se fue, igual, al tiempo se fueron del barrio, y yo una hora tratándole de explicar a mi marido que yo ni lo conocía a ese.  ¡Qué golpes me dio ese día!, me tenía de los pelos, me metía la cabeza en el inodoro, me la sacaba y a las patadas en la cara, sabe que tuve que ir al hospital ese día, me dieron tres puntos, ve, acá se ven, en el ojo, ¿los ve? Sabe que el doctorcito de la guardia quería hacer la denuncia con el milico que está en la puerta, yo le decía que no y él insistía, insistía, menos mal que después le cayó un accidentado y se tuvo que ir y cuando se descuidó me fui, mire si todavía a él, por ser doctor, le daban bola y caía la cana en mi casa. La paliza que me podía haber dado por andar con cuentos por ahí.  Ese día fue brava le digo.  No pude ir a trabajar por una semana, no sabe cómo me había quedado la cara, y los huesos ni le digo, no podía ni moverme de la pateadura que me había dado.  Diga que no estaban las chicas en ese momento, si no, no sé lo que podría haber pasado.  Porque yo a mi marido lo quiero mucho, pero un día lo voy a matar.

Yo creo, que lo mejor es contarlo, aunque sean cosas muy íntimas, ¿vio? Porque yo tengo miedo a veces, y me parece que lo mejor es contárselo a personas de confianza, porque si algún día el muy hijo de su madre me mata o le hace algo a las nenas, no se va a poder esconder así nomás, ¿vio?
A veces me imagino cosas, es como dice mi marido, estoy medio loca yo.  Sabe que cuando me pega mucho, me imagino que agarro uno de los cuchillos de la carnicería, lo afilo bien con la chaira y se lo clavo en la espalda cuando duerme la mamúa.  Y sale sangre y sale y sale y él nunca se da cuenta porque con las mamúas que se agarra no se va a despertar por más cuchillos que le clave. Pienso en probar diferentes cuchillas, la chiquita para deshuesar pollos, la de las milanesas, esa misma que usa para la nalga, la grandota esa para los churrascos, otra finita y larga con la que pinchan las medias reses. Locuras mías ¿vio? En el pensamiento no me controlo y así, mientras me faja, yo pienso en los cuchillos y me duele menos. Es como él dice, estoy loca. ¿Pero sabe qué? No puedo dejar a las nenas sin padre, porque será lo que será pero es el padre, qué le vamos a hacer.  Y las nenas también, a veces se pasan, ¿sabe que hicieron las más grandes una vez? por mi barrio hay un comedor al que algunas veces vienen unos abogados, y unos doctores, el caso es que una día vinieron unas doctoras, jóvenes, macanudas, a dar una charla sobre enfermedades sexuales y a explicarles a los chicos de esa edad como tenían que hacer para cuidarse de los embarazos y del bicho.  A estas inconscientes no les ocurrió mejor idea que ir a chusmear, y justo una de las clientas de mi marido las vió y le fue con el cuento.  El desparramo que se armó, apareció él, a los gritos, con el delantal todo lleno de sangre de andar despostando, les dijo de todo a las doctoras y las agarró a estas dos y se las llevó de los pelos para la casa. ¡Pero también a estas cómo se les ocurre semejante cosa! Y después me la dio a mi, yo le explicaba que ni sabía que las chicas habían ido a ese lugar, pero qué explicación ni ocho cuartos, cuando se pone así no hay explicación que entienda.  Y también, imagínese señora, para el padre no hay nada más sagrado que sus hijas y él pensó que yo las había mandado.  Después me pidió perdón, yo lo entiendo, se puso loco.  No es malo, el problema es la bebida.  Y yo le digo, que un día me voy a cansar y me voy a ir con las nenas, porque imagínese, la casa la levantó él y a mi me dicen que como yo no estoy casada, nada es mío, y mi marido me dice, “¿a dónde vas a ir vos, quien te va a querer a vos?, si sos estúpida, mírate un poco y no hablés boludeces”.  Y, un poco de razón tiene, yo soy medio dejada también, antes cuando era jovencita, me arreglaba para ir al baile, ahora ya ni tiempo tengo, trabajo como una burra todo el día para poder juntar la plata para el cumpleaños de quince de la segunda. El otro día fuimos a ver los souvenires con mi marido porque él no me da un peso pero es el padre y tiene derecho a elegir los souvenires de la chica.  Yo le digo “ya que no me vas a dar plata, por lo menos dame la carne para el asado en la fiesta”, pero no, hasta ahora no quiere aflojar, que la cosa está dura, que no se vende nada, que no lo joda, en fin, y yo acá metiendo la cabeza en baños ajenos.  Porque yo quiero lo mejor para mis hijas, mi marido también, lo que pasa es que el tema de la bebida lo tiene mal.  Yo le digo a usted, señora, en confianza, si no tomara tanto, andaría todo mejor.  Yo tengo que aprender a controlarme, a no contestarle, porque así como usted me ve, yo a veces ando tan cansada que le contesto mal y claro, ahí me da.  Yo tengo que aprender a controlar este carácter mío.  Pero bueno, señora,  como él dice que soy estúpida y estoy loca, yo lo quiero mucho a mi marido, aunque un día de estos lo voy a matar.
Y no va a creer señora, lo qué pasó, ¡se agarró nomás la mano con la sierra! Cortaba una tira de asado, borracho seguro, él dice, bueno, trata de decir que no, pero no sé.  El caso es que puso la mano y pasó de largo.  Mientras gritaba que le agarraran la mano que había volado, los brazos se le movían locos y no va y ¡se corta la otra mano! ¡Pobre mi marido! ¡Es un turro pero imagínese el dolor!
En el lío que se armó, el pibe que trabaja con él que andaba por ahí con los cuchillos y las herramientas de la carnicería, con el susto y el revuelo, rompió con una chaira el radiador de la heladera vieja.  Salían humos negros, y no se veía nada, mi marido gritaba, imagínese con la boca abierta, una clienta, en cuatro patas buscaba las manos.  Llegó la ambulancia como media hora después, para variar. Habían llamado al 911 unos vecinos, y cayeron dos canas gordos que miraban, no hacían nada y se tapaban las bocas con unos trapos para no aspirar los humos.  Encima parece que esos vapores que largó la heladera eran tóxicos y mi marido no podía respirar.  Cayó un doctor de los recién recibidos en la ambulancia y no tuvo mejor idea que hacerle una traqueotomía.  Un agujero en el cuello le dejaron.

Me llamaron al celular. Yo estaba trabajando. Imagínese la desesperación, salí corriendo.  Me dijo la vecina que él estaba bien pero que había tenido un accidente.  Mientras corría, usted dirá señora, que soy mala pero yo pensaba: “este con tal de joderme se quebró una pierna justo cuando falta tan poco para el cumpleaños de la nena”.
Cuando llegué, una revolución en el barrio ¿Vio que cuando pasa algo, todos se ponen a chusmear?  Se lo estaban llevando al hospital, un vecino me alcanzó.  Me dijo que no sabía bien qué había pasado.  Claro, pobre, ¿qué me iba a decir? Llegué a la guardia y me enteré.  Iban a tratar de coserle las manos.  ¿Vio señora? yo le decía, este en pedo muy lejos no va a llegar.  Es la bebida señora.  Sabe que yo a mi marido lo quiero mucho pero un día lo voy a matar ¡Ir a trabajar tomado! ¿A usted le parece? Bueno, el caso es que con las manos cosidas seguro perdía fuerza y no me pega más, pensé, pero pobre, ¡justo a un mes de la fiesta de quince!  Siempre la misma estúpida yo creyendo que él iba a dejar de tomar, que todo iba a cambiar.
¡Cuando lo vi! Todo vendado, sin manos y con un agujero en la garganta.  Trataba de gritar y no podía, salían sonidos raros y la enfermera ya no sabía qué más darle para que se quedara quieto.  A cada rato entraba alguien a darle calmantes.  Gritaba como la misma muerte.
Sabe que una de esas mañanas me acerco para ayudarlo con el desayuno que le habían traído.  Imagínese señora, por lo menos le pusieron una bombilla a la taza, pero, ¿y las galletitas? ¿cómo abría el paquete y ponía el dulce? No lo podía ver sufrir, el muy hijo de puta parece que me entendía.  Y tiraba zarpazos al aire. Dos muñones le quedaron. Uno a la altura de la muñeca ¿vio? Y el otro acá, abajito del codo.

