jueves, 12 de marzo de 2015

Fragmentos de los cap. 9 y 10

9.

Hubo tres inspecciones más al mando del Licenciado Marquez.  Algún café compartieron en la cocina con esa intimidad que les daba que él hubiera cumplido en avisarle que iba a ir el equipo a su casa.
No hubo otras novedades ni notificaciones de la Agencia Fiscal, ni noticias de Alejandro Marquez.  Una vez le conté a Marina que lo había cruzado y me contestó con cierto desinterés.  Estaba preocupada por algo.  Se le notaba.  No me dijo y no le pregunté.
Guillermo le mandó un mensaje por intermedio de su secretaria avisándole que se demoraría porque tenía que ir a un entierro.


-           Murió el diputado Salas de Pringles.  Mucho más no sé Marina.  Salieron de acá hace un rato.  Regresan a media tarde y a la noche me dijo que va para Ojo de Agua.


Llegó muy alterado.


-           Lo mataron ¿entendés?  Lo sacaron de la ruta.
-           ¿Pero están seguros? ¿No puede ser que se le haya reventado una cubierta o que se         haya dormido?
-           No entendés.  Estamos en el medio de una de las internas más sangrientas.  El gordo      tenía doce mil votos.  Y todos los querían.  Lo limpiaron.  Nos vienen apretando de        todas partes, mañana a primera hora tenemos una reunión para ver qué hacemos.
-           ¿No estarán exagerando ustedes?  Después de todo es una interna. No un voto en la       ONU.
-           No sé por qué no me quedé en La Plata.  Hablar con vos de estas cosas es al pedo.



Una cosa era cierta, para Guillermo la interna del partido era una cuestión fundamental, y para Marina, a esta altura, era poco menos que nada.

-           Mañana andá al banco y sacá los últimos dos depósitos que hice.  Fijate en el       resumen de cuenta.  Pedí dos cheques de caja.
-           ¿Para qué?
-           ¿Me escuchaste? Estamos por perder doce mil votos.  Tengo cerebros y corazones           que convencer.
-           No la voy a retirar.  No necesitás hacer eso Guillermo, vos sos mucho más que eso.          Siempre lo fuiste, por qué no volvés un poco sobre tus pasos y…
-           Mirá, si no hago las cosas como corresponden y perdemos la elección, poca de esta         vida nos va a quedar y ahí si vamos a tener que volver sobre nuestros pasos.  ¿Vos         estás dispuesta? Decime Marina ¿estás dispuesta? 


Estaba furiosa.  Él tenía razón.  Ella no estaba dispuesta a dejar nada de lo que tenía.  Después de todo, me dijo, si dentro de unos años iba a tener que lidiar con un hombre enfermo, no le encontraba explicación posible a que todo su dinero fuera a parar a las manos de unos vividores sin destino.  Necesitaba disfrutar de su vida.  Ahora. Con su marido o sin él. 

...




10.

... Después de la comida, los hombres caminaron en pequeños grupos, simulando preparar los equipos para el partido.  Las mujeres sabían y casi todas simulaban ser simples amas de casa, hablando de plantas, hijos y lámparas.


-           ¿Inauguraste tu local de decoración?
-           Si. Estoy super contenta. Cumplí un sueño con esto.  Además mis hijos están los dos      en la capital estudiando y yo no sabía qué hacer con Roberto todo el tiempo fuera de casa.
-           ¿Y? ¿qué tal?
-      Mirá, está lenta la economía, pero Roberto me dio vía libre con el dinero para la       inversión.  Sé que voy a tratar un buen tiempo en recuperarla.  Fue grande, pero,      paciencia…
-           Claro, todo es difícil.  Te felicito entonces.


Se hizo un silencio bastante incómodo.  Varias de las esposas que estaban ahí, sabían que Roberto en realidad no era un devoto y generoso esposo. 


Cambiaron de tema y al parecer una de ellas estaba muy interesada en hablar de la muerte del diputado de Pringles.


-           Dicen que se durmió…
-           No creo, estaba muy acostumbrado a manejar, no lo hubiera hecho si no estaba    descansado.
-           No sé por qué no usaba al chofer.  Con los kilómetros que recorren por semana, no          pueden tener la cabeza en la ruta y en el laburo.
-           Me dijeron que tomaba algo para relajarse, tal vez fue eso.
-           Tomaría como todos un poco de clonazepan para dormir, pero no durante el día.
-           Viste que llegamos a una edad en la que el clonazepan se hace indispensable.
-           Es que el tema de la mujer lo tenía mal…
-           ¿Por qué? ¿Qué pasó con Alcira? me dijo Pablo que estaba destrozada…
-           Si, destrozada ahora. La culpa la va a matar.  Quería divorciarse.
-           No te puedo creer, esa no la sabía ¿Alcira?
-           No lo creas, todo se sabe.


