LA MUJER DEL GOBERNADOR
¿Ya te vas a acostar? ¿No
tenés que contestar ningún mensajito más? ¿No querés llamar a alguien más? No
querido, ya sé que es año nuevo y que tus obligaciones como gobernador son las
de saludar a todo el mundo. Si, ya sé, eso incluye a tus amigas ¿no? No, no
tomé demasiado, tomé lo necesario para poder aguantar que un 31 de diciembre te
levantes cien veces de la mesa mientras cumplo con mi papel de andar
cubriéndote. ¿Acaso crees que porque desde
hace veinte días sos gobernador, te convertiste en Dios, infeliz? Y que me importa
si la custodia escucha, qué van a venir a decirme, soy la esposa del
gobernador.
Treinta años esperando esto.
Treinta años pasando de todo para que vos hicieras “carrera”, “carrera” es otra
cosa. Carrera hace un juez, un médico; vos trepaste, todos estos años, eso
hiciste, pisaste cabezas incluyendo la mía, y la boluda cumplió su papelito de
adorno. Bancando la casa, los chicos, los parientes, mientras vos “hacías lo
mejor para la provincia”, ni vos te lo crees, inútil...
Cuando te conocí, eras un
tipo con ideales, realmente pensabas que algo podía cambiar, estabas convencido
que con la democracia todo cambiaba. La
habías pasado mal con los milicos.
Llorabas cuando me contabas que te habías apenas, escapado una vez.
Yo esperaba, y
perdonaba. Por mí acostate, no me
importa nada de lo que vos hagas. Me importaba antes. Lloré la primera vez que
supe que estabas con otra. Embarazada, lloraba y perdonaba. Si quiero sigo tomando, no ves que estoy
brindando, un año nuevo comienza, no vas a ser vos justo quién me diga que
tengo que hacer ahora. Esos tiempos ya pasaron.
El cuento de las presiones y la necesidad de desahogarte ya está. A mi
no… ya las pasé. Hace mucho que no te
creo, desde esa primera vez, me hiciste tantas. Vivimos en una provincia chica,
querido, todo se sabe. Todos sabían que
yo era la cornuda mujer del diputado. Vos crees que no me contaban de tus
amorcitos en Buenos Aires. Las pocas
veces que necesitaste que te acompañara a la cámara o a las cenas, vi las
miradas de los otros. Y aguanté y aguanté...
El adorno que compraste para figurar como el gran marido, te
respondió. Todas y cada una de las
veces. Puse cara de esposa amada y sonreí, bailé con vos, saludé a cada uno de
los que me presentaste.
Lo mismo que el día que
asumiste. Me quedó la mandíbula doliendo
de tanto sonreir. Cumplí querido,
cumplí.
Hoy lo que estoy es harta,
cansada. Cuando me dijiste que a la cena
del 31 venían tus colaboradores más cercanos ¿qué hice? Preparé la comida,
encargué el catering, contraté a los mozos.
Cumplí con mi rol ¿no era eso lo que querías? Estuviste prolijito ¿no? ¿Invitaste
a todos los casados? No, tomo todas las pastillas que quiero. A mi ya no me das
ordenes. Así por lo menos voy a poder dormir. Ya ni duermo. No, que te vas a
dar cuenta. No me vengas con el cuento
de la gobernación. Todos sabemos que lo máximo que te quedas es hasta las
nueve. Acá no apareces hasta las seis de la mañana, ni la decencia de bañarte
tenés. Llegás a los tumbos y todo
desarreglado. Sos una basura.
Y encima te ponés a mandarle
mensajes a la mina delante de los chicos, ya perdiste todo sentido vos. Crees
que no te veo la sonrisita. ¿Qué quilombo puede haber en la provincia un 31 a
la noche? ¿alguno que se le fue la mano con la pirotecnia?
