Yo lo quiero mucho a mi marido, pero en cualquier momento lo
mato. ¿Sabe qué, señora?, me tiene podrida, la otra noche me dio una paliza que
casi me mata, diga que las chicas estaban durmiendo y no se enteraron. Pero
esta vez se pasó, me dio unos golpes que retumbaron por las chapas, ¿pero sabe
qué señora? no se la llevó de encima, le revoleé con una olla llena de arroz
que había preparado para cenar. No sabe lo que pesaba. Le dio en el hombro de
lleno, ¡pegó un grito el muy animal! Se lo tenía merecido. Le digo señora, yo
lo quiero mucho, pero un día de estos lo voy a matar. Después vino a hacerse el buenito como
siempre. Que no lo va a hacer más, que él me quiere, que el problema soy yo, ¿y
sabe qué? Un poco de razón tiene, yo lo saco de las casillas. Lo que pasa
señora, le voy a contar si tiene tiempo,
él toma, y bueno, pobre, no tiene la culpa, el padre era igual, también
tenía mala bebida, a mi me lo dijo mi suegra, y era la misma historia, por
suerte el diablo se lo llevó antes de tiempo, tenía el hígado hecho bolsa, y mi
suegra lo lloró pero parece que empezó a vivir tranquila, hasta un novio tiene
la vieja ahora, un viudo que conoció en el club de jubilados. Y la otra vez en el hospital, una señora, que
me encontré temprano, como a las cinco de la mañana cuando fui a sacar turno
para el pediatra de las nenas, tenía el mismo problema, y charlando, charlando,
entramos en confidencia, ¿vio? Y me contó que el marido de ella también le daba
al trago y después le pegaba y a veces les daba también a los hijos, chicos
grandes ya, que le devolvían las piñas. Imagínese señora, ¡qué tremendo, pobre
mujer! Y yo le conté lo mío y la mujer me dijo que eso era hereditario, ¿vio
que en la televisión siempre hablan de eso? y ella me decía que si el padre era
borracho, el hijo le salía igual. Yo tengo miedo que eso se los haya pasado a
las chicas, es más, a veces me privo yo de tomar una fresita cuando hace calor
para que las chicas no me pidan, porque vio que es dulce y los chicos piden y
yo no les quiero dar por si les da el vicio a ellas. ¿Sabe que pasa?, yo lo quiero mucho a mi
marido, pero un día lo voy a matar.
A veces, está buenito y me viene de atrás y qué quiere que le
diga, señora, a mi me dan ganas de volver a cuando éramos novios. A mi me gusta cuando se pone así como
romántico y yo, ¿vio?, es el único hombre que conocí, y a mí, señora, perdóneme,
pero me dan ganas, entonces, me trata bien y nos acostamos a hacer una siesta
cuando las chicas duermen o están en el fondo en la piletita. Pero después sale y vuelve a tomar y viene hecho
una furia y otra vez me pega. Yo lo
entiendo, porque le reclamo cuando llega y entonces lo pongo nervioso y me da
unos bifes. A mi no me gusta que lo haga
delante de las nenas porque ellas absorben todo, y se quedan quietitas mirando
y la otra vez la más grande le gritó que no me pegara más y casi le da a ella
también, entonces yo las mandé para la pieza.
¿Sabe qué pasa?, él es carnicero y se cree que yo no sé que se hace el
vivo con las clientas, “¿Cómo le gusta la nalga?” Le dijo la otra vez a una, ¿vio
que el barrio está lleno de busconas? y yo lo vi, estaba atrás, porque justo le
había ido a pedir unos pesos y lo escuché cuando por lo bajo le decía “yo se
bien como le gusta la nalga a usted”. Ese día no sabe la que se armó, lo agarré
cuando llegó y le dije que bien que le gustaban las putas esas, señora, discúlpeme,
con respeto se lo digo, pero vio que hay mujeres para todo. Y en mi barrio hay
muchas de esas. Y entonces lo esperé,
cuando llegó ese día, venía contento, claro, seguro que había pasado para
adentro a la de la nalga, y lo agarré con el palo del escobillón, pero claro,
imagínese, míreme a mí, yo soy petisita y él, es muy alto y tanto andar con las
reses desde hace veinte años, mi marido es un hombre fuerte, si usted le viera
los brazos que tiene, me sacó el palo y me dio una trompada que el ojo se me
puso todo rojo , pero claro imagínese, cómo no se va a poner así si yo lo
esperé con el palo. Tengo que empezar a
controlar este carácter mío, porque ya le digo señora yo lo quiero mucho a mi
marido, pero un día lo voy a matar.