Me dolió en ese momento señora, sinceramente y me levanté de la silla para abrir el paquete de galletitas, encima sin sal ¿vio cómo es la comida del hospital? Levantó el brazo que le quedó más cortito y empezó a dar golpes al aire, no me pudo alcanzar pobre, que si no con la fuerza y el odio que tenía me tira al diablo.  Y yo “calmate Negro, ya vamos a ir para casa”.  Levantó el que le quedó más largo y me calzó nomás.  Un poco torpe lo único pero me dio igual y cuando bajó el brazo, tiró todo, la taza, las galletas, el dulce y empezó a las patadas.  Se armó semejante barrullo que aparecieron dos enfermeras, una mucama y el médico de guardia.  “tiene abstinencia mamita, entendelo, le falta el traguito” ¿Por qué será que hablan todo en chiquitito las enfermeras? Y él seguía loco.  Le pusieron algo en el suero que se fue calmando y se durmió.  Dos días después me dijeron que lo llevara a casa y yo preguntando como la estúpida que soy, como dice mi marido “y las manitos?”.  No habían podido implantárselas, ¿se dice así señora? Y yo les pregunté si no se podía hacer lo mismo que con el gobernador que tiene un brazo especial, así por lo menos mi marido puede seguir trabajando.  “Gordita, me dijo la enfermera, esto es un hospital público, ni suero tenemos, a veces tenemos que poner de nuestro sueldo para poder comprarlo y vos querés que le pongamos manitos como las del gobernador?” Y me dejaron parada ahí, sola, pensando en cómo iba a poder seguir con mi marido ahora.  No me dio ni tiempo, empezó a gritar otra vez, yo ya le entendía un poco y le digo señora, ya me estaba puteando otra vez y pateando cosas.  Le pedí a mi cuñado que viniera con la camioneta a buscarlo, porque ya no lo aguantaba más y yo lo quiero mucho a mi marido pero un día de estos lo voy a matar.

Fui a casa, ya venía preparando a las nenas para que no se asustaran cuando lo vieran entrar, estaban todas muy quietitas y silenciosas, cuando entró, caminando, porque eso puede ¿vio? Las chicas lo miraban, les quiso hablar por el agujerito, y las borregas ¿sabe que hicieron señora? ¡Se empezaron a cagar de risa! Y el otro, loco se puso, tiraba zarpazos con el brazo más cortito para fajarlas y a ellas más risa les daba y lo señalaban con el dedo.  Se dio vuelta y me pegó a mí señora, porque antes me fajaba con la que ahora le quedó cortita pero se ve que tanto suero le dio fuerza en la otra y me calzó nomás, yo estaba más cerca.  Diga que quiso correr a las nenas y medio que se mareó,  ahí nomás las corrí yo, un cachetón a cada una por irrespetuosas y se acabó el problema.  Más tarde la más grande me decía “merecido se lo tiene el turro, ahora va a aprender”.  Muchachita irrespetuosa, decir eso del padre, ¡faltarle el respeto de tal manera!
Y ahí quedó él sentado, mirando y haciendo ruidos.  Le preparaba la comida mientras iba poniendo la mesa.  La alegría que le dio cuando puse la caja de vino, pobre, después de tantos días un gustito le venía bien. El asunto fue cuando quiso agarrar la caja con los dos bracitos, se le cayó todo, gritaba, tiró la mesa a la mierda, volaron los churrascos, le pegó un empujón a la caja y cayó en la pared.  Me la quería tirar a mí pero todavía no tiene bien los movimientos.  Un asco señora ¡un olor a vino en toda la casa! junté la Mesa, abrí otra caja, le puse un vaso con la bombilla del mate,  ahí parecía que se iba calmando.  Terminó el vaso de un trago, bah, de una chupada, le serví otro, lo tomó y me lo revoleó.  Qué tipo, ni sin manos descansa en paz.  Yo lo quiero mucho a mi marido y encima ahora me da pena, pero un día lo voy a matar.

Sabe qué, yo trataba de que todo siguiera más o menos normal, iba a trabajar, pero me llamaban los vecinos para decirme que andaba asustando chicos en la vereda mostrándole los muñones y las nenas que tenían que cuidarlo, se le rajaban.  ¡Ay señora! Y yo tratando de armar los quince de la segunda.  Sabe que cuando les dije que tal vez teníamos que suspenderlo por lo que le había pasado al padre, ninguna quiso saber nada.  Flor de bife le di a la que me dijo “a mi que mierda me importa lo que le pasó a éste!” Y ahí seguimos, preparando las cositas, los souvenires que habíamos elegido con él ¿se acuerda que le conté? La comida, como pude, entre los parientes me regalaron las bebidas.  Cada vez que volvía a la casa de trabajar señora, no sabe con el desastre que me encontraba, me había roto todo, patea lo que encuentra y a mí de paso cuando entro.  Estoy llena de machucones, paso por al lado de él y me patea, me grita, está cada vez peor y ¡si usted viera lo que toma! Los doctores del hospital le dijeron que no puede tomar alcohol por los medicamentos que le dan.  Nada le importa, Dios me libre y me guarde si algún día no le pongo la cajita, es más me tira el vaso y le manda la bombilla a la caja nomás.  Diga que después se duerme y por un rato me deja tranquila.
Los primeros días cuando nos acostábamos no me molestaba, pero ya ahora, que agarró confianza me manosea con los bracitos, no sabe qué impresión me da, pero bueno, pobre, es el único desahogo que le queda y si no llego a querer, ahí nomás patadas y golpes.  ¿Sabe que parece que con la mano dolía menos? Con el muñón me da de lleno.  Imagínese señora, a mi me da cosa tirarle algo, ni se me ocurre darle un escobazo, porque entre la bebida y estando así… qué quiere que le diga.
Y llegó nomás el día de la fiesta, habíamos puesto lindo el club y la nena parecía una princesa.  Le digo: “tenés que entrar del brazo de tu padre”, “ni en pedo”, me contesta.  Cachetada y solucionado. Un griterío, si hasta mi suegra que casi ya no viene a casa porque el hijo le hace acordar al finado marido en los peores momentos de la bebida, se asomó para saber qué pasaba.
Acomodadas las nenas, me tocó ir a vestirlo a él.  Las nenas me habían dicho que se usara traje, él por supuesto no quería, yo incluso, para disimular el agujero del cuello que tan feo quedaba para que lo viera la gente, le había conseguido un pañuelo para ponerle.  Mientras le ponía los pantalones me pegaba patadas, no sabe como me quedaron las costillas, no podía moverme y el hijo de puta me gritaba, yo hacía como si nada y seguía. Cuando le voy a prender la camisa, me dio un bollo en el medio del ojo.  “Hija de puta, hija de puta” me gritaba.  Fui a buscar un pedazo de carne y me lo puse en el ojo para que no se hinchara y lo encerré en la pieza mientras me vestía en el baño.  Los golpes se escuchaban, tiró una silla, rompió unos portarretratos de las nenas y yo tratando de ponerme ese vestido tan bonito que me prestó la otra patrona.  Es que yo lo entiendo, yo lo descuido, él así y yo me voy a trabajar, pero que voy a hacer señora, otra no me queda.  Y él se queda en la casa, solito, tullidito.  Y cuando vuelvo, se descarga conmigo, con quién si no, es con lo que cargo.  Ya se lo he dicho ¿vio?
Salimos para el club en un remis, cuando llegamos, él debía darle la mano a la nena para entrar, ¿vio que ponen ahora una música linda para que entre la que cumple?  ¿Pero qué mano le iba a dar? ¡Si no le queda ninguna! Bueno, digo, “dale el brazo” justo el lado que le quedó cortito.  ¡Dios! Empezó a gritar como loco, la nena también, mi cuñada lo vio y salió corriendo, los invitados, del barrio, sencillos ¿vio? no sabían para donde mirar, los nenes lloraban y yo atajando los golpes que iban para la nena.  Para cuando todo terminó y finalmente pudieron entrar al salón, éramos todos unos cachivaches, pero yo me adelanté y le acomodé el pañuelo que se le había torcido al pobre, porque ya bastante desgracia tiene como para encima estar desarreglado.