Te acordás cuando recién nos
casamos, apenas te habías recibido y ayudabas a la gente de La Ollita que no
podía pagarte ¿Por qué no habremos seguido así? A veces tomábamos sopa a la
noche porque no alcanzaba para más. Y vos querías ayudarlos igual. Una vez fuiste a cobrar una cuenta a Las
Grutas y me quedé todo el día esperando porque con esa plata íbamos a poder
pagar un montón de cuentas atrasadas; vos llegaste a casa con una bolsa de arpillera
y una gallina enorme. “No tenían con qué
pagarme”, me dijiste. Yo miraba la
gallina y empezamos a reírnos de la ridícula situación. La pasábamos bien en esa época, no te habías
contaminado todavía, nos reímos durante las cuatro horas que nos llevó hervir
la gallina. Y comimos puchero de
gallina, salpicón de gallina y sopa de gallina durante una semana. No necesitábamos más, por lo menos yo
no. Vos, a esta altura, no sé.
No, no me acuesto nada y vos
te quedás ahí, una vez en tu puta vida me vas a escuchar. Me acordaba del día que me hiciste ir al
cumpleaños del intendente de Cipolleti ¿sabes? No te das vuelta, ahora me
escuchás. Todo muy lindo ¿no? En el jockey y vos te desapareciste, ¿te acordás?
Te fuiste a coger a la rubia esa al baño. Y yo seguí sentada ahí, sonriendo y
tratando de seguirle la conversación a la mujer de Almada. La rubia salió del baño arreglándose la ropa,
recién retocado el maquillaje, la boca roja y pasó a mi lado mirándome,
sabiendo que yo sabía. Y yo seguí sonriendo y escuchando a la mujer de Almada.
Vos apareciste a los minutos, con la corbata floja y oliendo a One ¿creíste que
porque era unisex no me iba a dar cuenta? Si dabas asco, saludando a los que te
cruzabas con cara de recién cogido. ¿Y
los fines de semana que te quedabas en Buenos Aires? ¿Qué me ibas a decir? ¿que
trabajabas? Siempre lo supe, pero te esperé, te esperé. Veinte años deseando
ser gobernador. Se cumplió nomás, te eligieron. Me mostraste durante toda la
campaña, me hiciste participar en cuanto acto hubo, me alzabas la mano al final
de cada discurso. Respondías en los reportajes que habías llegado acá gracias a
que tu compañera de toda la vida te apoyaba. Si alguien te apoyaba, justo, no
era yo. Solamente estaba esperando el momento justo. ¿Cuánto hace que no me
tocás, cinco años, seis? Claro, la culpa
la tienen las pastillitas para la presión que tomás ¿no? Pero con las otras
siempre podes ¿no? Conmigo no podés, basura. Muchas veces pensé en meterte los
cuernos ¿sabés? Escúchame cuando te hablo. Hoy me vas a escuchar. Yo tomo lo
que quiero. ¿O acaso yo le dije al señor Gobernador que dejara de tomar?
Brindabas y brindabas. Y cada vez que leías
los mensajes que te llegaban al teléfono, brindabas más. ¡No te atrevas a
tocarme! No tenés ningún derecho.
Quedate quietito ahí, aunque grites los chicos de la custodia no van a venir. Están acostumbrados a escuchar tus gritos. No
se van a sorprender. Además la generosa de la mujer del gobernador les llevó
unas botellitas de regalo para que ellos también festejen. Estás solo en esta, querido. ¿Cómo no pudiste
aguantar con los mensajitos, te levantaste a hablar por teléfono con la mina, o
las minas? ¿Hay más de una ahora? A la
que nombraste directora de asuntos sin importancia ni bien asumiste ¿a esa
también le metes los cuernos? Sos un
pobre tipo, no vales nada.
Mirá lo que conseguí. ¿Te
gusta? ¿sabés qué? los muchachos, tus custodios me la consiguieron. Era fácil
decirles que la quería por las dudas, por seguridad, para protegerme. Acaso
creíste que por ser un cagador toda la vida y rodearte de cagadores, ahora que
sos gobernador te iban a ser leales. Mirá como brilla, calibre veinticinco,
chiquita, maleable, liviana, fácil de manejar por una frágil señora ama de
casa. Hasta me enseñaron a cargarla. Una vieja pistola de cuatro tiros, cuatro
cañitos con una bala cada uno y un solo gatillo. Cargada me la dieron. No, no dejo nada. Me gusta sentirla en la
mano. Vos si que sabes como se siente ¿no?