Mire lo que me ha hecho señora, veníamos bien, hacía como una
semana que no tomaba, bah, no sé, parecía por lo menos, pero estábamos comiendo
un guiso una noche y yo me había olvidado de ponerle sal, me había salido medio
soso, ¿vio cuando no tiene mucho gusto? y se calentó, pero claro, razón tenía,
no es lo mismo una vez que está cocinado ponerle sal, que ir cocinándolo con la
sal de a poco, se va chupando el guiso, yo también no se en qué estaba pensando
que me olvidé y se puso loco “Siempre la misma vos, andá a saber adonde tenés
la cabeza, si sos estúpida, te andarás viendo con alguno seguro” Imagínese
señora, a esta altura. Si yo a veces pienso, si me separo de mi marido tengo
que empezar a buscar otro, vea, no sé ni cómo se hace, yo nunca le falté a mi
marido, que como le digo, yo lo quiero pero en cualquier momento lo mato. Yo me junté con él cuando tenía 16 años
apenas, y porque mi mamá me insistió, gracias
a Dios, alcancé a terminar la secundaria, ¿todo para qué? para terminar
fregando pisos como una burra para unas patronas gordas y haraganas. No lo digo por usted señora, no vaya a
pensar, es que a veces me toca cada patrona que ni le quiero contar.
Y como le decía, mi marido que hacía como una semana no
tomaba, me dio flor de paliza, para mí no estaba tomado, pero yo no sé, ¿eso le
irá quedando en el cuerpo? Si usted
supiera las cosas que yo he hecho para que deje la bebida, he ido a la iglesia,
a los pastores, a una mujer que vive por casa y le hemos hecho trabajos con
plumas de gallo muerto, para que deje, pero nada, el muy inmundo le sigue dando
al pico. Nada, seguimos igual. Yo pensaba el otro día, mis hijas mayores
son lindas, con lindo cuerpo, mire si me encuentro otro marido que me toca las
nenas… porque mi marido será lo que
será, pero a las nenas las respeta, cada tanto una paliza, pero también a estas
se les da por estar de novias y desaparecen por ahí; si yo me doy cuenta, las
cubro como puedo, pero la otra vez, la mayor volvía a los besos con el novio y
en la esquina mi marido la pescó justo, la llevó a patadas en el culo de la
esquina hasta la casa. Pobrecita, quedó marcadita, pero bueno, yo le digo que
ya sabe como es él, que no lo provoque haciendo esas cosas. A veces también las chicas tienen sus
caprichos y él tiene ese carácter y toma tanto. A veces no sé cómo hace para
mantenerse en pie en la carnicería, le dije que es carnicero, ¿no? Pero no le
afloja, y encima en pedo y todo, se hace el lindo con las clientas, que también
son unas, vea. Aunque no se, le digo,
por ahí si pierde la mano le mejora el carácter ese podrido que tiene y con una
mano menos vaya a saber si me puede seguir fajando. Con respeto le digo, pero es muy hijo de
puta. Mi mamá me decía la otra vez
“tenés que aguantar Cari, al marido hay que seguirlo y esas son cosas que
pasan. Tu padre, Dios lo tenga en la gloria, también era medio mano larga pero
ni una noche faltó de casa, más de una cachetada no me daba, pero siempre acá
conmigo, hasta el último día de su vida, 41 años juntos Cari y aunque a veces
se le iba la mano y tenía sus asuntos, yo siempre supe entender que para
algunas cosas estamos las legítimas y para otras las putas, eso es así”. Está bien que yo, legítima, legítima, no soy,
porque estoy juntada, pero es como si lo fuera.
Yo entiendo lo que usted me pregunta, y sabe las veces que
fui a hacer la denuncia, pero las yeguas de las milicas, se reían y me decían
“gordita, ¿y vos que le hiciste?”, y ni le digo, la vez que no tengo mejor idea
que contarle a la milica que me atendía, que yo le había tirado con una cacerola,
“ah ves, que vos también le das a tu marido, después no te quejes”, me dijo. Claro, como total ellas están armadas, los
maridos no las deben tocar, aunque no sé, bastante atorrantas son las milicas
dicen, ahí, cuando están de guardia. Si
a mi, mi marido me ha contado de una que va a la carnicería que tiene sus
historias, pero bueno, una no va a andar metiéndose en la vida de las demás, ¿no? Y después me cansé de ir y de contar siempre
la misma historia, andar mostrando los ojos en compota y que no me den bola, y
me cansé, no fui más. Justo fue cuando él me dijo que iba a cambiar, que estaba
arrepentido, que me iba a empezar a dar plata, para que a mí y a las nenas no
nos faltara nada, y que si no lo ponía nervioso no me iba a pegar, es más, me
prometió no pegarle a las nenas. Sabe
que, empezó a ir con los pastores, los que cantan ¿vio? Y andaba fresco
incluso, tranquilo, se le había dado por bendecir la mesa y todo, las chicas
más grandes medio que se le reían y yo les hacía caras para que se
callaran. Y así anduvo más o menos una
semana, y una noche empezó con eso de bendecir y la nena se le rio, voló todo,
la mesa, los platos, que rezo ni rezo, ni Cristo nos salvó ese día, qué paliza
nos dio a todas, pero imagínese también, esta borrega faltarle el respeto así
al padre.