Unas horas más tarde, había tirado el vino, le habíamos conseguido una bombillita porque yo siempre la misma estúpida me había olvidado de llevarle la del mate, se puso en pedo, le gritó a la madre,  me tiró mil patadones debajo de la mesa, se quiso levantar y se llevó arrastrando el papel que habíamos puesto de mantel. 
Pensé que lo mejor era llevármelo, imagínese el papelón, él se sentía mal y yo lo entiendo.  Sabe lo que debe ser para él no poder bailar el vals con la nena porque no le llegan los bracitos? Y yo le dije a ella, “ponele un poco de ganas, es tu padre…”, pero vio como son estas borregas, ni bolilla me dio y yo ya no tenía ganas de seguir gritando y peleando, a veces estoy muy cansada.
Los vecinos nos miraban, los parientes ni le digo.  Podrían haber disimulado un poco ¿no? Que se haya quedado sin brazos no quiere decir que sea estúpido y que no entienda.  Pero él seguía dando manotazos, bueno, no, manotazos no porque eso sería si tuviera manos ¿vió? Si parece esos pajaritos cuando les cortan las alas, es como que aleteara. Yo ya no sabía cómo tenerlo.  Es mi marido, pero también era la fiesta de la nena.  Le hablaba bajito para que los demás no se enteraran y le decía: “Aguantá un poco más, son los 15…” pero nada señora, el muy turro seguía, ¿y sabe qué? Ya me tenía podrida.  Habíamos tomado un vinito con el lechón, estaba riquísimo y, más que nada por probar, probé unos vasitos.  Sabe que cuando trajeron los dulces, los acompañamos con un vino blanco ¡Ay qué rico señora! Y suavecito, ni se notaba cuando uno lo tomaba, y entre bocaditos y torta, tomé otros vasitos.
Ya casi ni sentía las patadas que me daba por debajo de la mesa y justo se empezó a parar, le tiré de la manga para que se sentara, si casi se cae para atrás.  Se agachó un poco y levantó el bracito.  Me pareció que todos se quedaban mudos.  Lo miré, creo que por primera vez en mucho tiempo, sin miedo.  ¿Sabe que debe haber sido el vino que tomé? Y le dije: “”Y ahora qué querés vos?”  Debo haber hablado medio fuerte porque todos nos miraban y escuché que decía: “baño, baño…”  Ahí me di cuenta, desde que tuvo el problema, en casa usa de esos pantalones con elástico que se pisa una botamanga con la otra pierna, se los va bajando para ir al baño ¿vio? Pero ahora, con todo esto y le hicimos poner pantalón de traje, imagínese, cinturón, botón y cierre, y él sin manos!
Me avivé en el momento y me paré ¿sabe que me dio como un mareo? Parecía que la torta se daba vuelta.  Lo agarré del codo y enfilamos para el baño.  Íbamos en silencio.  Cruzamos el patio y llegamos al baño, primero me fijé que no hubiera nadie y le hice señas para que pasara.  Le desprendí el pantalón y lo acomodé para que hiciera lo suyo.
¡Habían puesto una música de linda, señora! ¿vió? Cumbias y esas cosas, no sé si a usted le gustan, y cuando terminó mi marido, salimos para el salón.  No sé si fue el fresquito del patio, que me dio una cosa… entre la música, la alegría de haber podido hacer la fiesta, el ruido y el vinito que me había tomado, de golpe me quedé parada al lado de los chicos que bailaban, y él empezó a empujarme para que siguiera caminando.  Con el bracito que le quedó más largo me pegaba en el cuello y ¿sabe qué? Me cansó, le hice una seña y le dije: “Andá vos a sentarte, yo me quedo acá”.  Estaba como envalentonada.  Yo lo quiero mucho a mi marido, pero un día lo voy a matar.  Trabajo todo el día, lo cuido a él, vigilo a las nenas, no sé que me dio pero me hartó.  Se quedó parado ahí, mirándome fijo y justo se armó trencito ¿vio que ponen a Rodrigo o a Gilda y todos hacen trencito? Y ahí nomás me prendí al tren.  Me reía señora, no sabe cuánto hacía que no me divertía así.  Y él seguía parado ahí con una cara de odio que yo pensé: “Cuando me acerque me mata.  Que sea lo que Dios quiera”  Cada vez se acercaba más y se notaba que estaba furioso.  Tenía la nariz colorada y se le movía acá en los costados ¿vio como que se le abría? Como a los caballos o a los toros.  Y ahí nomás me agarró del brazo el hermano de mi cuñado y me llevó a bailar.  Yo le digo que dudé al principio, pero este muchacho me insistió, y bueno, un día de vida es para disfrutar.
De reojo lo miraba a mi marido que se acercaba hecho una pantera.  Se chocó unos pibes que bailaban y les tiró unos manotazos, los pibes se le reían en la cara, estos pendejos… y yo por mirar lo que pasaba, no va que el hermano de mi cuñado me da una vueltita en el cuarteto, se me cruzan los pies ¿vio que no estoy acostumbrada a los tacos altos? Y me caigo. 
Ni sentí el golpe y cuando miré lo tenía a mi marido al lado.  Un vecino me quiso ayudar y cuando se agachó, le pegó una patada en los riñones que el otro quedó tumbado en el piso.  Levantó la pierna y ahí ni miré más, ¿para qué? Si ya sabía lo que se venía.  Sentí un golpecito apenas en la cabeza, levanté la vista y él estaba tratando de levantarme, movía como si fueran las alitas de un pollo y no me podía agarrar.  Me tocaba con el bracito y me metía la manga del saco en el ojo.  Imagínese, con todo lo que sobra… la música seguía pero nadie bailaba, habían hecho como una ronda.  Como pude me levanté, se enderezó, lo tomé del bracito que le quedó más largo, me acomodé el vestido como pude y salimos caminando.  Yo medio mareaba pero bien aferrada.

