A Ana le encantaban los
primeros días del otoño, las hojas secas que volaban cuando había viento y se
amontonaban formando un compacto de colores le provocaban alegría y las
primeras gotitas de frío que se pegaban en los vidrios. Ana comenzaba a preparar los abrigos para sus
hijos, un par de grados menos y ya algo más abrigado para ellos. Cinco hijos. Soñó
con una familia grande y la tuvo, ellos eran su máxima felicidad a pesar de que
a veces las cosas se ponían complicadas por su edad. Peleas, discusiones y
reclamos eran habituales. A pesar de que a veces merecían algo más que un
simple reto, Ana jamás levantaba la voz, siempre se dirigía a ellos con las
palabras más dulces y tranquilas, tratando de hacerlos entrar en razón. Sus
hijos, probablemente debido a que ella no elevaba el tono, la escuchaban y por
un rato al menos, parecían obedecerle.
No sólo era a sus pequeños a quienes se dirigía de ese modo, Ana trataba
con dulzura a todos, nunca estaba de malhumor, siempre una sonrisa y una palabra
tierna para quienes la conocían o para las ocasionales personas que cruzaba por
la calle.
Ana siempre soñó con lo que
tenía, una casa con hermosa vista, plantas a su alrededor, cortinas livianas
que apenas se movían con la brisa, muebles cómodos, bonitos y simples. Sus
hijos y su familia son lo mejor que le sucedió, construyó pasó a paso cada
momento de su existencia.
Ana era feliz. Ana nació
siendo una princesa, siempre lo supo, creció con ello. Cuando nació, el mundo se convirtió en un
mejor lugar y a medida que fue creciendo y convirtiéndose en una hermosa mujer,
el mundo mejoraba. Sus padres, la
adoraban, vivían para ella en desmedro quizás, hasta de sus propias
obligaciones. La educaron y criaron con
todo el amor que alguien puede recibir y ella los recompensaba día a día con su
bondad, su alegría y su generosidad.
Un día, como suele suceder,
la hermosa princesa conoció a su príncipe.
Alto, apuesto, con unos profundos ojos azules que la deslumbraron cuando
lo vio. Y así fue que muy a pesar de sus
padres, la princesa dejó el reino en el que había nacido para formar el
propio. Enseguida fueron llegando los
hijos y la felicidad de Ana era cada vez mayor.
A veces caía en un dejo de melancolía debido a la falta de contacto con su
familia, pero ellos la habían preparado para que un día partiera y formara su
propio reino. Su vida de pequeña había
quedado atrás y sus hijos y su príncipe formaban todo su mundo. Tal vez, algún amanecer la encontrara con
alguna lágrima en su rostro, tal vez, tenía melancolía del tiempo pasado, pero
no porque no fuera dichosa, simplemente algunos recuerdos acudían a su mente. Pero ella sabía, cuando decidió partir junto
a su príncipe, que su mundo sería diferente y eso era lo que importaba.
Sus hijos crecieron sanos y
fuertes, alegres, como era Ana.
Disfrutaba verlos jugar, y cuando en aquellos días de lluvia la cascada
formaba cortinas de agua, se reunía con ellos a observarla descubriendo las
figuras que formaban e inventando historias.
Ana era feliz.
Su príncipe era su compañero,
la amaba como ella a él, intensamente. Habían formado una familia, la que tanto
ella había soñado mientras imaginaba historias de amor. Era amable, generoso, gentil; lo que siempre
había soñado.
A veces estaba varios días
sin volver a su casa porque debía partir a visitar comarcas cercanas tal vez, y
Ana lo extrañaba. Si él no estaba, Ana sentía que algo le faltaba pero entendía
las razones por las cuales él se iba.
Los últimos tiempos lo notaba preocupado, algo no estaba bien, pero cuando
le preguntaba al respecto, no le contestaba, y ella lo permitía, era su manera
de decirle que no se preocupara, que todo estaba bien y que nada les pasaría a
ella o a los niños.
La preocupación crecía en él
y Ana lo sabía, conocía a su príncipe, conocía sus gestos, su particular manera
de mirarla, la forma que tomaban sus ojos al hablar y la forma de fruncir su
ceño. Había notado que se dirigía a sus
hijos quizás de una manera más brusca, menos amorosa. Pero su príncipe los amaba, ella lo sabía y
por eso Ana era feliz.
