lunes, 25 de agosto de 2014

El problema son los negros.




-          Andá, andá a dar otra vuelta.  Una vecina llamó, dijo que anoche escuchó ruidos por los techos.  Pasando el lago, la segunda casa.  Preguntale a la vieja, te va explicar.

-          ¿Te fijaste, vos?

-          ¿Cuándo?

-          Cuando llamó la mujer, ¿no fuiste?

-          Ni en pedo. Hacía un tornillo de puta madre. Le dije que iba, pero me quedé tomando unos mates. Después llamó y le dije que había pasado y que estaba todo normal, que serían unas ramas.

-          Yo pensé que teníamos que ir enseguida, ni bien llamaba el vecino.

-          Acá, vas cuando yo te digo. Nos pagan para ir a ver si alguno de los negros de la villa saltó el alambrado. Y un poco para vigilar que los vecinos no se afanen entre ellos.  Lo vas a ir aprendiendo.  Al principio todos creen lo mismo.  Los negros no son tanto problema, saltan cada tanto el alambrado, pero porque tienen de noviecita a alguna sirvienta de acá.  Los tenemos más o menos ubicados.  Quedate un rato frente a las pantallas y los vas a ver.

-          ¿Y los dueños? ¿No se quejan?

-          ¿De qué se van a quejar? Les damos sensación de seguridad, entendés.  Viven encerrados, hay cámaras… vienen a vivir acá porque les da categoría, eso creen.  Y sensación de que están seguros.  Las mujeres van a la casa de otras, al house, a jugar al tenis y saben que nadie les va a afanar la cartera, el auto… mandan solos a los pibes a la colonia, los crían así.  Cuando los pibes se hacen grandes, lo primero que les pasa cuando salen a la calle es que les roban y los fajan.  Son pibes sin calle, entendés.

-          ¿Pero qué le digo a la mujer? ¿Que vos fuiste anoche?

-          Decile que doblamos la vigilancia.  Echale una miradita a la casa y decile que tenemos una cámara vigilando la casa 24 horas.

-          ¿Y pusiste la cámara, entonces?

-          No, boludo. Esperá que le abro a este tipo y te explico.  Tenés mucho para aprender, flaco…

-           “No se disculpe, por favor.  Siempre pasa, ya va  a aprender la clave.  No se preocupe, para eso estamos nosotros. No, por favor, faltaba más. Es nuestro trabajo. Que tenga buen día.”

-          Ves, pibe, así es el tema.  Les haces sentir que te deben algo.

-          Pero si para eso nos pagan…

-          No, querido, nos pagan para sentirse así, no para que les hagamos caso.  Saludas bien, cuando entran o cuando salen.  Si alguna mina te llama, vas, la tratas siempre como si fuera una reina. Si, señora; no, señora; usted tiene toda la razón, señora.  Nunca las tuteas, jamás.  Ni que te lo pidan, entendés.  Te piden que les bajes el gato del árbol, se lo bajas.  Te piden que les llames un remis, lo llamás.  Después los maridos pasan y te dejan unos mangos, las minas les cuentan, entendés… los tipos no quieren que las mujeres les rompan las pelotas con boludeces, para eso estamos nosotros.

-          ¿Y nos pagan aparte por eso?

-          No, boludo, no nos pagan.  Lopez, ¿escuchás lo que dice este nabo? Nos tiran una propina, cada tanto.  Sobre todo los nuevos.  Los recién llegados son los mejorcitos, o los que vienen solamente los fines de semana.  Te dejan un sobrecito, una botella de vino, un tele que ya no usan, esas cosas, ¿me entendés, pibe?

-          Yo salía con una minita que laburaba acá y la mujer le regalaba ropa que ya no usaba, un poco de comida…

-          Eso con las minas que vienen a limpiar o las niñeras.  Nosotros estamos por arriba. ¡Lopez, hacete unos mates que con éste tengo para rato! Somos la seguridad, la justicia, pibe.  A las sirvientas, las tienen un tiempo y las rajan.  ¿Sabés las minas que vi pasar por acá? ¿Viste la casa amarilla, acá nomás, la 165? ¿La ubicás? Bueno, ahí pasa una mucama nueva por semana.  Las toma a prueba, las tiene unos días y las raja… no les tira un sope.  Acá es así. Acostumbrate.  Pero a nosotros no nos pueden rajar, a nosotros nos contrata la empresa que tiene arreglo con la administración.  Estamos en blanco, tenemos ART y a nosotros nos tienen respeto los vecinos. Bah, respeto no, miedo en realidad.  Y les mantenemos alejados a los negros.  Ese es nuestro trabajo.  Alejarles a los negros.  Viven en una nube de pedos, como no los ven, creen que no existen.  Por eso se vienen a vivir acá.  Tenés mucho para aprender, flaco, todavía.

-          ¿Pero y si en una ronda ves que uno de estos pibes de la villa se meten qué hago? ¿Los corro? ¿Llamo a la cana? ¿Aviso? ¿Qué hago?

-          Tirás unos cuetazos y avisás a la guardia por radio.

-          Cuetazos, cuetazos? 

-          Boludo, ¿qué son cuetazos? Si, tirás nomás.

-          ¿Y si lo mato? ¿Qué? ¿No pasa nada? ¿Estás en pedo?

-          ¿Flaco, vos habías laburado antes en un lugar como este?

-          No, primera vez. Yo me quedé sin laburo en la fábrica y empecé a buscar otra cosa. Los pibes, mi mujer, viste… y mi primo me recomendó acá, bah, con la empresa.  Fui me preguntaron si sabía manejar armas, le dije que cuando era pibe iba a cazar bastante con mi viejo y mi tío.  Carabina, viste.  Perdices, liebres, esos bichos.  Llené unos papeles, me hice el psicofísico, me dieron el uniforme, la pistola y acá estoy.  No es como que hubiera hecho un curso o algo así.  Qué se yo, mi primo conoce a uno de los dueños…

-          Ajá.  Mirá acá casi todos pertenecimos a la fuerza.  Canas, viste.  Cosas, por boludeces nos tuvimos que ir, ¿entendés? Y nos toman estas empresas.  No preguntan demasiado, qué se yo, los tipos arreglan todo. No nos garpan mucho, pero es lo que hay.  Por eso, acá nadie se va a estar jugando el cuero. Acompañamos a los vecinos, ¿entendés? Acompañamos y protegemos. ¡Lopez, escuchá! “protegemos a los vecinos”, escuchá Lopez, ¡me salió buena esa!  Lo vas a ir viendo, pibe. Cualquier cosa, preguntás.  Y volviendo a lo que preguntaste, los cuetazos al aire son para asustar, en general, los negros rajan y ¿vos qué sos, eh, qué sos? ¿qué sos? Un héroe, los protegiste del negro.  Es lo que buscan. No más qué eso.  ¿Me vas entendiendo, pibe? Nos pagan para ocuparnos.