Llegamos a la puerta, paré, me saqué los zapatos y así caminamos despacito por las calles del barrio.  Agarrada de lo que quedaba del brazo y sin zapatos.


lunes, 27 de octubre de 2014

Corregir y reescribir, o guardar en un cajón



Hace un año, escribí una novela  Durante meses viví con unos personajes que amé y odié, que fueron y son parte de mí. Literalmente, parte de mí.  Tienen mis defectos, todos, y creo que tal vez, sólo una virtud, que también es mía. Probablemente, la única que tengo.
Con esa, mi primera novela, he tenido más decepciones que satisfacciones. Sin embargo, he sentido más satisfacciones que decepciones.  Muy poco tiempo después, comencé a escribir otra, que no he terminado pero que si tiene, un final escrito. Que cierra, que está bien, pero falta mucho trabajo.  Y que tiene personajes mucho más ajenos a mí.  Será por eso que no la quiero tanto. Que es acaso, una historia que se me ocurrió y desarrollé.  Pero desde un lugar más lejano. No vivo con los personajes, no los adoro, no los odio; simplemente están y van haciendo y diciendo lo que les ordeno.
Mi novela, la que es mía, la de mis entrañas, la escribí sin dudas en que fue el peor año de mi vida.  El 2 de abril, tuve más de un metro de agua dentro de mi casa, en la que fue la peor inundación que sufriera la ciudad de La Plata.  El 8 de septiembre, un mes después de haberla terminado, falleció mi padre. No sabría explicar el dolor que me atravesó.  Y yo que buscaba que él me aprobara. Y no llegó a leerla.

En medio de ese dolor, del que nunca acabaré de recuperarme, comencé a enviar el manuscrito a las editoriales.  Una y otra vez enormes sobres marrones partían de mi casa camino a los que podrían darme una oportunidad.  Los primeros días eran expectativas, ilusión.  Después se convertía en espera, ansiedad.  Más tarde, sólo decepción. Mientras tanto, escribía la segunda novela.  Todo el dolor que acumulaba día a día, se convertía en páginas.  No quería ni siquiera permitir que la pantalla estuviera en blanco.  Tenía que seguir y seguía; a veces sin ganas; a veces mojando el teclado mientras lloraba; tal vez, algún día, me hacía fuerte y partía hacia la biblioteca a investigar complicados libros sobre diferentes drogas o a la hemeroteca a seguir leyendo sobre juicios, pruebas, abogados y sentencias. Hablaba frecuentemente con un guardiacárcel que me contaba cómo eran en realidad las cárceles, que no eran cómo las de la televisión. Y mientras tanto continuaba esperando alguna respuesta. Un día, en la presentación de una novela, conocí a una editora a la que mi nombre le sonaba conocido.  Si, claro, le había enviado también el manuscrito.  Había leído mi historia, o quizás, parte de ella.
-          Reescribila – me dijo – reconvertila en una novela romántica, es lo que las lectoras buscan de una mujer.
¿No cabía acaso la posibilidad de que algunos hombres quisieran leerla?  Según la editora, no.  - Sólo buscan romántica – me dijo.
¿Cómo hacía yo para convertir una novela sobre política, con tintes policiales, en una edulcorada novela rosa? ¿Y si yo no quería? No, no quería, ni quiero hacerlo.  ¿Quedará acaso condenada a vivir en un cajón? ¿La reconvertiré?

Durante dos meses, me lo he planteado.  La respuesta es no.  Vivirá en un cajón.  Tal vez, vuelva a corregirla. Pero no cambiará.  El mundo está en constante movimiento y las cosas cambian.  Pero no mi novela.


Escribo este post para exorcizar la idea de reescribir.  Quedará guardada, quizás para siempre, pero no cambiará.  A veces creo que voy a insistir. A veces, no. Pero lleva mucho de mí, y eso es mucho más fuerte que lo que crean los editores.

jueves, 2 de octubre de 2014

Capítulo 3.



3.

Marina le rogó durante meses a Guillermo para ir juntos a ver al médico de la familia por el tema de los olvidos.

-           Te dije que estoy tapado de trabajo.  No insistas con ese tema.  Tengo la cabeza en          cuestiones más importantes que cerrar una canilla.

-           Pero, ¿y si fuera Alzheimer?

-           ¡Vos estás loca! Imaginate que yo consulto por eso. En dos días lo sabe todo el   pueblo y yo estoy en campaña.  ¡Años me llevó sacarme de encima el estigma del           padre loco y vos querés que ahora digan que lo heredé! ¡Fíjate que en el laburo no    me olvido de nada, por favor Marina!


Era verdad.  El trabajo lo mantenía activo y alerta.  Campeaba dificultades tales como denuncias penales por extorsión, algunos aprietes y siempre salía indemne.  Tenía un grupo de trabajo que él mismo había entrenado en estos años.  Si alguna falla se presentaba, todos eran capaces de cubrirla.  Siempre me quedaba la duda de si resolvían la situación por lealtad a su jefe, por la creencia en los ideales del partido, por el bien de la provincia o porque a todos les convenía que nada cambiara.  Tampoco a Guillermo le convenía.


Cuando se presentó como candidato para su segundo mandato, habló con su mujer.


-           Sabes que van a usar toda la artillería contra mí.  Tenemos que andar con cuidado.          Van a aparecer asuntos viejos.  Los tipos del canal local están del otro lado y ya me          advirtieron que un puntero que se nos dio vuelta andaba buscando pista y hacerse        unos mangos en el programa del Gallego Sanchez.

-           ¿Pero qué cosas tan graves pueden aparecer?

-           No sé. Nosotros, a veces, para mover un poco el avispero del partido, hablamos con        algunas personas y, lamentablemente algunos muchachos a veces se ponen        demasiado persuasivos, medio pesados, ya sabés.
-
           ¿Cómo “nosotros”? ¿quiénes son “nosotros”? ¿y quiénes se ponen pesados y con             quién?

-           Pavadas. Cuestiones de la interna.  Nada grave. Vos tranquila. Lo único que te pido       es que no armes viajes grandes y postergá un poco el cambio del auto.  Una vez que           se gane la sección se termina.  No pasa nada. Caminemos con cuidado. ¿Estamos?

-           Pero ¿en qué les va a afectar a las chicas? Ellas salen, tienen amigos, ahora son más         grandes, tienen su vida…

-           Bastante disfrutan vos y ellas de esta posición.  No te pongas quisquillosa ahora.             Me avisaron que tengo a la Agencia Impositiva encima.  Si cae alguno por acá,        llamá al contador que él se ocupa.  No les entregues nada ni hables.  Eso va para          cualquiera que aparezca.  Y la empleada esa nueva que tomaste, labura también en      lo de Román, ojo con lo que se habla.  Que estas minas por dos pesos repiten todo.

-           ¿Ahora también tengo que cuidarme de las chicas que me ayudan? Nieves es una            chica de trabajo y está con Belén en la escribanía, no intentes digitarme también        eso.

-           Si, claro. Como si andar en yunta con Belén fuera garantía de algo.

-           No te metas con Belén.  Sería incapaz de hacer algo que nos lastimara A pesar de lo        poco que se quieren, tratá de respetarla por lo menos.  Voy a hacer todo lo que   decis.  No involucres más a nadie y teneme al tanto porque demasiado no entiendo.



...

lunes, 22 de septiembre de 2014

Desleales

Supe que los encontraron abrazados en el piso, después de haber llamado largo rato a la puerta de la cabaña.
Alguien ahogó un grito.  Parecían despojos. De las figuras alegres que habían entrado un día antes al complejo, no quedaba nada.
Los brazos pesados de él, la rodeaban. Los brazos frágiles de ella, se aferraban al cuello de él.  Como si no quisieran soltar lo único puro que había existido en sus vidas.