Marina sabía que esas palabras ya las había escuchado y optó por el silencio.


-           Es que la interna los tiene locos.
-           Y si la mujer lo quiere dejar…
-           Señoras, les parece si vamos a buscar unos jugos, seguro las chicas en la cocina    tienen preparado algo rico.


La mujer del gobernador había dado por terminada la charla.  Aunque había tomado nota de todos y cada uno de los comentarios que las mujeres habían hecho.  Por la noche lo anotaría en el cuaderno. 

domingo, 8 de marzo de 2015

Que las hay... las hay.




No creo en las historias de amor. No creo en esas historias de las novelas, en la que dos personas separadas se desgarran y no encuentran la paz hasta que la vida los reencuentra. Creo en el compañerismo, la atracción, el erotismo, el cariño... pero esos relatos que escucho y leo ávidamente, no los siento reales. Me cuesta pensar en que realmente existan.

Cuando mis padres se conocieron, allá por los 60,el único libro que había leído mi mamá era "Corazón" de Edmundo De Amicis.  En el campo, y por aquellos tiempos, para ella, la urgencia, no era leer.  Ni siquiera una vieja y pequeña edición de "Alicia en el país de las maravillas" que le habían regalado siendo muy pequeña y que hoy atesoro en mi biblioteca.  Sólo "Corazón". Además no tenía el mejor recuerdo de ella.  Decía, y sigue diciendo, que era extremadamente triste.  Mi papá, por el contrario, era un ávido lector. También, se había criado en el campo y casi sin instrucción oficial, sólo 6° grado, que era lo máximo a lo que se podía aspirar en la vieja escuela del paraje. Pero, alejado de las tareas cotidianas de la estancia, que no le gustaban y de las que huía en cuanto podía, se dedicaba a leer todo lo que caía en sus manos. El diario que el abuelo compraba en el pueblo cada 15 días, libros que le pedía a la maestra, novelas que sacaba de la casa de los patrones, revistas que encontraba por ahí... todo era bueno para aprender.  Una vieja anécdota que contaba mi abuela, decía que mi papá leía de noche, cuando la luz del farol a querosén, tenía que apagarse, con un espiral, soplando la punta encendida para que se viera mejor.  Nunca sabré si era verdad o no, pero forma parte de mis recuerdos y los de mi querida abuela Amalia.

Mi padre siempre se burlaba de mi mamá por la única novela que ella había leído, y siempre que podía, aprovechaba para ´amenazarla´, diciéndole que sería su próximo regalo de cumpleaños.

Hace dos años, en abril del 2013, el día de su cumpleaños, papá me contó que en uno de los innumerables remates a los que asistía, había comprado, la edición de 1947 que ilustra este post,  la famosa novela, probablemente la misma edición que mi mamá había leído. Muy serio me dijo: "Tomá, dásela a tu madre..." Hacía 38 años que se habían separado.  

Yo supe, en ese momento, como lo sabía él, que era su manera de despedirse de la madre de sus hijas, de la abuela de sus nietos. De su compañera, a pesar de no estar juntos.

Seis meses después, murió, Solo, tranquilo mientras dormía. Después de 13 años de un ACV por el que le habían dado sólo seis meses de vida, su corazón le dijo ´basta, hasta acá llegamos, Antonio´...

Estoy convencida, se fue en paz.  Me ha costado mucho, entenderlo.  Ayer, lo entendí. Ahora, estamos los dos en paz.

No creo en las historias de amor, pero que las hay... las hay.


lunes, 19 de enero de 2015

Desesperanza


Tengo 47 años. Mi primer recuerdo en la vida es la muerte de Perón, estaba creo en primer grado y se suspendieron las clases y la maestra que vivía a la vuelta de mi casa, me llevó. No había internet, información… ni siquiera teléfono de línea en todas las casas. No había forma de avisarles a las madres que nos fueran a retirar.  Mi viejo llegó poco después, yo me habría ido al patio a jugar con el gato o me habrían sentado en la cocina a tomar la merienda y mis viejos hablaban en voz baja en el comedor de la casa de la calle Washington. Todas las veces que lo rememoré, sentí que en esas voces bajas había miedo.  Llegó Isabelita y aunque eran tiempos prósperos para la economía familiar, mi madre tenía ciertos temores y discutían por las noches con mi papá, pensando quizás que nosotras dormíamos, en la pieza que los cuatro compartíamos, y le pedía que no fuera a las marchas.  Mi viejo era peronista, PERONISTA con mayúsculas, decía y repitió hasta el último día que hablé con él, antes de que muriera en el 2013. Mamá no entendía mucho, era la típica ama de casa de los 70, cuidaba la casa y los chicos, pero escuchaba cosas, supongo que en el barrio, con los vecinos, mientras hacía las compras.