-          Pero, y los robos que dicen que hay acá.  El administrador me dijo que habían aumentado en el último año…

-          No, pibe. Son los mismos vecinos los que afanan.  Pavadas, un rastrillo, una cortadora de césped, alguna billetera, por ahí, cuando dejan las puertas abiertas.  Nada grave, pilchas… lo más grande que se afanaron fue una bomba de agua, un motor de esos de pileta. En enero pasó, los dueños se habían ido de vacaciones y cuando volvieron no la encontraron y el agua estaba toda podrida.  Ahora, andá a buscarla… pileta tienen casi todos acá y encima agarrás la bomba, la cargás a un baúl y listo, en media hora la sacaste del barrio.

-          Pero, si revisamos los autos… ayer, López tuvo a un remisero media hora parado.  Con el otro mirábamos y nos cagábamos de risa de la calentura que tenía el tipo.

-          Eso es otra cosa, a los remiseros y a los que vienen a laburar, los revisamos. A los socios, no.  El otro día un remisero me dijo: “Vea que ahora le voy a cobrar espera al cliente por retenerme acá”. “Vea”, le dije “me chupa un huevo”.  Escuchalo al tipo, amenazándome.  Negros de mierda, no sirven para nada y laburan de remiseros, ¿qué mierda, se creen? inútiles.  Con el culo todo el día en el asiento, que aprendan lo que es laburar de verdad.  Lopez, ¿lo escuchaste vos al boludo del remisero? El otro día, Lopez, ¿lo escuchaste?

-          Pero están laburando…

-          Bueh, y nosotros, ¿qué? Lopez, atendé que llaman, Lopez! ¿Por donde iba? Ah si. Escuchá, pibe… ¿qué Lopez? Si, ya va… te decía, el problema son los negros, los tenemos que mantener alejados.  Cumplí con eso y no vas a tener ningún problema.  Vos, cueteá, cueteá al aire y si se pone espeso le tirás a las patas. No joden más.  Armados no están nunca, alguna faca como mucho, nada grave.  Cueteá, hermano, no pasa nada. Todo queda acá. Los vemos merodeando, ¿viste? Te das cuenta, caminan despacito al lado del alambrado y nos hacemos los boludos, ellos y nosotros. Andan bichando. Lo importante es que no entren.  ¿Sabés lo que hacen? Pispean y de última, le tiran un par de piedras, acá, a dos cuadras, la gente para y ahí les afanan.  Pero, ya no es nuestra responsabilidad, ¿entendés? Afuera, es otro tema. Mirá, yo hace un par de años, cueteé a uno.  ¿Vos te pensás que alguien me vino a reclamar algo? Vino la cana, se llevó al fiambre y nada. El patrullero era un pibe que empezó cuando yo me fui.  Lo conocía.  Era uno de estos negros conocidos, rateros, ¿entendés? Veinte entradas en la comisaría.  Entraba y salía.  Lo estaban esperando para cuetearlo cualquier noche.  Pero a los pibes de la oficial se les hace más complicado.  Viste que andan jodiendo con esto del “gatillo fácil”.  Nosotros, ni drama. ¿Quién nos va a reclamar? Es más ese fue el fin de año que más propinas ligué.  No dijimos nada, pero acá todo se sabe, los vecinos, chochos. Y al poquito tiempo me empezaron a pagar un plus. ¿Entendés, pibe, de qué va la cosa acá? Vos, tranquilo.  Ya sabés.  Acá hacemos nuestras propias reglas, pibe.  Mantenemos alejados a los negros, para eso nos pagan. Andá, andá, que la vieja llamó de nuevo.  Dejamela tranquila, decile que andan unos gatos dando vueltas porque aparecieron unas liebres en el bosquecito.  Decile que es eso y dejala conforme.  Yo me estaba por ir pero me quedé hablando con vos y se hizo la hora en la que salen las niñeras.  Es de lo que más me gusta.  Les reviso los bolsos, las carteras, medio que las toqueteo revisándoles los bolsillos de las camperas.  Se quedan calladitas, a las minas les gusta tener miedo.  Después les hago unos ojitos y las dejo ir.  Alguna pica.  Vos andá y calmame a la vieja que otro día te dejo a las niñeras para vos.  Ya sabés, acá el problema son los negros.  Acordate de eso y tenés laburo para rato. Andá, pibe, andá.









                                                                            

viernes, 22 de agosto de 2014

La espera.