1.

El día de la asunción del nuevo senado bonaerense, estaba como siempre acompañando a su marido.  Finalmente él cumplía con otra de sus aspiraciones en la política.  Marina comandaba el pequeño grupo formado por sus hijas y una sobrina.  En medio de discusiones, casi había tenido que obligar a la mayor, Cecilia, para que estuviera presente en la ceremonia.  Cecilia tenía otras ideas políticas, rebelde por naturaleza y por edad, estaba contra el sistema y por supuesto se negaba sistemáticamente a participar  de las actividades familiares que tuvieran que ver con el trabajo de su padre.  La menor, Felisa, a sus quince, sólo veía las ventajas que le producía esa posición.  Invitaciones, influencias, trato diferente en la escuela.  Lo había aprovechado y seguiría haciéndolo. Yo, por acompañarla a ella, también estaba ahí.  No me gustaba la idea de que viajara sola.  Notaba una carga difícil de sobrellevar, por eso decidí acompañarla, a pesar de mi desinterés por la ceremonia.  Pero estaba igual allí, me consolaba pensar que muchos tenían el mismo pensamiento y sin embargo eran lo suficientemente hipócritas como para sentarse y aplaudir en el recinto.
Yo lo miraba mientras se preparaba para jurar.  Día a día me costaba más entender el hecho de que Marina se hubiera casado con ese hombre.  Alto, canoso y muy delgado, con  incipiente panza de cincuentón y ambicioso.  Demasiado ambicioso.  Se movía allí como pez en el agua.  Diputados, senadores, intendentes, asesores y un variado pelaje de militantes y funcionarios daban vueltas. Él saludaba a todos y cada uno de ellos.  Hasta las barras con banderas que estaban en las bandejas del recinto le tenían simpatía.  Yo no.
Marina, la esposa perfecta, saludó a conocidos y desconocidos, sonrió y se tomó fotografías. Acompañó todo el proceso como lo había hecho desde años atrás y llegaba hasta el final.  Aunque sabía que este no era el final.  Sabía que Guillermo iba a ir por más.  Lo conocía y mucho.
Siete años atrás habían decidido, que volverían a vivir a la ciudad natal de la pareja para que Guillermo presentara su candidatura representando a esa sección electoral.  Parecía el momento ideal, las hijas todavía eran chicas y no fue tan complicado arrancarlas de sus amigos, cambiarlas de colegio y mudarlas a esa ciudad tan chica, a la que sólo iban de tanto en tanto y de visita.
El deseo de Guillermo, sumado a lo que sería la gran oportunidad  para su carrera había acelerado la decisión.   Cuando comenzaron a salir, ella era una estudiante de primer año de letras y él inauguraba su primer estudio jurídico, aunque la  militancia partidaria le llevaba la mayoría de su tiempo.  Desde que estaba en la escuela secundaria, participaba activamente en el partido, y siempre supo claramente qué era lo que buscaba.  Cuando su relación con Marina avanzó y comenzaron a hacer planes, ella aceptó que él se dedicaría plenamente a aquello y que su papel sería el de acompañante, manejar la casa y criar a los hijos algún día.   Así que el día que Guillermo le propuso volver a Ojo de Agua, casi no hubo objeciones.  Preparó la mudanza, eligió una casa, consiguió que inscribieran a las chicas en el colegio católico al que ella había asistido y escuchó todas y cada una de las exclamaciones de su madre, feliz por el hecho de tener a su hija y a sus nietas cerca.

Finalmente Guillermo era senador otra vez e iba seguir viajando todos los días a La Plata a su nuevo despacho en la legislatura.  Marina seguiría acompañando y ocupándose de sus hijas.  Cecilia terminaba ese año el secundario y se mudaría para estudiar historia a la Universidad de Buenos Aires.  Quedaría sólo Felisa en la casa.  Aunque iba y venía todo el tiempo, casi no se la veía.  Estaba en la escuela, en las clases de inglés, en el gimnasio, en la laguna paseando o surfeando o con la cabeza metida en el celular, que era como si no estuviera.  Era una ciudad tranquila, y los adolescentes podían moverse libremente sin tantas preocupaciones.  Todos se conocían y eso hacía que todo fuera más tranquilo.

Cuando Marina terminó la carrera de Letras, el casamiento fue enseguida.  Sólo unos meses pasaron, los necesarios para organizar todo.  En lo único por lo que surgieron algunas diferencias entre la pareja, fue porque a ella le hubiera gustado que la ceremonia fuera en Ojo de Agua, pero no hubo negociación posible.  Guillermo insistía en la necesidad de hacerla en La Plata.  Le convenía.  Todo el espectro político iba a estar ahí.  No se podía trasladar a todos al pueblo y él se estaba consolidando como un dirigente provincial y lo mejor era que todo se llevara a cabo en la ciudad donde vivían.  La encumbrada familia de Guillermo estaba presente. La aristocrática madre y las tías, trataron como pudieron de involucrarse en los preparativos.  A pesar de ello, los novios fueron firmes y casi no lo permitieron, sólo algunas invitaciones de compromiso autorizaron.  Querían algo a su gusto.  Marina quería algo sencillo, Guillermo buscaba mostrarse como alguien sobrio y elegante.  La familia de Marina, poco convencida con que no se hubiera elegido la iglesia a la que ellos asistían, a regañadientes, pero asistieron.  En definitiva, para ellos, su hija siempre había buscado enamorarse, casarse y formar una familia.  Su propia carrera, suponían, no tenía, en ese momento, la menor importancia.
Yo era la única que planteaba reales reparos.   Consideraba que era mi derecho como mejor amiga.

-           Vos no estás enamorada de Guillermo, vos estás obnubilada. Eso es todo.  ¿Estás           segura de lo que vas a hacer?
-           Por supuesto que estoy segura. Vos porque no crees en nadie, nunca te enamoraste y       por eso no entendés.  Guillermo me necesita y yo a él y estoy muy feliz con la     decisión.
-           Vos decime lo que quieras, pero le estás errando.  Aunque sea podrían esperar un            poco más.  Recién te recibiste, por qué no dedicarte un poco a tu carrera y después,       si querés, te casas.
-           No, no y no. Ya está decidido, todo encaminado, el vestido listo, la fiesta preparada       y los testigos confirmados.  ¿Te acordás que sos testigo, no?
-           Si, me acuerdo.  Aunque no me gusta esto, sabes que te voy a acompañar.  Pero si la       mínima duda surge, prométeme que no lo haces ¿me lo prometes?
-           Está bien. Sos dura. Si te lo prometo aunque eso no va a pasar. ¿Te mostré los      zapatos del civil?  Vení que te los muestro y de paso terminás con tanta pavada.
             
Y así, daba por terminada la discusión por unos días hasta que yo arremetía con mi oposición.