En esa mi marido tuvo razón,
estaba haciendo un esfuerzo para no empinar, para no pegarnos y viene la chica
y se le ríe. En eso tenía razón él.
Para colmo de males, en el barrio se sabe todo y cuando
algunos se andaban riendo porque había empezado a ir a los pastores, yo lo defendía,
diciendo que había encontrado el camino de Cristo, ¡pobre Cristo, en la que
terminó metido! Son muy chusmas los vecinos, nosotros, ¿vio?, una vez que
estábamos a los gritos con mi marido y él me tenía agarrada de los pelos, no va
que viene el de enfrente a defenderme, el muy metido. La ligó también, una trompada que le hizo
saltar un diente. Y encima mi marido me
decía “vos lo conoces al coso este, ¿este es el que te coje?” y yo los miraba a
los dos y le contestaba “yo no lo conozco a este coso, no sé que mierda se
mete”, porque señora, hay cada comedido también... así que el vecino se fue, igual,
al tiempo se fueron del barrio, y yo una hora tratándole de explicar a mi marido
que yo ni lo conocía a ese. ¡Qué golpes
me dio ese día!, me tenía de los pelos, me metía la cabeza en el inodoro, me la
sacaba y a las patadas en la cara, sabe que tuve que ir al hospital ese día, me
dieron tres puntos, ve, acá se ven, en el ojo, ¿los ve? Sabe que el doctorcito
de la guardia quería hacer la denuncia con el milico que está en la puerta, yo le
decía que no y él insistía, insistía, menos mal que después le cayó un
accidentado y se tuvo que ir y cuando se descuidó me fui, mire si todavía a él,
por ser doctor, le daban bola y caía la cana en mi casa. La paliza que me podía
haber dado por andar con cuentos por ahí.
Ese día fue brava le digo. No
pude ir a trabajar por una semana, no sabe cómo me había quedado la cara, y los
huesos ni le digo, no podía ni moverme de la pateadura que me había dado. Diga que no estaban las chicas en ese
momento, si no, no sé lo que podría haber pasado. Porque yo a mi marido lo quiero mucho, pero
un día lo voy a matar.
Yo creo, que lo mejor es contarlo, aunque sean cosas muy
íntimas, ¿vio? Porque yo tengo miedo a veces, y me parece que lo mejor es
contárselo a personas de confianza, porque si algún día el muy hijo de su madre
me mata o le hace algo a las nenas, no se va a poder esconder así nomás, ¿vio?
A veces me imagino cosas, es como dice mi marido, estoy medio
loca yo. Sabe que cuando me pega mucho,
me imagino que agarro uno de los cuchillos de la carnicería, lo afilo bien con
la chaira y se lo clavo en la espalda cuando duerme la mamúa. Y sale sangre y sale y sale y él nunca se da
cuenta porque con las mamúas que se agarra no se va a despertar por más
cuchillos que le clave. Pienso en probar diferentes cuchillas, la chiquita para
deshuesar pollos, la de las milanesas, esa misma que usa para la nalga, la
grandota esa para los churrascos, otra finita y larga con la que pinchan las
medias reses. Locuras mías ¿vio? En el pensamiento no me controlo y así, mientras
me faja, yo pienso en los cuchillos y me duele menos. Es como él dice, estoy
loca. ¿Pero sabe qué? No puedo dejar a las nenas sin padre, porque será lo que
será pero es el padre, qué le vamos a hacer.
Y las nenas también, a veces se pasan, ¿sabe que hicieron las más
grandes una vez? por mi barrio hay un comedor al que algunas veces vienen unos
abogados, y unos doctores, el caso es que una día vinieron unas doctoras,
jóvenes, macanudas, a dar una charla sobre enfermedades sexuales y a
explicarles a los chicos de esa edad como tenían que hacer para cuidarse de los
embarazos y del bicho. A estas
inconscientes no les ocurrió mejor idea que ir a chusmear, y justo una de las
clientas de mi marido las vió y le fue con el cuento. El desparramo que se armó, apareció él, a los
gritos, con el delantal todo lleno de sangre de andar despostando, les dijo de
todo a las doctoras y las agarró a estas dos y se las llevó de los pelos para
la casa. ¡Pero también a estas cómo se les ocurre semejante cosa! Y después me
la dio a mi, yo le explicaba que ni sabía que las chicas habían ido a ese
lugar, pero qué explicación ni ocho cuartos, cuando se pone así no hay
explicación que entienda. Y también,
imagínese señora, para el padre no hay nada más sagrado que sus hijas y él
pensó que yo las había mandado. Después
me pidió perdón, yo lo entiendo, se puso loco.