Y ese martes que llovía tanto y Plaza Italia estaba tapada de agua, pegó un portazo y se fue.
Gritó que nunca más volvería a las sesiones y me quedé sentado mirando la puerta.
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Había llegado un año atrás, mi colega Andrés me llamó unos días antes pidiéndome si podía atender a esta mujer que colaboraba con él en un hogar de niños y que había decidido hacer terapia.  Andrés no podía atenderla por una cuestión ética, por la relación que mantenían y la derivaba.  Acepté sólo por el pedido de mi colega.  Tenía los horarios cubiertos pero le debía un favor grande a Andrés y decidí resignar unas horas de las que dedicaba escribir aquella novela histórica que me servía más para evadirme que para cumplir mis sueños como literato.
Me llamó: “¿Licenciado Salerno? Mi nombre es Laura, lo llamo de parte del Lic. Andrés Perez, necesito que me de un turno”
Así me habló, sin preámbulos fue al punto. Parca, cortante, más bien antipática.  Coordinamos para el siguiente martes a las 9 horas. “Gracias” me dijo y cortó. Ni siquiera saludó antes de cortar.  Sólo gracias.
Andrés no me había dicho si mi próxima nueva paciente tenía algún problema específico, sólo me dijo que le parecía que era el terapeuta adecuado para atenderla.
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Hablaba fuerte, gesticulaba y caminaba por el consultorio.  “Vos siempre querés que responda preguntas que yo misma debo hacerme.  Vos no me ayudas.  No vengo más.  Pierdo el tiempo y me hacés llorar, entendés, sabés que lo peor que me puede pasar es que alguien me haga llorar. Lo sabes”.  Me miraba con rabia, quizás con odio y no podía contestarle nada.
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Llegó el primer martes.  A las 9 en punto sonó el portero. “Laura Llanos” escuché.  Tocó el timbre en el consultorio y abrí.  Estaba un poco ansioso, siempre que un nuevo paciente llega, siento una mezcla de ansiedad con emoción por el inicio de una nueva historia.  La mayoría de las veces no es nada apasionante ni que me quite el sueño.  Al comienzo de la carrera quise dedicarme a niños y adolescentes, pero me atormentaba tanto con sus sentimientos y sus frustraciones, que vivía torturado, tratando de hacer justicia.  Ahí fue que decidí dedicarme a los adultos.  Separaciones, pérdidas, desamores se sucedían uno tras otro.  Basicamente atendía adultos aburridos con sus propias vidas que buscaban encontrar  traumas pasados que hoy se reflejaran en presentes abúlicos.
Llevo 4 años de profesión y el entusiasmo ha mermado levemente, esa sensación de querer encontrar “esa historia, ese paciente” la sigo teniendo.  Aunque generalmente, en las primeras dos sesiones, esa sensación se pierde entre relatos de peleas con hijos adolescentes, divorcios conflictivos y muertes familiares.
Abrí la puerta y ella me extendió la mano. Todos los pacientes, aún los más conservadores y circunspectos saludan con un beso, es más en los últimos tiempos se ha generalizado la costumbre del abrazo.  Mi nueva paciente me dio la mano.
Bien, ella puso distancia.  La invité a sentarse.  “Ya comenzamos” le dije mientras simulaba revolver unos papeles observándola de reojo.  Miraba para abajo y hacia los cuadros de la pared alternativamente.  Se miraba las manos y había cruzado las piernas.

-       ¿Cómo está? ¿Le parece si me cuenta de usted? Lo que desee.  Lo que tenga ganas de contar.
Le sonrío.  No devuelve la sonrisa.
-       Vine porque el médico me aconsejó.  Le pregunté a Andrés y él me derivó.
-       ¿Y por qué su médico la envió?
-       No me envió, me lo aconsejó.
-       Si, perdón. Tiene razón. Digame si..
-       ¿Se puede fumar acá?
-       ¿Si, por qué no?


Me levanto y le alcanzo un cenicero.  Revuelve la cartera torpemente, se le caen unos papeles, no parece nerviosa, sólo torpe.

-       Me decía…
-       Debería dejar de fumar.  Me voy a morir. Yo lo sé.
-       Bueno, si. Digamos que el cigarrillo trae enfermedades.
-       Y el Dr. Lara, Fernando, me dijo que tenía crisis de ansiedad y me voy a morir.  Por eso vine. Y Andrés me dio tu teléfono.
-       ¿Está enferma?
-       Por eso lo llamé y vine. 

Empieza a llorar. No de a poco. De golpe. Llanto fuerte. Parece que convulsionara. Me levanto y le acerco la caja con pañuelos.  Una caja de madera con una tapita y unos dibujos geométricos.  Regalo de mi mujer. No, mi ex.  Mientras miro a mi paciente que llora sin consuelo pienso en cuándo se me va a ir la costumbre de llamarla mi mujer.
Laura pareciera comenzar a calmarse. Intento alguna palabra.
-       ¿Por qué este llanto, quiere contarme?
-       Ya te dije. Otra vez te digo.  Crisis de ansiedad. Camino por la calle y se que me voy a morir.  Me da miedo la gente, las paredes y no puedo caminar.

Comienza a llorar otra vez.  Tiene la caja de mi mujer en la falda.  El cigarrillo se le consumió en la mano. Mira la ceniza que se cae al piso

-       “Dame algo para limpiar”
-       No se haga problema, después lo limpio.  ¿Por qué dice que se va a morir? ¿Siente eso cuando camina?
-       Es que Fernando, mi médico me dice que no es hereditario, pero yo se que sí.
-       ¿Qué es hereditario? ¿Quién estaba enfermo en su familia?
-       Linda esta caja, me gustan los dibujos.
-       Cuenteme de usted
-       ¿Qué cosa?

La miro, entendió la pregunta.  No quiere contestar o hace tiempo.
-       ¿Laura a qué se dedica? ¿Es ama de casa? ¿Trabaja fuera de su casa?
-       Yo pintaba también antes, algunos cuadros pinté.  Feos pero sólo para mí.  Después empecé a tener miedo.  Demasiado. Entonces dejé. Por eso vine. Para que se vaya la ansiedad y aprender a manejar el tema de la muerte.
-       ¿Y a usted qué le pasa con el tema de la muerte?  ¿Por qué dice que se va a morir?  ¿Está enferma? No me contestó.
-       Mis padres se enfermaron por hipertensión y a mi me va a pasar lo mismo.
-       Pero no es congénito, creo.
-       Mi doctor dice que no. Pero yo lo se.
-       ¿Qué sabe?
-       Que si a ellos les pasó, a mí también. Y estoy sola.  Yo no tengo a nadie. Y no puedo caminar porque las paredes se me vienen encima y siento que el piso se hunde delante de mí y no puedo seguir.  Y el corazón va rápido y eso es lo que me pasa.
-       ¿Laura, tiene hipertensión?
-       ¿Los martes a las 9 es el horario que va a quedar definitivo?
-       Si usted se siente cómoda en unas sesiones de prueba que podemos hacer, dejaríamos este horario si no tiene problemas. Podríamos…
-       ¿Cómo de prueba? Yo ya vine. Yo pago. No sabía que había un período de prueba. Para mí está bien.
-       Bueno, entonces si está de acuerdo estaríamos viéndonos los martes.  Igual todavía no hemos terminado. Nos quedan unos cuantos minutos. La escucho.
-       Ya te dije. Me voy a morir y quiero saber cómo es.  ¿Terminamos no?  ¿Cuánto tardaré en solucionar este problema?  Yo escuché o leí que puede ser un desorden químico y que con medicación puede solucionarse. Pero yo no quiero tomar nada. No me gusta. Bueno, vengo la semana que viene. ¿Necesitás que firme algo, o mis datos o que complete alguna ficha?
-       Si prefiere lo hacemos el martes.  Tengo su nombre y su teléfono. Quiero pedirle que no dude en llamarme si cree que necesita hablar.
-       Si. Bueno. Gracias.