El día de la boda, la ceremonia civil fue muy sencilla, breve y la pareja estaba muy alegre.  Guillermo amaba a Marina, eso ni siquiera yo lo dudaba.  Ella parecía la mujer indicada para él.  Le contaba sobre las reuniones en el comité donde se hablaba sobre el futuro del partido y también le relataba sobre aquellas charlas fuera del comité, las de la mesa chica donde realmente se tomaban las decisiones.  Por el momento, él sólo era una de las autoridades provinciales del partido, pero pronto tendría nuevas responsabilidades y un cargo más importante lo esperaba.  De hecho, la fiesta de su casamiento, iba a convertirse en una de esas reuniones de la mesa chica.  Todas las autoridades del partido, algunos intendentes, varios diputados y hasta un ex presidente estaba invitado.  En el mundillo político local todos sabían de ese casamiento.  Para Guillermo,  una plataforma.  Para Marina, cumplir un sueño.
Cuando Marina entró por la nave central de la iglesia del brazo de su padre, vio todos esos rostros que normalmente veía en la televisión o en fotos de los diarios y no pudo menos que sentir orgullo y alegría por su futuro marido, a pesar de que tenía claro que casi ninguno de ellos era amigo de Guillermo; aliados, socios ocasionales, compañeros de militancia, pero no amigos.  Y esa sería desde ahora su vida, rodeada de esas personas, pero ella sabría proteger a la familia que formarían y mantenerla unida para siempre.
Cuando llegó al altar, giró a mirar a las personas que allí estaban, y me vio que desde la primera fila le hacía un gesto que sólo ella entendió.  Juro que hice mi mayor esfuerzo para poner la mejor cara, pero el gesto de desaprobación se me escapó.  Me miró con ternura. Supe que no se enojaba.  Estaba convencida de que iba a demostrarme que yo estaba equivocada y que serían muy felices.





Y allí estábamos, Marina, sus hijas, su sobrina y yo, volviendo por la autopista a Ojo de Agua.  Manejaba con cuidado, porque en esos días de diciembre la ruta estaba bastante congestionada.  Guillermo se había quedado, era su segundo mandato como senador y la familia ya se había acostumbrado a sus ausencias.
En ese momento, mientras las chicas discutían sobre quién le había robado una remera a quién, le dije a Marina si no pensaba que esos cuatro años más de mandato  serían demasiado para Guillermo y su salud.  Cuando aparecieron los primeros olvidos, todo apuntaba a un alto grado de stress, distracciones de aquel que tiene la cabeza en otra parte, una canilla o el gas abiertos, carpetas perdidas, olvidos de fechas de cumpleaños.
Marina me lo contó con cierta preocupación, y mi respuesta inmediata fue relacionarlo con la enfermedad del padre.

-           ¿Acaso me vas a decir que no lo pensaste?
-           Bueno, si. Pero no creo. Está pasado de vueltas. El senado lo tiene agotado.
-           ¿Y asimismo se presenta otra vez? Lo sabés Marina, él te ama y ama a las chicas,             pero más ama lo que hace.  Ni siquiera se me ocurriría pensar que es otra la que lo          tiene distraído.  Su libido pasa, como siempre, por estar con los otros rosqueando.          Adora estar de campaña, en actos y reuniones y metido en esas discusiones que no        conducen a nada. Siempre fue igual.
-           No empieces. Ya sabemos lo que vos opinás. Nunca te cayó bien.  Me preocupa que        esté bajo demasiada presión.
-           Sabés bien qué es lo que tiene.
-           Bueno, basta. Hablemos de otra cosa.

Cuando ingresamos al colegio secundario, Guillermo era del grupo que egresaba ese año.  Era el tipo más sociable, estaba en el centro de estudiantes, no se perdía una sola fiesta y siempre tenía una corte de adolescentes que lo perseguía y adoraba.  Era un adolescente alto y desgarbado, increíblemente carismático y todos los que se relacionaban con él, lo amaban u lo odiaban.  Era la clase de personas que no provocaba términos medios.
Yo me enteré, por mi hermana que era de su curso, que al padre le decían “el loco”.  Después nos enteramos que en realidad era un hombre joven con Alzheimer.  A medida que el tiempo fue pasando, esto se hizo cada vez más evidente y terminó internado en una institución durante más de treinta años.  Para la suegra de Marina habría sido imposible cuidarlo.  La enfermedad avanzó tan rápidamente que antes de cumplir los cincuenta y cinco años ya no reconocía a su mujer y a su hijo.
Una posición económica holgada les permitió llevarlo a una buena clínica y, con eso, solucionaron dos problemas, el primero, estaba medicamente controlado y el segundo, Guillermo podía seguir su vida normal.  Terminar su carrera en la facultad y seguir adelante.  Formaba parte del brazo universitario del partido y todos sabían que con el título debajo del brazo, continuaría dedicándose a la política partidaria.  Tenía buena relación con los jerarcas del partido y ya tenía un trabajo con las autoridades provinciales.  Tenía el camino allanado.

Después de la boda, Marina tuvo que acostumbrarse a no hacer nada.  De la vida universitaria y de tener todas sus horas ocupadas pasó a casi no tener tareas por hacer, más que dedicarse a la decoración del departamento, llevar trajes a la tintorería y acompañarme un poco a mí que estaba terminando mi carrera y preparaba mi regreso a Ojo de Agua.  Nacieron las hijas y Marina dedicó todo su tiempo a ellas.  Él iba de campaña en campaña, entre internas y elecciones generales, sin presentarse a ningún cargo porque lo querían adentro.  Era un hábil negociador y no les servía sentado en una banca.  Siempre ostentaba el cargo de asesor de alguien.  La economía familiar marchaba muy bien.  Marina la manejaba.  Él decía que nunca sabía cuánto dinero había o adonde iban a ir de vacaciones.  Parte de su tácito acuerdo matrimonial era que ella se ocupaba de todo. Desde ir a las reuniones de padres hasta comprar una casa más grande.  Cambiar el auto e ir a pagar y asegurarse que no le faltara nada en la clínica donde estaba internado al padre de Guillermo. Y el arreglo funcionaba.

Muchas veces le pregunté si no se sentía sola. Siempre me contestaba lo mismo:

-           Somos una familia que marcha. Vivimos bien, no necesito más.
-           ¿Y vos no querés más? ¿No necesitás otra cosa? ¿Un compañero? Casi no le ves el          pelo…
-           No necesito más Bele.  Es lo que a él lo hace feliz, por lo tanto a mí también.
Creo que en ese momento estaba convencida que la vida era así.  Si la personalidad de Guillermo, no permitía medias tintas, la vida de Marina era tibia.  Yo la sentía cada vez más aburguesada y con un tono monocorde.
Estuvo a punto de darme la razón unos años después, cuando me contó que tenía una aventura con un padre del colegio al que asistían las chicas.  Una pequeña aventura.  Nada concreto.  Un intercambio de miradas y mensajes.  Duró dos o tres semanas. Se aburrieron uno del otro rápidamente.

-           Las cosas que una hace para sentirse viva ¿no?
-           No seas cruel, no tiene nada que ver.  Yo me siento bien viva.  Fue algo que se dio,         nada más.  Pero ya está. Fue. No me voy a poner en riesgo por nada. No le podía        hacer esto a Guillermo.
-           Ni se entera. Está en otra.
-           Aflojá con el venenito querida.  Sabés que lo quiero.
-           ¿A veces no pensás en lo que se siente cuando estás enamorada?
-           ¡Yo estoy enamorada!
-           Eso no es estar enamorada.  Te lo dije antes de que te casaras. Eso no es amor.  Es          afecto, compañerismo, comodidad nena ¡comodidad!
-           Vos porque seguís sin enamorarte. Vivís esperando esa historia de amor, con        pajaritos y violines. No existe Belén eso.  Las relaciones se construyen. No viene    Cupido y te flecha. Esas son boludeces de adolescentes y nosotras somos bien   grandecitas ya.
-           No vale la pena seguir hablando de esto.  Algún día vamos a ser dos viejas chotas y        me vas a dar la razón.
-           Explicame para qué te va a servir que te de la razón cuando seamos unas viejas    chotas.