Con todo aquello y a pesar de
que Ana notaba que él iba cambiando y volviéndose más parco y retraído, ella
continuaba prodigándole los mismos cuidados de siempre al príncipe y a sus
hijos, cuidándolos de la misma manera que lo hacía siempre sin dejar de caer su
ánimo; por el contrario, reforzaba sus sonrisas, sus atenciones para que nada
cambiara y para que el ambiente que los rodeara siempre fuera igual, si era
posible, más alegre, más luminoso y entonces Ana era feliz.
Un día cualquiera, el
príncipe llegó molesto, más cansado que otros días, casi cayéndose, caminando a
los tumbos, tirando cosas a su paso, sin prestar siquiera atención a uno de sus
hijos que dormía allí. Ana no entendía,
no era la primera vez que el príncipe llegaba tarde pero era el día que había
llegado más enojado. Sus ojos estaban
vidriosos, y su mirada perdida. La
princesa Ana no sabía cómo reaccionar.
Trato de darle su apoyo, ayudarlo a llegar a su cama, alcanzarle agua,
acompañarlo… pero él la miró de una manera en la que nunca lo había visto.
Pasaron los días y todo fue
volviendo de a poco a la normalidad. Los
niños preocupados por las tareas del colegio y Ana con ellos, siempre. Se esmeró para que el palacio luciera mejor
que nunca, cortando incluso unas flores de su jardín y adornando pequeñas
vasijas con ellas. No mencionó el
incidente ocurrido noches atrás, a pesar de que aquella mirada había quedado
impresa en su mente. Algunas noches
después, volvió a suceder aquello mismo, el príncipe llegó agotado del campo y
Ana notó el nerviosismo que la situación provocó en sus hijos, jamás habían visto a su padre así y se
asustaron. Ana trató de acompañarlos a
sus camas con la mayor tranquilidad que pudo sacar de sus adentros, sin
demostrarles a ellos su preocupación.
Volvió hacia el lugar donde se encontraba el príncipe y lo encontró
nuevamente con aquella mirada. Cuando
trató de acercársele, él simplemente la empujó contra una mesa y Ana quedó muy
quieta sólo observándolo. No atinó siquiera a pensar algo, o quizás si, su
mente era un remolino que no le permitía actuar, y se quedó inmóvil
observándolo. El nada dijo, sólo se marchó por el mismo lugar por el que había
entrado un rato antes.
Durante dos días nada se supo
del príncipe, aquello no era infrecuente, muchas veces había estado sin volver
a su hogar, pero a diferencia de esta ocasión, las veces anteriores siempre
enviaba a un mandadero con noticias suyas.
Ana se preocupó, quizás
demasiado, de todos modos trató de no transmitirle a sus hijos sus pensamientos. Y esa misma noche el príncipe volvió. La misma mirada fija en Ana, dura, triste,
desesperada. Los niños miraban asustados
a su padre, Ana siempre les había contado bonitos cuentos de hadas donde los
ogros tenían esa mirada que reconocieron en su padre. Sólo uno de ellos se atrevió a pararse frente
a su padre, el mayor. Y cuando sus ojos
se enfrentaron, algo hizo reaccionar al príncipe que le dio, sin decir nada,
tremendo golpe en la cara del joven. Ana se abalanzó sobre su hijo y trató de
protegerlo con su cuerpo. De nada valió.
El príncipe enajenado, golpeaba una y otra vez a su hijo, golpeándola a su vez a
ella. Los más pequeños no llegaban a
comprender qué era lo que estaba sucediendo y gritaban y lloraban, no podían
ver a su padre en aquel estado y no soportaban ver a su madre y a su hermano
mayor siendo golpeados por aquel hombre que supuestamente los amaba y siempre
los había tratado bien. Aquella
intensidad con la que siempre los había querido, parecía haberse convertido en
otra cosa, y su edad no les permitía entender lo sucedido.