Se paró y me acerqué.  Volvió a extenderme la mano. Repitió un gracias inaudible, se paró y acercó a la puerta.  Se quedó esperando que le abriera.  Me adelanté y abrí.  “Hasta el martes” dijo y se fue.  La miré, no, la espié irse.  Mientras esperaba el ascensor, se dio vuelta y se apoyó en el ventanal.  Desde el décimo piso se veía buena parte de la ciudad.  Volvió a presionar el botón y caminó hacia las escaleras.

                                   ………………………………………………………

-       No tengo nada más que contarte.  No son cosas trascendentes.  Son las cosas de todos los días.
-       ¿Y a usted, las cosas de todos los días le parecen intrascendentes?
-      
-       Usted mencionó esa palabra.
-       Si, obvio, son las cosas de todos los días.
-       ¿Son intrascendentes? ¿Porque es rutinario?
-       Si. No. No sé. Si, es siempre lo mismo. 
-       Pero ha sido diferente a otras semanas.
-       No. Lo que pasa es que otras semanas no te lo he contado.
-       ¿Por qué no? ¿Por qué piensa que otras semanas decidió no contarlo y hoy si?
-       Ah, ¿sabés qué estuve pensando? Tal vez busque un empleo. Como maestra. Nunca ejercí pero soy maestra de primaria.
-       ¿Si? No me lo había dicho. ¿A usted le gustaría eso? ¿Cómo se siente con esa decisión?
-       Todavía no lo decidí.
                                                  ……………………………………………….
-       Andrés, soy Carlos.  Necesito hablarte. Me quedo en el consultorio hasta tarde.  Mi último paciente es a las cuatro. Pasate o llamame cuando escuches el mensaje. Un abrazo.
                                        ……………………………………………
Me siento bien hoy, ¿viste qué día precioso? Me gustan los días de otoño.  Ahora estoy yendo a caminar a un parque cerca de mi casa.  Es un lindo clima. Me cambié el color del pelo.  Es más para el invierno el pelo oscuro.  Ya me siento bien.  Creo que no tendría que volver.  Me estoy cuidando y puedo salir a caminar.  Hasta he pensado en dejar el trabajo en el hogar de niños.  Ver tanta miseria me deprime.  Y ese trabajo no me hizo bien.  Ya está, es etapa cumplida.  Igual que la terapia.  Ya está, ya no la necesito.

-       A ver, ¿por qué siente que el trabajo en el hogar es tarea cumplida?
-       ¿Sabés que a veces trato de no oler? ¿Sabés que quise sacarle los piojos a un nene y me llené yo de piojos? ¿Sabés que les regalé un peine fino para que lo usaran en la casa y a la semana siguiente tenía más?
Se queda en silencio. Niega con la cabeza. Espero. Levanta la mano para agregar algo.  No dice nada.
Me apoyo en la silla y la insto a seguir. Niega con la cabeza. Espero.
-       Separé a dos adolescentes que se peleaban.  Me pegaron pero me respetan, yo lo sé.  Eso sí lo sé.
-       ¿Eso sabe? ¿Y qué es lo que no sabe?
-       No sé, todo lo demás.
-       ¿Y recuerda que la llevó a trabajar a ese lugar? ¿Cuatro años ya me dijo no?
-       No sé, aburrimiento supongo. Hacer algo por los demás.
-       ¿Por aburrimiento usted se expone en un lugar peligroso varios días a la semana?
-       No es peligroso.
-       Usted me dijo que le pegaron. ¿Eso no es peligroso?
-       Peligrosas son otras cosas.
-       ¿Por ejemplo?
-       La calle, la gente…
-      
-       Y el asentamiento no.
-       No. Me quieren ahí.
-       Pero le dan asco los piojos.
-       No asco no.  No sé por qué lo mencioné.
-       Piense.
-       ¿Ya es la hora?
                                                                                                                                                         ………………………………………………………

El martes siguiente, Laura llegó con mal semblante, parecía no haber dormido, o haber llorado.  Me dio la mano, esta vez esperé para ver que hacía y otra vez esa distancia.  Vestía un jogging, zapatillas y un buzo que le quedaba enorme. Pese a su cara triste, sonreía.
Leía lo poco que había anotado en la primera sesión y no podía concluir nada.
Algo diferente a la semana anterior.  Me habló muy lentamente y en un tono muy bajo.

-       Sabes que estaba sentada en la computadora y empecé a sentirme mal.  Se movían las letras y el corazón se aceleró mucho.  Tuve miedo. Sentí que me iba a morir ahí sentada, sola.
-       ¿Qué estaba leyendo en la computadora?
-       No sé.
-       ¿No recuerda?
-       No.
-       ¿Escribía un mail? ¿Leía un texto, un diario?
-       No sé.
-       Trate de recordar.
-      
-       No importa, ¿cuénteme qué hizo entonces?
-       Me quedé ahí sentada.
-       ¿Llamó a alguien? ¿Vive con alguien? ¿Tiene pareja o novio?
-       No podía moverme por el corazón, me paralicé.
-       ¿Llamó a alguien?
-       Fue horrible.
-       Tome los pañuelos.
-       Siempre que vengo lloro. Pero estoy bien.  Llamé a mi doctor y no contestaba. Lo llamé al celular. Me dijo que no era un ACV
-       ¿Qué cosa?
-       Un accidente cerebro vascular, cuando se produce un isquemia que puede ser transitoria o no en el cerebro.
-       Si, si, no había escuchado bien.
-       Que pasara mi marido por el consultorio que me iba a recetar un ansiolítico y que me recostara un rato.
-       ¿Y a su marido le avisó?
-       Después de un rato, si.
-       ¿Y qué le dijo él?
-       Que me tomara un té.  Como cuando me duelen los ovarios, o estoy descompuesta, o tengo gripe. Él todo lo arregla con té.
Sonrió otra vez al decir esta última frase.
-       No voy a tomar las pastillas. Odio las pastillas.


