lunes, 19 de enero de 2015

Desesperanza


Tengo 47 años. Mi primer recuerdo en la vida es la muerte de Perón, estaba creo en primer grado y se suspendieron las clases y la maestra que vivía a la vuelta de mi casa, me llevó. No había internet, información… ni siquiera teléfono de línea en todas las casas. No había forma de avisarles a las madres que nos fueran a retirar.  Mi viejo llegó poco después, yo me habría ido al patio a jugar con el gato o me habrían sentado en la cocina a tomar la merienda y mis viejos hablaban en voz baja en el comedor de la casa de la calle Washington. Todas las veces que lo rememoré, sentí que en esas voces bajas había miedo.  Llegó Isabelita y aunque eran tiempos prósperos para la economía familiar, mi madre tenía ciertos temores y discutían por las noches con mi papá, pensando quizás que nosotras dormíamos, en la pieza que los cuatro compartíamos, y le pedía que no fuera a las marchas.  Mi viejo era peronista, PERONISTA con mayúsculas, decía y repitió hasta el último día que hablé con él, antes de que muriera en el 2013. Mamá no entendía mucho, era la típica ama de casa de los 70, cuidaba la casa y los chicos, pero escuchaba cosas, supongo que en el barrio, con los vecinos, mientras hacía las compras.

Cuando llegaron los militares, yo tenía 9 años. Lo único que entendía era que el nuevo presidente, se parecía a la Pantera Rosa. Papá tenía una vieja radio conectada a unos cables que cruzaban la habitación y escuchaba radio Colonia. Yo me había aprendido y cantaba todo el día la musiquita que precedía a las noticias. Un tiempo más siguieron las peleas para que papá no fuera a las marchas o a las reuniones políticas. Unos meses después las discusiones siguieron pero por otros temas. Mi viejo iba a trabajar normalmente y volvía a casa. La vida en un pueblo seguía como siempre. Nada se decía de los horrores que estaban pasando por aquellos años. Recién supe lo que había sucedido, cuando estaba en la secundaria y nuestra ciudad tenía a su hijo pródigo como Presidente de la Nación. Y el presidente era nada más y nada menos que un amigo de mi viejo peronista, un ejemplo de tolerancia. Casi un abuelo para mí. Alguien cercano, y era inevitable, aunque eso me produjera discusiones familiares que yo fuera simpatizante del radicalismo y alfonsinista hasta la médula.

Después llegó la hiperinflación, las corridas, los saqueos, mis primeros años en la facultad y la militancia, y a pesar de las dificultades económicas en las que cayó mi papá y su comercio, seguí apoyando a Alfonsín. A pesar de que muchas veces, apoyó a funcionarios indefendibles, permitió que los dañinos del partido, los que llevaron a que hoy sea un partido desmembrado, le manejaran el gobierno y aunque el enojo de la sociedad era fuerte, no había descreimiento en la clase política, o al menos eso sentía yo, había necesidad de un cambio. Y el cambio se pidió y se produjo.

Llegó Menem, con sus disparates, sus patillas, sus promesas no cumplidas y la corrupción galopante. El control de la economía, el dólar uno a uno y los viajes al exterior.  Una economía para pocos y un país empobrecido. La brecha entre ricos y pobres. Y pobres muy pobres. Reclamos, dos presidencias, Cavallo y el final.

El radicalismo volvía acompañado de la cortina musical de Armagedón.  Una alianza más parecida a una bolsa de gatos que se arañan entre si, que una Moncloa. Duró lo que tenía que durar.  Un vicepresidente que se va, un presidente que habla de la merluza. El caos, muertos y varios presidentes en un día. Viajamos el 30 de diciembre a San Clemente, salimos de acá con un presidente y llegamos allá y había otro.

Las cosas parecían más calmas, terminaron los saqueos y el senador nacido en Banfield se daba el gusto de ser presidente.  Hubiera querido quedarse pero la muerte de dos militantes hizo que los tiempos se aceleraran.  El descreimiento iba en aumento y comenzaba la sociedad a pedir que se fueran todos. Y que vinieran, ¿quiénes? No se fueron.  Por el contrario. Y el presidente instalaba a un nuevo presidente, alguien que se suponía que iba a poder manejar.

Alejada ya del radicalismo y mirando con desconfianza a Kirchner, mantuve las esperanzas.  Parecía que algunas cosas comenzaban a ordenarse.  El viento de cola de una economía mundial, cosechas importantes y un presidente desestructurado, gustaban y ayudaban. Mis viejos pudieron jubilarse y hubo ciertas mejoras. La aparición de los planes y una ficticia baja en los índices de desempleo se cruzaban con las denuncias de corrupción. Pero había sensación de que al fin se salía.

Un segundo mandato del modelo a manos de una mujer, una senadora primera dama y “un presidente en las sombras”, decían.  Comenzó a circular la palabra ´fanatismo´. Una muerte y consternación.  Intolerancia y un luto prolongado. Una segunda presidencia de la dama. La Gioconda seguía de negro y furiosa.

Hoy, 19 de enero de 2015, amanezco tarde y la pantalla dice “Se suicidó Nisman”, el fiscal que pedía que se indagaran a la presidente y a algunos funcionarios por la causa Amia. El fiscal nombrado por el presidente Kirchner hace diez años. Mi primera reacción fue decir “Mataron a Nisman”. 

A partir de ese momento, sólo desazón, tristeza.  Lo primero que pensé es adónde había ido mi hijo.  Ese instinto de supervivencia orientado a proteger a los que más queremos.

Tristeza y furia por vivir en un país en el que la vida no vale nada.  Morir por un par de zapatillas, por pensar diferente o por investigar. Por primera vez en mi vida, sentí algo parecido al miedo. Dolor por una nación en la que yo no tengo mucho por hacer ya, pero en la que vive mi hijo, que comienza su vida recién, que tiene todo por hacer y todo por cambiar y no sé si va a poder hacerlo. Me voy a caminar bajo la lluvia y puedo identificar por qué me acompaña una fuerte opresión en el pecho.  Era la esperanza, que me abandonó.