Cuántas veces pusiste el revolver en el cajón de tu escritorio, ¿cuántas veces
lo pusiste sobre la mesa en las reuniones con los de los gremios? Era tu manera de demostrar quien mandaba ¿y
ahora entonces? Acá soy yo la que manda.
Hace tiempo que la
tengo. Desde que la conseguí, sabía que
en algún momento iba a usarla. Tal vez
para tirarle a las cubiertas del auto para que chocaras acá nomás, tal vez te
quebraras algo y tuvieras que trabajar desde casa. Podíamos volver a sentirnos como antes. Armar entre los dos ese proyecto de las
casitas para la gente de La Ollita.
No te muevas ¿crees que no
soy capaz de tirarte? Movete y te
disparo. ¿Te da miedo? Si, estoy loca ¿y
qué? El psiquiatra dice que tengo una “particular manera de vincularme”, eso
significa que estoy loca. Si él se
hubiera tenido que vincular con un tipo como vos, seguro estaría igual. Si,
estoy loca, harta, pasada de aguantar tus humillaciones, cansada de vestir esos
trajecitos y sonreir para que vos llegaras. ¿Y ahora? ¿Ahora que llegaste qué?
Veinte días hace que asumiste y tu mujercita te apunta a la cabeza. ¿Te gusta? Porque a mi si. Me estás haciendo
gozar como nunca lo hiciste en la cama, gozo viendo tu cara de terror. ¿No me
creías capaz? No te imaginas lo que ha sido aguantar todos estos años. Si hasta me enteré que te tirabas a las
maquilladoras del canal cuando te teñian el bigote manchado por el cigarrillo:
“¡Qué divertido el diputado!” llegaste a
cogerte a tu compañerita de banca, la tucumana que no tuvo el menor desparpajo
en contar en un reportaje que eras el diputado más seductor. Quedate quieto, mirá donde tengo el dedito,
basura. Y yo leyendo lo que la señora diputada decía en esos reportajes
pelotudos, “descontracturados” les dicen ahora.
Mirá si te viera ahora, cagado hasta las patas. Faltaba que la tucumana dijera que durante la
semana vivían juntos. Cuando tantas
veces te negaste a que viajara a Buenos Aires a conocer el departamento,
sospeché y no era tan difícil averiguarlo.
Pero yo no quería saber, prefería la ignorancia y la fantasía de que
todo estaba bien. Y un viernes llegaste
del aeropuerto, desarmaste la valija y dejaste los trajes acá, sobre esta
cama. Saqué los papeles de los bolsillos
y te juro que no quería revisarlos pero la tentación fue más fuerte. Y había un recibo de un sofá, ¿cuándo
compraste un sofá para nuestra casa?
Tenía fecha de ese día. Lo
compraste antes de tomar el avión. Llamé
por teléfono al departamento y me hice pasar por una empleada de la mueblería.
Me atendió ella y me dio todas las indicaciones para que lo enviaran. Me dijo que si no estaba ella, estabas vos. ¿Te das cuenta? ¿Sabés lo que sentí? Rabia,
odio, bronca, ganas de matarla. ¿Pero
por qué a ella? Si también a ella la engañabas, ¿qué le decías? ¿Que me ibas a
dejar? ¿Que se iban a casar? ¿Viste que yo no era tan estúpida como vos
creíste?
Gritá si querés, ya te dije,
nadie va a venir. La mucama y el chofer
se fueron a saludar a sus familias. Olvidate, estás solito esta vez. Todos tus alcahuetes no te rodean…viste, te
dije que no te acercaras. Esta vez el
tiro fue para el cuadro pero me quedan tres y son para vos. Con uno sólo se
acaba todo.
Esperé. Si algo aprendí con vos fue a esperar. Y a
ser paciente. A veces pensé en matar a
la tucumana, a las maquilladoras, a la directora nueva, a la rubia de
Cipolletti, a tus secretarias. ¿Pero
cuando iba a terminar? ¿cuánto ibas a tardar en encontrar a otra? Lo mejor era
terminar con vos. Muerto el perro, afuera la rabia.