Al ver que su esposo se había
quedado inmóvil, recostado sobre una pared, Ana sin dejar de abrazar a su hijo
mayor, cobijó a todos los niños entre sus brazos y los acompañó lentamente
hacia sus camas sin bajarle en ningún momento la mirada al príncipe que estaba
con la cabeza gacha, como avergonzado por lo sucedido. Una vez que sus hijos se calmaron, Ana les
comenzó a contar un bonito cuento acerca de una princesa de un reino remoto,
que había dejado a su familia un día para formar su propio reino, lejos…
En la sala de
audiencias del tribunal en lo criminal número 2 de la capital, los periodistas
y curiosos cuchicheaban a la espera del ingreso de los miembros del
tribunal. Los jueces eran tres, dos
hombres y una mujer. Se encontraban
también en la sala, los dos abogados
defensores, el fiscal y su equipo, funcionarios policiales, investigadores,
peritos forenses, y peritos psiquiátricos.
Los miembros del
tribunal ingresaron y comenzó a darse lectura de los hechos.
“El día 3 de
noviembre del año 2010 un vecino de la zona es encontrado muerto en su propia
cama en la villa 31 de Retiro de esta capital. La víctima, identificado como Carlos
Alberto Gomez, de cuarenta y cuatro años, fue hallado muerto sobre su cama, presumiblemente
herido mortalmente con arma blanca, con la cabeza sobre el pecho y con una
extraña mueca en la boca. La policía federal encontró sobre la mesa de noche un
cuchillo de cocina. La víctima no muestra signo alguno de tortura física y al
parecer no puso resistencia al ataque.
De acuerdo a los datos
recabados por las autoridades ministeriales se supo del encuentro del cadáver
del occiso, a las 8 de la mañana del 4 de noviembre, en su morada,
específicamente en la manzana 22, casilla 8 de la mencionada villa de
emergencia de esta capital”.
Ana miraba sin entender de
qué hablaban aquellas personas, sólo pensaba que hacía varios días o quizás
meses que no veía a sus hijos y tampoco al príncipe. No comprendía cómo, cuándo y quiénes la habían
sacado de su palacio. Observaba a aquellos desconocidos que la miraban. Algo había pasado, unas buenas personas iban
a verla siempre y le hacían preguntas que ella no sabía responder. La princesa sólo les hablaba de sus hijos y
de su príncipe, y nadie parecía comprenderle cuando les hablaba de lo bonito de
su hogar, con aquellas cascadas cuando llovía, de las hermosas ventanas por las
que ella veía a sus hijos jugar y pasar el otoño. Les explicaba que el otoño había pasado, por
el color que habían tomado las hojas de los árboles y que estaba llegando la
época que ella más disfrutaba cuando era pequeña, ya que sus padres, la
llevaban a un lugar muy bonito lleno de flores y lagos donde refrescarse y que
siempre había ansiado poder llevar a sus hijos a ese lugar donde había sido tan
feliz. Contaba a estas personas que la
visitaban las hazañas de aquel príncipe que la había enamorado hacía ya varios
años y el amor que se prodigaban entre ellos y a sus hijos.
La fría letra del
tribunal continuaba relatando lo que después la crónica periodística reflejaría
como “…los fiscales de la acusación y
los abogados de la defensa discreparon hoy sobre la credibilidad de uno de los
testigos presentados en el juicio oral por el asesinato de Carlos Alberto
Gomez. La situación se presentó al escuchar a tres personas, entre ellas un
vecino, convocados por las dudas surgidas tras la declaración de una testigo
que presentó la defensa de Ana Suárez, sindicada de ser la presunta autora del
crimen. El proceso ingresó en la fase final pero el tribunal decidió aclarar
las contradicciones de la señora María Elizabeth Vaca, testigo a favor de Ana
Suárez. Hoy, el abogado Máximo Etchepare confirmó que fue asesor de Elizabeth Vaca
y que ella firmó una retractación, en otro proceso, ante la Fiscalía. El
abogado dijo que la retractación fue voluntaria de parte de su cliente y que no
hubo presión de los fiscales. Con ello, los fiscales se mostraron satisfechos
porque la testigo de la defensa quedó mal parada. El abogado, Etchepare, se
quejó ante el tribunal porque la información constantemente “mostraba a su
defendida como culpable”, según dijo. También protestó porque el periodista
desobedeció una presunta orden del juez para no fotografiar a la acusada. Uno
de los jueces, Luis Coronel, aclaró que se había autorizado al periodista a
tomar gráficas con la prevención de que no se muestre a la sospechosa como si
fuera culpable, porque el juicio todavía no ha concluido. La detenida y hasta
ahora, presunta culpable Ana Suarez continúa sin declarar por consejo de su
abogado defensor.
El juicio oral
proseguirá mañana, cuando se volverá a escuchar a la testigo del entredicho".