Terminamos riéndonos las dos como siempre.  Nuestras discusiones eran así, en todos los años que hacía que nos conocíamos, jamás nos habíamos peleado seriamente.  Habíamos convivido cuando estudiábamos, yo en derecho y ella en humanidades y ni siquiera tuvimos roces provocados por la convivencia.
Ella fue quien más me apoyó cuando obtuve el registro para mi propia escribanía y yo estuve en sus embarazos y los partos, aunque yo sabía que esa vida no la hacía feliz.  Sólo la conformaba.  Adoraba a sus hijas y a pesar de que me acusaba de soñadora, yo hubiera preferido que se casara con alguien más.  A mi esta cuestión de la pareja perfecta nunca me había convencido demasiado.  A veces la admiraba. A veces me daba pena.
Tenía un talento especial para escuchar monólogos sobre reuniones de comisión, asuntos institucionales, asuntos legislativos y ética pública, estado parlamentario, mesa chica, mesa grande.  Guillermo le relataba minuciosamente la actividad de los cuarenta y ocho senadores y sus asesores.  Y ella escuchaba y a veces asentía.  Creo que lo hacía de manera automática.  Las pocas veces que presencié esos monólogos, me torturaba con sólo pensar que para mi amiga era cosa de todos los días.  Cuando yo estaba en la casa y él llegaba, yo e iba.  Nuestra antipatía era mutua.  Pero no me salvaba en cumpleaños, fiestas de fin de año y aniversarios a los cuales no me quedaba más remedio que ir.
Yo imaginaba que él estaba en cosas turbias.  No sería diferente al estereotipo del político.  A Marina no parecía preocuparle. Él le aseguraba que todo estaba bajo control.  Como senador tenía una enorme dieta, una gran cantidad de dinero mensualmente; a eso se le sumaba, el uso del auto, vales de combustible, módulos, etc.,  pero además, según el cargo que ostentara dentro de la legislatura, le entregaban más módulos que utilizaba a discreción.  Se manejaba más dinero.  Becas, subsidios, aunque Guillermo era muy cuidadoso con ese tema.  Unos diez años atrás, cuando era sólo autoridad del partido, le habían pedido que se ocupara, no personalmente, pero si, que contratara un abogado o varios que se ocuparan de un hecho que fue un verdadero escándalo en la provincia.  Unos senadores, fueron procesadores en el marco de una investigación que se centró en subsidios que fueron entregados a fundaciones y entidades inexistentes o integradas por personas vinculadas a estos mismos legisladores.  Lo absurdo, es que estos legisladores, no sólo estaban siendo investigados por tales delitos, sino que también se comentaba que la máxima desprolijidad que habían cometido, había sido que depositaban el dinero de estos subsidios en sus propias cuentas bancarias. Eso hizo saltar el delito y colocó al partido en una situación complicada de afrontar y Guillermo había sido el monje negro que había llevado adelante la logística de seguir y verificar la marcha de la causa.   Incluso, un legislador fue detenido por ese proceso.  Había que limpiar la imagen del partido y Guillermo había sido el encargado de ello.  Diez años después casi nadie recordaba el hecho. Había llevado a cabo un buen trabajo. De todos modos, más allá de esto, la familia de él, había amasado una pequeña fortuna desde que habían limpiado el campo que poseían y decidido plantar soja, cuando sólo se hablaba de la soja como un proyecto a futuro. Con los años y las exportaciones, ese negocio había dado grandes regalías a la familia.
Toda esa vida de lujos y placeres, no era simplemente por el trabajo legislativo de Guillermo.

-           A vos te gusta estar calentita – le dije un día
-           No entiendo
-           Y, no estás dispuesta a perder todas estas comodidades, los viajecitos, las            empleadas, los autos.  No me vas a decir que vos no sabes lo que se cocina en esas     reunioncitas.

Justo entró una de las hijas y Marina me miró con cara de enojo.
-           Vos y yo ya vamos a hablar.

Por fortuna para nuestra amistad, justo esta conversación no se volvió a dar.















lunes, 25 de agosto de 2014

El problema son los negros.




-          Andá, andá a dar otra vuelta.  Una vecina llamó, dijo que anoche escuchó ruidos por los techos.  Pasando el lago, la segunda casa.  Preguntale a la vieja, te va explicar.

-          ¿Te fijaste, vos?

-          ¿Cuándo?

-          Cuando llamó la mujer, ¿no fuiste?

-          Ni en pedo. Hacía un tornillo de puta madre. Le dije que iba, pero me quedé tomando unos mates. Después llamó y le dije que había pasado y que estaba todo normal, que serían unas ramas.

-          Yo pensé que teníamos que ir enseguida, ni bien llamaba el vecino.

-          Acá, vas cuando yo te digo. Nos pagan para ir a ver si alguno de los negros de la villa saltó el alambrado. Y un poco para vigilar que los vecinos no se afanen entre ellos.  Lo vas a ir aprendiendo.  Al principio todos creen lo mismo.  Los negros no son tanto problema, saltan cada tanto el alambrado, pero porque tienen de noviecita a alguna sirvienta de acá.  Los tenemos más o menos ubicados.  Quedate un rato frente a las pantallas y los vas a ver.

-          ¿Y los dueños? ¿No se quejan?

-          ¿De qué se van a quejar? Les damos sensación de seguridad, entendés.  Viven encerrados, hay cámaras… vienen a vivir acá porque les da categoría, eso creen.  Y sensación de que están seguros.  Las mujeres van a la casa de otras, al house, a jugar al tenis y saben que nadie les va a afanar la cartera, el auto… mandan solos a los pibes a la colonia, los crían así.  Cuando los pibes se hacen grandes, lo primero que les pasa cuando salen a la calle es que les roban y los fajan.  Son pibes sin calle, entendés.

-          ¿Pero qué le digo a la mujer? ¿Que vos fuiste anoche?

-          Decile que doblamos la vigilancia.  Echale una miradita a la casa y decile que tenemos una cámara vigilando la casa 24 horas.

-          ¿Y pusiste la cámara, entonces?

-          No, boludo. Esperá que le abro a este tipo y te explico.  Tenés mucho para aprender, flaco…

-           “No se disculpe, por favor.  Siempre pasa, ya va  a aprender la clave.  No se preocupe, para eso estamos nosotros. No, por favor, faltaba más. Es nuestro trabajo. Que tenga buen día.”

-          Ves, pibe, así es el tema.  Les haces sentir que te deben algo.

-          Pero si para eso nos pagan…

-          No, querido, nos pagan para sentirse así, no para que les hagamos caso.  Saludas bien, cuando entran o cuando salen.  Si alguna mina te llama, vas, la tratas siempre como si fuera una reina. Si, señora; no, señora; usted tiene toda la razón, señora.  Nunca las tuteas, jamás.  Ni que te lo pidan, entendés.  Te piden que les bajes el gato del árbol, se lo bajas.  Te piden que les llames un remis, lo llamás.  Después los maridos pasan y te dejan unos mangos, las minas les cuentan, entendés… los tipos no quieren que las mujeres les rompan las pelotas con boludeces, para eso estamos nosotros.

-          ¿Y nos pagan aparte por eso?

-          No, boludo, no nos pagan.  Lopez, ¿escuchás lo que dice este nabo? Nos tiran una propina, cada tanto.  Sobre todo los nuevos.  Los recién llegados son los mejorcitos, o los que vienen solamente los fines de semana.  Te dejan un sobrecito, una botella de vino, un tele que ya no usan, esas cosas, ¿me entendés, pibe?