Cuando llegaron los militares, yo tenía 9 años. Lo único que entendía era que el nuevo presidente, se parecía a la Pantera Rosa. Papá tenía una vieja radio conectada a unos cables que cruzaban la habitación y escuchaba radio Colonia. Yo me había aprendido y cantaba todo el día la musiquita que precedía a las noticias. Un tiempo más siguieron las peleas para que papá no fuera a las marchas o a las reuniones políticas. Unos meses después las discusiones siguieron pero por otros temas. Mi viejo iba a trabajar normalmente y volvía a casa. La vida en un pueblo seguía como siempre. Nada se decía de los horrores que estaban pasando por aquellos años. Recién supe lo que había sucedido, cuando estaba en la secundaria y nuestra ciudad tenía a su hijo pródigo como Presidente de la Nación. Y el presidente era nada más y nada menos que un amigo de mi viejo peronista, un ejemplo de tolerancia. Casi un abuelo para mí. Alguien cercano, y era inevitable, aunque eso me produjera discusiones familiares que yo fuera simpatizante del radicalismo y alfonsinista hasta la médula.

Después llegó la hiperinflación, las corridas, los saqueos, mis primeros años en la facultad y la militancia, y a pesar de las dificultades económicas en las que cayó mi papá y su comercio, seguí apoyando a Alfonsín. A pesar de que muchas veces, apoyó a funcionarios indefendibles, permitió que los dañinos del partido, los que llevaron a que hoy sea un partido desmembrado, le manejaran el gobierno y aunque el enojo de la sociedad era fuerte, no había descreimiento en la clase política, o al menos eso sentía yo, había necesidad de un cambio. Y el cambio se pidió y se produjo.

Llegó Menem, con sus disparates, sus patillas, sus promesas no cumplidas y la corrupción galopante. El control de la economía, el dólar uno a uno y los viajes al exterior.  Una economía para pocos y un país empobrecido. La brecha entre ricos y pobres. Y pobres muy pobres. Reclamos, dos presidencias, Cavallo y el final.

El radicalismo volvía acompañado de la cortina musical de Armagedón.  Una alianza más parecida a una bolsa de gatos que se arañan entre si, que una Moncloa. Duró lo que tenía que durar.  Un vicepresidente que se va, un presidente que habla de la merluza. El caos, muertos y varios presidentes en un día. Viajamos el 30 de diciembre a San Clemente, salimos de acá con un presidente y llegamos allá y había otro.

Las cosas parecían más calmas, terminaron los saqueos y el senador nacido en Banfield se daba el gusto de ser presidente.  Hubiera querido quedarse pero la muerte de dos militantes hizo que los tiempos se aceleraran.  El descreimiento iba en aumento y comenzaba la sociedad a pedir que se fueran todos. Y que vinieran, ¿quiénes? No se fueron.  Por el contrario. Y el presidente instalaba a un nuevo presidente, alguien que se suponía que iba a poder manejar.

Alejada ya del radicalismo y mirando con desconfianza a Kirchner, mantuve las esperanzas.  Parecía que algunas cosas comenzaban a ordenarse.  El viento de cola de una economía mundial, cosechas importantes y un presidente desestructurado, gustaban y ayudaban. Mis viejos pudieron jubilarse y hubo ciertas mejoras. La aparición de los planes y una ficticia baja en los índices de desempleo se cruzaban con las denuncias de corrupción. Pero había sensación de que al fin se salía.

Un segundo mandato del modelo a manos de una mujer, una senadora primera dama y “un presidente en las sombras”, decían.  Comenzó a circular la palabra ´fanatismo´. Una muerte y consternación.  Intolerancia y un luto prolongado. Una segunda presidencia de la dama. La Gioconda seguía de negro y furiosa.

Hoy, 19 de enero de 2015, amanezco tarde y la pantalla dice “Se suicidó Nisman”, el fiscal que pedía que se indagaran a la presidente y a algunos funcionarios por la causa Amia. El fiscal nombrado por el presidente Kirchner hace diez años. Mi primera reacción fue decir “Mataron a Nisman”. 

A partir de ese momento, sólo desazón, tristeza.  Lo primero que pensé es adónde había ido mi hijo.  Ese instinto de supervivencia orientado a proteger a los que más queremos.

Tristeza y furia por vivir en un país en el que la vida no vale nada.  Morir por un par de zapatillas, por pensar diferente o por investigar. Por primera vez en mi vida, sentí algo parecido al miedo. Dolor por una nación en la que yo no tengo mucho por hacer ya, pero en la que vive mi hijo, que comienza su vida recién, que tiene todo por hacer y todo por cambiar y no sé si va a poder hacerlo. Me voy a caminar bajo la lluvia y puedo identificar por qué me acompaña una fuerte opresión en el pecho.  Era la esperanza, que me abandonó.