¿Por qué no estarían sus
hijos con ella si jamás se habían separado? ¿Y donde estaría el príncipe? ¿Los
habría llevado quizás a un paseo? No, no, Ana borraba esa idea de su mente,
nunca se irían sin despedirse y avisarle que salían.
La perito especialista
en trabajo social subió al estrado y luego de los juramentos de rigor,
comenzaron los abogados a hacerle preguntas respecto de Ana Suarez, el occiso
Carlos Alberto Gomez y la constitución familiar.
La trabajadora
social describía la paupérrima situación económica de la familia desde que
habían llegado a la capital desde Chaco hacía ya varios años. La pobreza del hogar familiar era tal, que
permanentemente había rajaduras en los techos y las paredes hacían que el lugar
fuera prácticamente inhabitable, más aún habiendo niños. Describía la situación que se suscitaba los
días de lluvia con agua corriendo por los precarios pisos de la vivienda y
arrasando con los muebles y escasa ropa que se encuentran en la casa. Comentó, ante una pregunta del fiscal que el
día que el tribunal la envió a realizar la ambiental a la casilla que
pertenecía a la familia todo se encontraba limpio y ordenado a pesar de las
necesidades evidentes.
Ana miraba a esta señora que
no conocía y pensaba en lo bonito del colorido del agua de sus cascadas. Y
recordaba lo feliz que era en su palacio, esperanzada con ver pronto a sus hijos
y regresar a su hogar con su príncipe.
Comenzaron a subir al estrado
caras familiares para Ana, a las que miró con cariño y les sonrió. Esos rostros
la miraban con cierta tristeza y compasión que no llegaba a comprender. Las tres personas citadas por la defensa,
contaban los gestos de buena vecina de Ana, y que a pesar de ser una persona
retraída, coincidían en que siempre tenía una sonrisa en sus labios y un tímido
saludo hacia todos. Indicaron también,
que cualquiera fuera la época del año, ella acompañaba a sus hijos a la escuela
cercana al asentamiento y que siempre los veían de la mano, prolijos y muy bien
educados.
Respecto de su
esposo Carlos Alberto Gomez, indican que se lo veía poco por el asentamiento,
siempre realizando pequeños trabajos de albañilería o “changas” por la capital
pero que últimamente lo veían aún menos y se lamentaban de haberlo cruzado por
los corredores en estado de ebriedad y que, por dichos de otros vecinos,
conocían que el trabajo escaseaba mucho estos últimos meses y que eso, suponían,
podría haberlo convertido en “pendenciero”, bebiendo y buscando pelea por el
barrio.
¿Dónde estaría su príncipe?
Ana pensaba en lo que cocinaría para esperarlo, los ricos manjares que había
aprendido a preparar de pequeña y a él tanto le gustaban seguramente serían lo
más adecuado. Sobre todo porque tenía la
noción de que hacía ya varios días ella faltaba de su casa y estaba esperando,
según le habían explicado unas señoras, que aquellas personas decidieran cuando
podía volver.
Al día siguiente
tocó el turno de los testigos que la fiscalía había citado. Dos efectivos de la policía federal, que
fueron quienes intervinieron una vez que un adolescente, a la sazón, hijo de la
víctima, los había llamado al número de la central de emergencias. Refirieron los oficiales que encontraron al
hijo de la víctima muy serio frente a la casilla, rodeado de curiosos, pero sin
dejar que nadie ingresara a la vivienda.
Que una vez dentro
de la misma, encontraron el cadáver de Gomez y un cuchillo ensangrentado a su
lado. Unos metros más allá, ubicaron dos
camas compartidas por varios menores, cuatro indican, y una mujer sentada en el
piso con la cabeza apoyada en una de las camas. Que el adolescente les realizó
una seña con la cabeza, indicación que tomaron como una acusación y habiendo
tomado con los pertinentes cuidados el cuchillo encontrado en la morada para
ser enviado a peritar, se comunicaron
telefónicamente con la oficina de
trabajo social de capital federal y una vez realizado el mencionado trámite
procedieron a la detención de la ciudadana Ana Suarez.