Así de simple y así de
fácil. Total ¿qué me va a pasar? Un tiempito en un psiquiátrico… vamos querido,
sabes como son las cosas. Emoción violenta. Celos patológicos. ¿Inconciencia
por tóxicos? Quizás. Tus alcahuetes me van a cubrir ¿sabes por qué? Para
cubrirte a vos, para que no salgan a la luz todos tus chanchullos. ¿No te
gustaría ahora mandar un mensaje? ¿A ver que le pusiste? “Pese a todo, te
extraño”, pese a qué ¿no querés contarme? ¿Querés mandar otro? No, igual se va a enterar por los diarios,
discutimos, forcejeamos, apareció un arma, quise detenerte y se escaparon unos
tiros, y uno te mató. Cuando llame a los
custodios, cuando yo grite, voy a estar sentada en ese rincón llorando y en
shock ¿ves? No era tan difícil. Y esperé, esperé a que asumieras como
gobernador para que te hagan las honras correspondientes. Eso te gusta ¿no? Te
dije que no te movieras, ahora ya ni pie te quedó. Llorá, fíjate cómo vas empalideciendo.
Por lo único que me apeno,
es porque quizás ahora que finalmente sos gobernador, podrías llegar a cumplir
con algunos de esos sueños que tenías antes de que empezaras a trepar. Soñaste con el hospital público, donde los
chinitos pudieran atenderse sin tener que ir a las tres de la mañana a
esperar. Y que hubiera un trabajo para
cada uno de los padres de esos chinitos.
Pero mi pena llega hasta ahí, es un sueño que dejaste hace tiempo,
cuando las luces te marearon. Y las
mujeres sólo te ayudaban a sentirte más fuerte, más importante.
Seguí rogando. Pedime por
favor que no te mate. No vas a tener suerte esta vez. Me quedan dos tiros. Que feo que se siente que
se rían en tu propia cara. Mirame, mirame bien, quiero que tengas los ojos bien
abiertos ¿te das cuenta lo que sentía yo todas esas veces? Las que supe y las
que no, las que me imaginé mientras estabas en tu banca en el congreso y cuando
venías acá y seguías haciendo lo mismo.
Estas perdiendo mucha sangre. Si te dejo así, probablemente no llegues a la
mañana. Te vería irte de a poco, pero no
se si sufrirías lo suficiente. Tal vez
te fueras durmiendo. Pero ¿sabes qué? No
me sirve.
No imaginaba que justo este
31 de diciembre te iba a matar. Es tanta
la tristeza. Tanto el dolor. Tanta la vergüenza, la rabia, el odio que
sentí con ese último mensaje que mandaste.
Ese mensaje de mierda, enviado por vos que sos más mierda que todo lo
otro junto.
Las imágenes que aparecían
cada vez que me despertaba y no estabas.
Si deberían considerarme inocente nada más que por hacer justicia. Imaginate
cuando hablen con mi psiquiatra y le cuente todas las sesiones en las que
lloraba y lloraba desconsolada por tu maltrato, por tu desamor, por los
cuernos. Y mis amigas, ¿que van a decir? que eras un hijo de puta, cagador ¿te
duele? Qué pena me da, el recientemente asumido gobernador, humillándose,
suplicando, qué patético sos.
Por lo menos, esperé a que
ganaras las elecciones y que asumieras.
Así los titulares te honran diciendo “murió el gobernador” y no apenas
dos columnas en la página siete de Clarín, “En confuso episodio fallece un
diputado nacional”, y tu nombre recién aparece en la tercera línea. La noticia va a durar bastante tiempo. Eso te hubiera gustado, toda la atención
puesta en el gobernador.
Yo te rogué, te supliqué
durante años un poco de atención y ¿vos que hiciste? Nada. Por eso ahora todo se te acabó.
Ahí fueron los dos tiros que
quedaban, a la cabeza. ¿Viste que era sencillo? Ahora miro sin ver, salgo al
pasillo, corro hacia la puerta y voy hacia la garita gritando. Se acabó.
Te esperé, te esperé y vos
no supiste darte cuenta.
Te voy a extrañar. Tengo sesenta años. Soy vieja ya.
Viví para vos. Y vos te moris por
mí.
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