                           ……………………………………………………


Falta todavía media hora para que llegue Laura.  El paciente de las 8 no vino y ya no va a venir.  Anoche le mandé un mensaje a Laura porque no atendía el teléfono.   La semana pasada no vino y no avisó.  Contestó el mensaje con un lacónico “Si, gracias”.
Por ahora es poco lo que sé.  Casada, sin hijos y angustiada casi todo el tiempo. Tiene la habilidad de cambiar de tema cuando no quiere contestar o llora.
Escucho el ascensor, está subiendo.  Usa tacos hoy.

-       Se la ve bien hoy, ¿cómo está?
-       ¿Te parece?
-       Me asusté un poco recién en el colectivo.
-       ¿Por qué? cuénteme.
-       Dos hombres se pelearon en el colectivo y me dio miedo.
-       ¿Le hicieron algo a usted?
-       No entendí por qué peleaban, creo que se empujaron para bajar, pero fue violento y eso me asusta. No me gusta cuando gritan. Donde yo trabajo los chicos pelean y tengo que separarlos. Pero son chicos. Los grandes me dan miedo.

            La miré y parecía una nena. A pesar de sus tacos altos y de su traje azul tan aseñorado parecía una nena             asustada.  No lloraba ahora, pero mirándola detenidamente vi que el maquillaje debajo de sus ojos estaba corrido.           Una gota negra como las que se pintan los payasos estaba detenida en su mejilla.  Había llorado antes de entrar.

-       ¿Alguien intervino en la pelea? ¿Se golpearon? ¿Le hicieron daño a un pasajero?
            Se paró y fue hacia la ventana del balcón abierta.
-       ¿No tenés miedo que un paciente se tire de acá? Son diez pisos, es mucho.
-       ¿Por qué me lo pregunta? En general los pacientes no se mueven mucho por el consultorio.
-       Qué linda se ve la plaza desde acá ¿no?

Y siguió avanzando y se apoyó en la baranda del balcón.

Me paré, no caminé, sólo le hablé.

-       Venga Laura, hay viento hoy, siéntese que va a estar más cómoda.

            Retrocedió y volvió a sentarse.  Sólo sonrió. Me costó volver a concentrarme.
                       …………………………………………………….


-       ¿Qué hacés? ¿Cómo va?
-       Acá, bien, tranquilo ¿vos?
-       Bien che. Contame, me llamaste.
-       Si, hace tiempo que no nos sentábamos a charlar. Tomá el azúcar.
-       ¿Lo tuyo? ¿Cómo la vas llevando?
-       Y, que se yo. Conseguí un departamento. Estoy terminando con las cajas.  Pocas cosas, las llevo con el auto.  Ya estoy grande para que me aguante mi vieja.
-       Che, y ella ¿hablan?
-       Lo justo. Se quiere divorciar pero no sé… igual tenemos que esperar.  Hay que cumplir dos años de casados para divorciarse. Ni a eso llegamos.  Para repartir no hay nada.  Teníamos los autos desde antes, así que cada uno se quedó con el suyo.  Que se yo. No sé. Fue todo tan sorpresivo. Para mí. Parece que para los demás no.
-       ¿Vos querés volver?
-      
-       ¿Y el laburo?
-       Está complicado. Sigo como ayudante en la cátedra de Ruiz.  A la mañana en el San Juan.  Y acá bien, que se yo, peleando con las obras sociales.  Viste, seis meses de atraso tienen.  Igual, me distrae, me las rebusco, para los años que llevo de psicólogo, no está tan mal.  Tengo que retomar las sesiones con Sandra.  Estos últimos tres meses no fui. Pero tengo que volver.
-       Hacelo, no te dejes, sabes que te vienen bien.  Fue todo difícil. Hablemos de otra cosa, tu novela, ¿la seguís?
-       Si, muy de a poco, voy a la biblioteca de la universidad y busco material. Pero quería hablarte de otra cosa.
-       Si, me imaginé, decime.
                                                ………………………………………………
-       Leí el otro día que todos tenemos penas que curar ¿será así?
-       Usted tiene heridas que curar?
-       ¿Todos tendremos?
-      
-       Supongo que sí ¿vos no tenés?
-       ¿Y usted?
-       Tendré, supongo, no sé.
-       ¿No sabe?
-       No.
Se queda en silencio. Transcurren minutos. Me mira y levanta las cejas. Sonrío.
-       La escucho, ¿qué iba a decirme?
-       No, nada. Estaba pensando.
-       ¿Qué pensaba?
-       En nada.
-       Pero usted me dijo que pensaba.  En algo estaría pensando.
-       ¿Vos qué haces aparte de esto?
-       ¿Esto?
-       Si, esto.
-       ¿A qué se refiere? ¿Qué quiere saber?
-       Es todo tan frío acá, lo más cálido son esos almohadones y la caja de pañuelos. No parece que vos seas un hombre frío.
Me miró unos segundos y dijo:
-       Puedo ser muy perceptiva a veces.
No sabía si me estaba provocando para sacarme de quicio, si buscaba desviar la atención o si realmente quería saber.  Sabía que estaba cometiendo otro error pero contesté:
-       Escribo una novela.
Podría haberle dicho que daba clases en la facultad, que trabajaba en un hospital o no haberle contestado.  Error tras error. Elegí contestarle eso.
-       ¿Si? ¿Sobre qué?
-       No estamos acá para hablar de mí.
Ya no tenía arreglo.
-       Ya lo sé. No tenés que explicármelo otra vez. Pero quiero saber. Te he contado cosas que no le conté a nadie y creo que…
Me volvió a mirar y enmudeció. No dejó de mirarme. La puta madre, volvió a ganar.
-       Listo, me voy. Suficiente para mí.
-       No es tiempo.
-       Lo sé.
Extendió su mano.
-       Los últimos años de Sarmiento.
-       Gracias. Hasta el martes.
-       ¿Por qué le interesaba saber?
-       Hasta el martes.
                                        ……………………………………………………
Mire Laura, voy a tener que derivarla a otro colega.  En todo este tiempo no hemos podido avanzar.  Usted está molesta, frustrada e insiste con no venir más.  Siempre se aleja, no quiere contestar, hablar y no creo que sea posible continuar. Puedo derivarla a un buen analista que la va a ayudar mejor que yo.  Por favor, siéntese, hablamos, dígame qué le parece mi sugerencia.