El fiscal le
preguntó al primero de los policías si la acusada se había resistido a la
detención y que asimismo dijera si le constaba que la misma se había comportado
de forma violenta. El oficial contestó que la señora simplemente había besado a
cada uno de sus hijos y que de ningún modo, tenía el aspecto de una persona
agresiva. El segundo oficial agregó a la
misma cuestión, que la acusada parecía una persona muy tranquila y que las
pocas veces que había respondido a algunas de sus preguntas, lo había hecho en
forma correcta y con mucha delicadeza.
El abogado defensor
descartaría entonces la posibilidad de preguntar a los oficiales de la policía,
dando lugar el tribunal a que subieran al estrado los peritos psicológicos.
Ana trató de preguntarles a
aquellas personas que la acompañaban de qué estaban hablando, que ella sólo
deseaba volver a su casa con su familia, a lo que la abogada que acompañaba al
defensor le hizo una seña para silenciarla y darle a entender que después le
explicaría.
Pudo ver en ese momento a una
de esas señoras que venían por las tardes a charlar con ella a aquel lugar
donde se encontraba ahora alojada. La
Dra. Ramos, psiquiatra, comenzó a responder las preguntas que le hacía el
fiscal. Escuetamente respondió una a una las primeras preguntas que se le
hicieron:
FISCAL: Es uno de
los casos más raros de asesinato que ha acontecido últimamente en el país, esta
mujer estuvo, según su criterio, esperando la oportunidad para asesinar?
DRA. RAMOS: No, no lo creo en absoluto
FISCAL: ¿No
considera usted que debido a la saña con la actuó su acción fue premeditada?
DRA. RAMOS: En modo
alguno podría sostener que la acusada actuara con premeditación.
FISCAL: Y cómo
explica usted el ensañamiento?
DRA. RAMOS: Eso es
explicable desde el punto de vista del hartazgo de esta mujer hacia el maltrato
al que ha sido sometida y…
FISCAL: Ninguno de
los testigos ha hablado aquí de maltrato…
DRA. RAMOS: Es
verdad, este tipo de violencia intrafamiliar al que la acusada fue sometida
difícilmente tenga testigos.
El fiscal desiste de
seguir preguntando, por lo que el tribunal indica que sea el defensor el que
continúe.
DEFENSOR: Dra.
Ramos, ya nos ha dicho que cree que la acusada es incapaz de actuar con
premeditación, ¿verdad?
DRA. RAMOS: No lo
podría sostener.
DEFENSOR: ¿Podría
decirle a este tribunal qué cree usted qué sucedió?
DRA. RAMOS: De
acuerdo a lo conversado en las sesiones que este tribunal me ordenara tener con
la acusada, podría decir, casi sin temor a equivocarme, que Ana Suarez no
alcanza a comprender lo sucedido el día del hecho. Sólo recuerda dormir junto a
sus hijos y que fue despertada por personas desconocidas que la tomaron de los
brazos, la subieron a un auto, y la condujeron a una dependencia policial.
DEFENSOR: Pero
doctora, reitero mi pregunta, ¿qué cree usted que sucedió?
DRA. RAMOS: Los
elementos que he recabado en mis conversaciones con la Sra. Suarez no me
permiten explicar qué fue lo sucedido, simplemente me limito a observar. Por lo
hablado con la acusada, he observado que me habla con mucho amor de sus hijos,
relata las comodidades de su casa y las bondades de su esposo, a quien llama ´el
príncipe´.
DEFENSOR: Entonces,
¿por qué mencionó usted en su relato hacia el fiscal, la posibilidad de
violencia intrafamiliar a la que Ana se encontraría sometida?.
DRA. RAMOS:
Claramente, no es mi especialidad, pero algunos estudios neurológicos
realizados podrían indicar que algunas personas, en este caso la señora Suarez,
encontrándose sometidas a enormes presiones y maltratos de parte de las
personas que más aman, decidirían inconscientemente, crearse una realidad que
se podría llamar paralela, donde todo lo que realmente sucede no existe y ellas
viven en otra realidad, sin dejar de realizar sus actos más cotidianos, pero
siempre dentro de esa realidad que su mente creó.
DEFENSOR: ¿Pero por
qué debería la acusada haberse creado esta realidad paralela?
DRA. RAMOS: Como le
dije al principio, no es mi especialidad, de todos modos creo, habiendo
conversado varias veces con la acusada no ha demostrado ningún tipo de
remordimiento por lo hecho, pero a la vez no habiendo encontrado en ella el
menor rastro de maldad, creo suponer que no tiene real dimensión de lo
sucedido. Todo el tiempo me ha preguntado por sus hijos y su esposo, pidiendo
volver con ellos
El defensor decidió no hacer
más preguntas.