-          Yo salía con una minita que laburaba acá y la mujer le regalaba ropa que ya no usaba, un poco de comida…

-          Eso con las minas que vienen a limpiar o las niñeras.  Nosotros estamos por arriba. ¡Lopez, hacete unos mates que con éste tengo para rato! Somos la seguridad, la justicia, pibe.  A las sirvientas, las tienen un tiempo y las rajan.  ¿Sabés las minas que vi pasar por acá? ¿Viste la casa amarilla, acá nomás, la 165? ¿La ubicás? Bueno, ahí pasa una mucama nueva por semana.  Las toma a prueba, las tiene unos días y las raja… no les tira un sope.  Acá es así. Acostumbrate.  Pero a nosotros no nos pueden rajar, a nosotros nos contrata la empresa que tiene arreglo con la administración.  Estamos en blanco, tenemos ART y a nosotros nos tienen respeto los vecinos. Bah, respeto no, miedo en realidad.  Y les mantenemos alejados a los negros.  Ese es nuestro trabajo.  Alejarles a los negros.  Viven en una nube de pedos, como no los ven, creen que no existen.  Por eso se vienen a vivir acá.  Tenés mucho para aprender, flaco, todavía.

-          ¿Pero y si en una ronda ves que uno de estos pibes de la villa se meten qué hago? ¿Los corro? ¿Llamo a la cana? ¿Aviso? ¿Qué hago?

-          Tirás unos cuetazos y avisás a la guardia por radio.

-          Cuetazos, cuetazos? 

-          Boludo, ¿qué son cuetazos? Si, tirás nomás.

-          ¿Y si lo mato? ¿Qué? ¿No pasa nada? ¿Estás en pedo?

-          ¿Flaco, vos habías laburado antes en un lugar como este?

-          No, primera vez. Yo me quedé sin laburo en la fábrica y empecé a buscar otra cosa. Los pibes, mi mujer, viste… y mi primo me recomendó acá, bah, con la empresa.  Fui me preguntaron si sabía manejar armas, le dije que cuando era pibe iba a cazar bastante con mi viejo y mi tío.  Carabina, viste.  Perdices, liebres, esos bichos.  Llené unos papeles, me hice el psicofísico, me dieron el uniforme, la pistola y acá estoy.  No es como que hubiera hecho un curso o algo así.  Qué se yo, mi primo conoce a uno de los dueños…

-          Ajá.  Mirá acá casi todos pertenecimos a la fuerza.  Canas, viste.  Cosas, por boludeces nos tuvimos que ir, ¿entendés? Y nos toman estas empresas.  No preguntan demasiado, qué se yo, los tipos arreglan todo. No nos garpan mucho, pero es lo que hay.  Por eso, acá nadie se va a estar jugando el cuero. Acompañamos a los vecinos, ¿entendés? Acompañamos y protegemos. ¡Lopez, escuchá! “protegemos a los vecinos”, escuchá Lopez, ¡me salió buena esa!  Lo vas a ir viendo, pibe. Cualquier cosa, preguntás.  Y volviendo a lo que preguntaste, los cuetazos al aire son para asustar, en general, los negros rajan y ¿vos qué sos, eh, qué sos? ¿qué sos? Un héroe, los protegiste del negro.  Es lo que buscan. No más qué eso.  ¿Me vas entendiendo, pibe? Nos pagan para ocuparnos.

-          Pero, y los robos que dicen que hay acá.  El administrador me dijo que habían aumentado en el último año…

-          No, pibe. Son los mismos vecinos los que afanan.  Pavadas, un rastrillo, una cortadora de césped, alguna billetera, por ahí, cuando dejan las puertas abiertas.  Nada grave, pilchas… lo más grande que se afanaron fue una bomba de agua, un motor de esos de pileta. En enero pasó, los dueños se habían ido de vacaciones y cuando volvieron no la encontraron y el agua estaba toda podrida.  Ahora, andá a buscarla… pileta tienen casi todos acá y encima agarrás la bomba, la cargás a un baúl y listo, en media hora la sacaste del barrio.

-          Pero, si revisamos los autos… ayer, López tuvo a un remisero media hora parado.  Con el otro mirábamos y nos cagábamos de risa de la calentura que tenía el tipo.

-          Eso es otra cosa, a los remiseros y a los que vienen a laburar, los revisamos. A los socios, no.  El otro día un remisero me dijo: “Vea que ahora le voy a cobrar espera al cliente por retenerme acá”. “Vea”, le dije “me chupa un huevo”.  Escuchalo al tipo, amenazándome.  Negros de mierda, no sirven para nada y laburan de remiseros, ¿qué mierda, se creen? inútiles.  Con el culo todo el día en el asiento, que aprendan lo que es laburar de verdad.  Lopez, ¿lo escuchaste vos al boludo del remisero? El otro día, Lopez, ¿lo escuchaste?

-          Pero están laburando…

-          Bueh, y nosotros, ¿qué? Lopez, atendé que llaman, Lopez! ¿Por donde iba? Ah si. Escuchá, pibe… ¿qué Lopez? Si, ya va… te decía, el problema son los negros, los tenemos que mantener alejados.  Cumplí con eso y no vas a tener ningún problema.  Vos, cueteá, cueteá al aire y si se pone espeso le tirás a las patas. No joden más.  Armados no están nunca, alguna faca como mucho, nada grave.  Cueteá, hermano, no pasa nada. Todo queda acá. Los vemos merodeando, ¿viste? Te das cuenta, caminan despacito al lado del alambrado y nos hacemos los boludos, ellos y nosotros. Andan bichando. Lo importante es que no entren.  ¿Sabés lo que hacen? Pispean y de última, le tiran un par de piedras, acá, a dos cuadras, la gente para y ahí les afanan.  Pero, ya no es nuestra responsabilidad, ¿entendés? Afuera, es otro tema. Mirá, yo hace un par de años, cueteé a uno.  ¿Vos te pensás que alguien me vino a reclamar algo? Vino la cana, se llevó al fiambre y nada. El patrullero era un pibe que empezó cuando yo me fui.  Lo conocía.  Era uno de estos negros conocidos, rateros, ¿entendés? Veinte entradas en la comisaría.  Entraba y salía.  Lo estaban esperando para cuetearlo cualquier noche.  Pero a los pibes de la oficial se les hace más complicado.  Viste que andan jodiendo con esto del “gatillo fácil”.  Nosotros, ni drama. ¿Quién nos va a reclamar? Es más ese fue el fin de año que más propinas ligué.  No dijimos nada, pero acá todo se sabe, los vecinos, chochos. Y al poquito tiempo me empezaron a pagar un plus. ¿Entendés, pibe, de qué va la cosa acá? Vos, tranquilo.  Ya sabés.  Acá hacemos nuestras propias reglas, pibe.  Mantenemos alejados a los negros, para eso nos pagan. Andá, andá, que la vieja llamó de nuevo.  Dejamela tranquila, decile que andan unos gatos dando vueltas porque aparecieron unas liebres en el bosquecito.  Decile que es eso y dejala conforme.  Yo me estaba por ir pero me quedé hablando con vos y se hizo la hora en la que salen las niñeras.  Es de lo que más me gusta.  Les reviso los bolsos, las carteras, medio que las toqueteo revisándoles los bolsillos de las camperas.  Se quedan calladitas, a las minas les gusta tener miedo.  Después les hago unos ojitos y las dejo ir.  Alguna pica.  Vos andá y calmame a la vieja que otro día te dejo a las niñeras para vos.  Ya sabés, acá el problema son los negros.  Acordate de eso y tenés laburo para rato. Andá, pibe, andá.