Abrió la puerta y se fue por las escaleras, ni siquiera la cerró y me quedé sentado ahí, pensando si debía alcanzarla.
                            ……………………………………………………..

-       Todo empieza así, quiero leer algo y las letras se mueven y parece que todo lo demás se quedara quieto. Y me dan muchas ganas de llorar.    
-       ¿Y tiene idea de qué es lo que lo dispara? 
-       No lo sé.  Esta última vez había perdido las llaves y no podía salir de mi casa.  Me senté a leer mientras trataba de recordar dónde las podría haber dejado.
-       ¿Y antes de eso que había hecho? ¿Lo recuerda?  
-       No. Creo que me había acostado un rato. Me dolía la cabeza.
-       ¿Había hablado con alguien? 
-       No.
-       ¿Le parece si tratamos de reconstruir lo que hizo desde la mañana?
-       Si. Necesito que me ayudes.
-       La acompaño.  Usted sola va a poder salir de acá. Yo la acompaño.
-       Tengo miedo.
-       ¿A qué?
-      
-       Laura, ¿continuamos?
-       Si. Estoy lista.
                                                     ……..………………………………..


-       Quería hablarte de Laura Llanos.
-       Si, Laura. ¿Cómo está? Sentí que vos podías ayudarla.
-       ¿Sabes que creo que no puedo? Se me complica. La quisiera derivar con Marina, ¿te parece?
-       No. Primero, no va a querer.  Va a dejar la terapia y la necesita.  Segundo, vos podés hacerlo. Te entiendo, pero como amigo y principalmente como colega tenés que hacerlo.  Cuando estábamos en la comisión juntos, planteamos un caso, ¿te acordás? Muy similar.  El paciente se quedaba sin movilidad en los brazos cuando se producía una crisis.  Fuiste muy detallista en ese caso.  Y pudimos darle curso.  El paciente se controló.  Nos visita cada tanto en el hospital y siempre se acuerda de vos cuando lo hacías sentar en el piso y respirar con los brazos extendidos.  Todos te mirábamos, mitad intrigados y mitad incrédulos.  ¿Te acordás?
“Cierre los ojos”, le decías.  El pobre pensaba que lo ibas a hipnotizar.  Continúa la terapia con Almada pero está muy bien.

                                      …………………………………………..

Esta semana que me tomé por la mudanza, me vino bien.  Pude aprovechar para estar más tiempo leyendo sobre Paraguay.  Esta vez si creo que le voy encontrando la vuelta.  Estoy de mejor humor. Lunes cubierto. ¿A ver a quiénes tengo mañana? Martes. Roberto a las 8. OK.  Laura Llanos, a las 9… esta mujer… veremos.  A las 11, Machado y a las 12, Martín.
                                             ………………………………………

-       Laura, esto ya lo hablamos. No es como ir a buscar un certificado de buena salud. Le propongo una cosa, probemos tres sesiones más. Sólo tres.  Yo creo que hemos hecho un camino que nos ha abierto unas puertas por las que podemos entrar y trabajar.  Sólo le pido que se de esa oportunidad.
-       ¿Y que te la de a vos también?
Sólo la miré.  Cualquier respuesta que le diera, no sería la correcta.  Me observó unos segundos y rió abiertamente.
-       Era una broma. Está bien. Me parece un buen acuerdo. Lo voy a intentar. De verdad. Lo prometo.
De alguna extraña manera, estaba más satisfecha ella que yo con el acuerdo.  Había pensado que me iba a decir que no, que iba a discutir… estaba preparado para otra reacción, no para ésta.
-       ¿Seguimos Carlos?
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-        Laura, ¿se acuerda que hablamos mucho del miedo en sesiones pesadas? ¿Pudo repensar lo que hablamos?
-       Si, pensé mucho, realmente mucho.
Me hablaba y miraba muy firmemente.  Esta vez la sentía muy segura.  Había atrapado la tensión. ¿Sabría ella eso?
-       ¿Quiere que retomemos?
Me sorprendo casi consultándole si quiere o no hablar.  Recordaba las palabras de mi supervisora cuando le hablé de Laura.
-       Cuidado Carlos. No la presiones, pero no te presiones vos mismo. Hay ciertas situaciones en las que todo debe fluir, pero cuidado.  Conocés el procedimiento Carlos.

-       ¿Me estás escuchando?

-       Si Laura, claro. Me decía…

-       Que el miedo no tiene tanto que ver con la muerte. Sino con el transcurrir. Crecer, madurar, envejecer, las enfermedades.

-       Es el ciclo de la vida Laura. Las enfermedades no necesariamente tienen que ser.  Hay muchas personas que no las tienen. No se aferre a ellas.  ¿Qué le parecería si hacemos un ejercicio, pensar a qué cosas o a quienes le gustaría aferrarse?

-       No lo sé, ¿vos a qué te aferrarías?

-       Laura, Laura, ¿me gustaría saber a qué se aferraría usted?

-       A la tierra, a las flores, al campo, a los animales.  Siempre están, son incondicionales.

-       ¿Y quienes no son incondicionales?

Se le humedecieron los ojos.  Quedó en silencio. Dudé entre hablar o alcanzarle la caja con los pañuelos. No hice ninguna de las dos cosas.  Si hablaba corría el riesgo de que no se manifestara, si le alcanzaba los pañuelos podía empezar a llorar y necesitaba que ella misma mantuviera el control.