Así transcurrieron los
siguientes días en la sala del juzgado. Ana seguía mirando a todas aquellas
personas que por allí pasaban y hablaban de una mujer que había asesinado a su
esposo.
Ana no comprendía, pero se
compadecía de aquella mujer que había llegado a tal extremo, se preguntaba así
misma, sin obtener respuesta alguna, qué podía ser lo que habría ocurrido con aquella
persona, y a aquella familia.
Continuaba extrañando mucho a
sus hijos y a su príncipe. Preguntaba
constantemente por ellos y nadie le daba explicaciones que la conformaran.
Cuatro días después vinieron
nuevamente a buscarla aquellas señoras amables que la llevaban a la sala
diariamente, donde Ana había granjeado simpatías de parte de los custodios y
oficiales que allí trabajaban, siempre educada, y con una tímida sonrisa
saludaba a cada uno de ellos. Hasta con las señoras que se ocupaban del mantenimiento
del lugar había estado alguna tarde, mientras esperaba la orden para entrar,
hablando acerca de sus hijos y les preguntó, incluso, por los hijos de estas
empleadas.
Aquel día entonces, después
que todos tomaron asiento en el lugar, el secretario del juzgado procedió a
leer una gran cantidad de páginas que tenía en su mano. Ana escuchó que la nombraban y también
mencionaban el nombre del príncipe y comenzó a prestar especial atención.
…dicho esto, según
los peritos actuantes en este caso… cabe destacar que la aquí acusada Ana
Suarez ha creado una realidad paralela… siendo así la manera que su psiquis
encontró de mantenerse fuera de una realidad que le es esquiva…
Continuaba leyendo: …era
permanentemente golpeada por el occiso Gomez… en una habitación construída con unas
chapas y algunas maderas, donde permanentemente el frío y el agua hacen que el
mismo sea un lugar inhabitable…
el día de los hechos...el
occiso, agredió a los niños en forma brutal… la señora Suarez tomó un cuchillo
que se encontraba en la parte de la habitación que se utilizaba para cocinar…
atestó tres puñaladas, siendo la primera de ellas mortal…
…conviniendo los
jueces intervinientes declarar inimputable…
…Por lo tanto, este
tribunal dictamina que dado el estado mental de la señora Ana Suarez será
atendida para su mejor contención y tratamiento en un hospital neuropsiquiátrico…
Las mismas personas que
habían acompañado a Ana durante todo este tiempo, ocupándose de sus traslados,
la acompañaron a la salida de la sala, y ayudaron a subir a un móvil policial en
el que fue llevada a un edificio grande, pintado de blanco, con grandes
habitaciones y parque.
Se encontraban muchas mujeres
que Ana veía que hablaban solas, otras eran ayudadas a caminar. Se escuchaban gritos a lo lejos.
Fue conducida a un pabellón
con otras mujeres. Se encontraba diariamente con una de las profesionales que
había visto durante el período que había durado el juicio. Ana la apreciaba y se sentía cómoda con ella
y con las demás mujeres del lugar.
A todas ellas les contaba lo
bonita que era su casa y lo maravillosa que era su familia.
Un día le anunciaron que
tenía visitas, se iluminó su cara y siguió apresuradamente a la enfermera.
Cuando llegó a la salita de
visitas se encontró con su hijo, el mayor, aquel que le hizo frente a su padre
el día que cambiaría el destino de todos.
Se abrazaron, quedaron en
silencio unos minutos y ella comenzó a preguntarle por sus hermanos, a lo que
el joven respondía que estaban bien, que estaban bien cuidados y que pronto los
volvería a ver, cuando se sintiera mejor. Unas lágrimas corrían por las mejillas de Ana
pensando en la posibilidad de estar junto a sus niños. Trató de recomponerse y
preguntó entonces por el príncipe, su esposo.
Una sombra apareció en la cara de su hijo. Un silencio que duró instantes
y pareció eterno. Su hijo respondió: “Está bien donde está…”
Ana dudó, lo miró fijamente y
le dijo: “¿alguna vez te conté la historia de la princesa que dejó el reino de
sus padres para formar su propio reino con un príncipe de ojos azules?...”
Y Ana volvió a ser feliz.
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