-       Las personas no son incondicionales, lo sabés.  Por eso evito aferrarme a los afectos.  No quiero llorar. ¿Podemos cambiar de tema? Me gustaría.
-       Llegamos a un punto interesante. ¿No cree que sería bueno ahondarlo?
-       No hay demasiado para ahondar.  Estoy siendo muy concreta y clara. Algunas personas me han hecho mucho daño.  Algunas todavía me lo hacen.  Me gusta la idea de irme, alejarme, desaparecer.
-       ¿Desaparecer, Laura? ¿Qué quiere decir con desaparecer?
-       No, nada raro. Sólo irme. Sola. Tranquila. Feliz y sin miedos. Sarmiento hizo eso.
-       Sarmiento. ¿Cómo Sarmiento?
-       Vos me dijiste que escribías una novela sobre los últimos días de Sarmiento. Estaba en Paraguay.  Se había ido solo, pobre y a esperar la muerte.
Ahí estaba.  Casi me había olvidado de esa metida de pata.  En realidad no, pero mantenía la esperanza de que ella se hubiera olvidado de esa charla.  Evidentemente no.

-       Laura, ¿está sola y quiere esperar la muerte?
-       Hablé de Sarmiento.
-       Pero eligió esas palabras.
-       Podría haber elegido otras.
-       Pero…
-       Tal vez no esperaba la muerte.  Tal vez esperaba más vida.
Me sonrió.  Primero fue como una mueca, después fue una sonrisa abierta y franca.  Me aflojé.  Por Laura. Por mí. Sin presiones. Miré la hora. Me había pasado. Tengo un reloj frente a mí y siempre lo miro.  Hoy no.
-       Laura, ¿nos vemos la próxima semana?  Hemos avanzado mucho hoy.
-       Si, el martes que viene.  ¿Puedo llamarte si algo importante surge?
-       Cuando quiera. Cuando lo necesite.

                                        ……………………………………………….

-       Subí.
-      
-       Hola Andrés, ¿qué haces? Pasá, pasá.
-       Vine sin llamarte pero ahora que estás más acomodado encontré esta caja de viejos casos que llevamos en el hospital y pensé que la podías querer.
-       ¡Mirá qué historias! Te agradezco. Los voy a mirar. Cuántos recuerdos. Todavía manteníamos la mística de la profesión.
Miraba las portadas de las carpetas y cada nombre que veía, disparaba diferentes sensaciones. No eran muchos pero habían sido mis primeros pacientes.  Los recordaba.  A algunos más, a otros menos pero todos me habían marcado de alguna manera.
-       Ayer estuve con Laura, Llanos. La vi bien. Me dijo que estaba contenta, que progresaba.  ¿Sabés que en el laburo nunca demostró nada? Siempre la veo ocupada, concentrada. Pero vos sabes cómo está.
-       No pensarás que voy a hablarte de una paciente que además es amiga tuya.  Me extraña hermano. Te estás poniendo grande y flojo.
-       No, no quería averiguar.  Un poco de intriga nomás.  Contame de la nueva guarida. Dale. ¿Estás cómodo en el nuevo departamento?
-       Si. Todo mejora.  De a poco pero mejora.

                                               ……………………………………………

-       ¿Viste que no he tenido de esas crisis desde hace tiempo? Me siento bien. He tomado decisiones. Avisé que en dos meses dejo el hogar para que vayan sondeando a otros voluntarios que hagan mi trabajo.  Voy a extrañar a los chicos. Sobre todo a los más chiquitos. Pero los voy a ir a visitar. Tengo una propuesta de otra institución, también del tercer sector. Rentada esta vez. Una especie de beca. No es mucho dinero.  Suficiente para ahorrar y quizás un día irme a un lugar más tranquilo.
-       ¿Le gusta la nueva propuesta?
Estaba casi alegre. Por primera vez la veía sentada en el sillón con el cuerpo relajado.  No tenía ese rictus tenso que habitualmente la acompaña. Su ceño no estaba fruncido.  Los hombros flojos le daban caída a sus brazos.  Gesticulaba y hablaba como si estuviera charlando con un amigo en un bar.
-       ¿Sabés que si? Me sorprendió bastante. No imaginaba que mi trabajo fuera conocido en otro ámbito, así que me sorprendió.  Y si, la propuesta me gustó.
                                             ………………………………………………….

¿Para qué lado le busco la vuelta a esta historia? Con mi amigo Domingo estamos frente a un dilema.  Pienso en el Sarmiento político, un personaje tan influyente para la época, y pienso en el hombre que perdió a su hijo, que está solo y espera.  ¿Cómo dijo Laura? ¿Espera la muerte?  Debería hacerle caso a la gente del hospital.  Ayudo a elaborar los duelos a los demás y no termino de elaborar el mío. Así no pienso en pavadas.
                                              …………………………………………………….

Martes. 9 horas. Portero. Laura Llanos.  Si, claro que sé que es Laura Llanos.  Nunca dejó de decir su apellido cada vez que tocó el portero.  Las pocas veces que me llamó por teléfono también.  Entró apurada. Se sentó. Parecía abatida.
-       Me despedí el sábado.  Se acabó este trabajo para mí.  Y me puse muy mal. Me dolió. Lo sentí. Parecía que me arrancaban algo.
Tiembla. Llora. Igual que la primera vez que vino. Murmura. No entiendo lo que dice. Quiero escucharla. Quiero entenderla. Le acerco la caja.
-       Laura, quiere ir al sofá. Quizás esté más cómoda.
Niega con la cabeza. La miro. Espero que se calme con un vaso de agua en la mano.  Tengo agua caliente. Le preparo un té.
Llora suavemente. Mira la caja. Tiene un pañuelo arrugado en la mano. Lo gira.
-       Ya está. Perdoname. Lo tenía adentro.  Era una sensación horrible. Un dolor fuerte, fue como un desgarro.  Dejé parte de mi vida ahí.  No tuve hijos y no los tendré. Siempre sentí que algo me faltaba.  Aunque no sentí jamás la necesidad de tener hijos, no tengo ese sentimiento maternal, los chiquitos eran un poco míos ¿Y ahora? ¿Ahora qué voy a hacer?
-       ¿Qué quiere hacer?
-       No se trata de lo que yo quiera, se trata de lo que pueda hacer.
-       Laura, puede hacer mucho.  Pero depende de usted descubrirlo.
-       ¿Vos confias en mí? ¿por qué? ¿por qué crees que puedo hacer mucho?
-       Descubrimos mucho en este tiempo. Recuperó buena parte de su confianza. Lo puede hacer. No se deje caer sólo por esto. Es un pequeño episodio de angustia. Es puntual. Va a tener siempre sucesos en la vida que la van a angustiar, a entristecer, a emocionar.  No tenga miedo.
Comenzó a relajarse. Terminó de secarse las lágrimas. Se miraba las manos. Me devolvió la caja con los pañuelos mientras tomaba con la otra mano la taza.
-       Gracias por el té.  Siempre voy a tener miedo, ¿será normal? ¿Todos tenemos miedo?
-       Si Laura. Todos lo tenemos. El tema es afrontarlos y convivir con ellos. No se preocupe, no son las mismas crisis de cuando comenzamos los encuentros. Son sólo momentos.
-       Gracias. De verdad. Necesitaba desahogarme.  Cambiaste la caja de pañuelos. La de los dibujos geométricos tan bonita ya no está.  Es linda esta también. Me gusta más.
-       Gracias. ¿Seguimos Laura?
                                                      ……………………………………….

-       ¿Cómo está esta semana?
-       Bien, mejor.
-       Cuenteme, ¿fue a ver a la gente de la nueva ONG?
-       Si. Está muy bien el trabajo.  Es un poco mayor la responsabilidad. Empiezo en quince días. Estoy preparada.
-       Me alegra escuchar eso.  ¿Ha vuelto a sentir la necesidad de desahogarse, de llorar?
-       No. Tengo la cabeza ocupada con este proyecto. Planifico, estudio, leo informes.  ¿Sería ese el secreto?
-       ¿Cuál secreto Laura?
-       El que necesitaba encontrar para afrontar la vida, los miedos, la gente…
-       ¿Piensa eso?
-       Si, eso creo. ¿Y tu novela?
-       Bien Laura, avanza. ¿Quiere que hablemos de lo que se viene?
-       ¿Se viene tu novela?
-       No salgamos del eje.  Volvamos a lo que se viene en su vida, no en la mía.
-       Sarmiento se iba a esperar. Entendí cuando me dijiste que no se iba a esperar la muerte. Se iba a esperar más vida. ¿La esperaba a ella?
-       ¿A ella?
-       A Aurelia. Velez. Su amante. Su amor paciente durante cuarenta años. La esperó. Murió esperándola.
-       ¿Le interesa la historia Laura?
-       Descubrí qué era lo que esperaba. Si yo tuviera un amor como ese, también esperaría.  Pero no soy tan afortunada.
-       ¿Por qué lo dice?
-       Porque es así.  Yo no tengo ese amor al que voy a esperar.
-       Pero tiene a su pareja, a su marido.
-       No es lo mismo.
-       ¿Por qué? ¿No siente ese amor? Laura, ¿no lo siente?
-       Es diferente. Ellos se amaron para siempre. Aún después que él murió.
Me quedé mirándola. Dijo “Me quiero ir”. “Si Laura, está bien”.

                                       …………………………………………………
Revolvía mis papeles, mis anotaciones.  Algo había ahí.  Esa historia que había estado buscando.  Sabía que se abría frente a mí, pero no entendía cómo.  No encontraba satisfacción en lo que escribía.  En los últimos días había tomado un ritmo feroz, pero descartaba lo escrito. Pensaba en otra cosa. 
¿Era esa historia, ese paciente, ese caso que había estado esperando desde que soñaba con ser analista? No. No era eso.
                                          …………………………………………………
-       Hola Laura ¿Está bien? Las últimas dos semanas no vino.  ¿Estuvo enferma?
-       No, no. Estoy bien. Sólo necesitaba tomarme un tiempo ¿sabes? Necesito pensar. Necesito… quiero pensar.
-       ¿La puedo ayudar?
-       ¿Viste como llueve? Qué día, llegué esquivando charcos. Dejé el paraguas en la entrada, ¿no molesta ahí, no?
-       No, no. Está bien. ¿En qué necesita pensar? Estoy para ayudarla. Una vez le dije que la iba a acompañar, que no la iba a dejar sola.
-       Si, pero también me dijiste que tenía que hacerme preguntas.  Y creo que hay algunas cosas que no quiero preguntarme.
-      
-       Cosas, Carlos, cosas.  Sensaciones que aparecen. No puedo seguir viniendo. Ya no. Tengo que afrontar esto sola.
Y ese martes, que llovía tanto y plaza Italia estaba tapada de agua, pegó un portazo y se fue.
Gritó que nunca más volvería a las sesiones y me quedé sentado mirando la puerta.
                                                 ………………………………………..
-       Laura, soy Carlos Salerno.  Espero que este siga siendo tu número.  Terminé la novela sobre Sarmiento. No se si te acordas. Se presenta el viernes 14 en el Colegio de Abogados en la calle 13.  A las siete de la tarde.  Me gustaría que pudieras ir y charláramos un poco.  Bueno, no sé.  Me siento raro llamándote después de un año… igual te ví en el diario, en una foto.  Te va bien en la institución, algo supe de vos por esa nota. Me alegré. Cualquier cosa, si querés, mi teléfono sigue siendo el mismo. Gracias. Ojalá puedas estar.
                               ………………………………………………………….

-       Bienvenidos, gracias a todos por su presencia.  Presentamos hoy la primera novela del Lic. Carlos Salerno “La espera”, donde se relatan los últimos años de vida de Domingo Sarmiento en Paraguay, en una época convulsionada de nuestro país, en la que nuestro autor ha delineado un perfil diferente del discutido ex presidente.  El perfil de un hombre. Quisiera preguntarle Carlos, antes de hablar específicamente de la novela, por qué hay un párrafo dedicado a una persona.  Si usted me permite, quisiera leerlo: “Para Laura.  Que llegó buscando mi ayuda y se fue ayudándome.  Que fijó el rumbo”.


Al finalizar miré a las personas que allí estaban, mis amigos, compañeros de trabajo, mis viejos.
Me pareció verla.
Desde la última fila me miró y sonrió.  Me saludó con la mano y caminó hacia la salida. 
Se fue.
Abrió la puerta y se fue por las escaleras, ni siquiera la cerró.  



En ese momento, el miedo cambió de dueño.