No es malo, el problema es la bebida.
Y yo le digo, que un día me voy a cansar y me voy a ir con las nenas,
porque imagínese, la casa la levantó él y a mi me dicen que como yo no estoy
casada, nada es mío, y mi marido me dice, “¿a dónde vas a ir vos, quien te va a
querer a vos?, si sos estúpida, mírate un poco y no hablés boludeces”. Y, un poco de razón tiene, yo soy medio
dejada también, antes cuando era jovencita, me arreglaba para ir al baile,
ahora ya ni tiempo tengo, trabajo como una burra todo el día para poder juntar
la plata para el cumpleaños de quince de la segunda. El otro día fuimos a ver
los souvenires con mi marido porque él no me da un peso pero es el padre y
tiene derecho a elegir los souvenires de la chica. Yo le digo “ya que no me vas a dar plata, por
lo menos dame la carne para el asado en la fiesta”, pero no, hasta ahora no
quiere aflojar, que la cosa está dura, que no se vende nada, que no lo joda, en
fin, y yo acá metiendo la cabeza en baños ajenos. Porque yo quiero lo mejor para mis hijas, mi
marido también, lo que pasa es que el tema de la bebida lo tiene mal. Yo le digo a usted, señora, en confianza, si
no tomara tanto, andaría todo mejor. Yo
tengo que aprender a controlarme, a no contestarle, porque así como usted me
ve, yo a veces ando tan cansada que le contesto mal y claro, ahí me da. Yo tengo que aprender a controlar este
carácter mío. Pero bueno, señora, como él dice que soy estúpida y estoy loca,
yo lo quiero mucho a mi marido, aunque un día de estos lo voy a matar.
Y no va a creer señora, lo qué pasó, ¡se agarró nomás la mano
con la sierra! Cortaba una tira de asado, borracho seguro, él dice, bueno,
trata de decir que no, pero no sé. El
caso es que puso la mano y pasó de largo.
Mientras gritaba que le agarraran la mano que había volado, los brazos
se le movían locos y no va y ¡se corta la otra mano! ¡Pobre mi marido! ¡Es un
turro pero imagínese el dolor!
En el lío que se armó, el pibe que trabaja con él que andaba
por ahí con los cuchillos y las herramientas de la carnicería, con el susto y
el revuelo, rompió con una chaira el radiador de la heladera vieja. Salían humos negros, y no se veía nada, mi
marido gritaba, imagínese con la boca abierta, una clienta, en cuatro patas
buscaba las manos. Llegó la ambulancia
como media hora después, para variar. Habían llamado al 911 unos vecinos, y
cayeron dos canas gordos que miraban, no hacían nada y se tapaban las bocas con
unos trapos para no aspirar los humos.
Encima parece que esos vapores que largó la heladera eran tóxicos y mi
marido no podía respirar. Cayó un doctor
de los recién recibidos en la ambulancia y no tuvo mejor idea que hacerle una
traqueotomía. Un agujero en el cuello le
dejaron.
Me llamaron al celular. Yo estaba trabajando. Imagínese la
desesperación, salí corriendo. Me dijo
la vecina que él estaba bien pero que había tenido un accidente. Mientras corría, usted dirá señora, que soy
mala pero yo pensaba: “este con tal de joderme se quebró una pierna justo
cuando falta tan poco para el cumpleaños de la nena”.
Cuando llegué, una revolución en el barrio ¿Vio que cuando
pasa algo, todos se ponen a chusmear? Se
lo estaban llevando al hospital, un vecino me alcanzó. Me dijo que no sabía bien qué había
pasado. Claro, pobre, ¿qué me iba a
decir? Llegué a la guardia y me enteré.
Iban a tratar de coserle las manos.
¿Vio señora? yo le decía, este en pedo muy lejos no va a llegar. Es la bebida señora. Sabe que yo a mi marido lo quiero mucho pero
un día lo voy a matar ¡Ir a trabajar tomado! ¿A usted le parece? Bueno, el caso
es que con las manos cosidas seguro perdía fuerza y no me pega más, pensé, pero
pobre, ¡justo a un mes de la fiesta de quince!
Siempre la misma estúpida yo creyendo que él iba a dejar de tomar, que
todo iba a cambiar.
¡Cuando lo vi! Todo vendado, sin manos y con un agujero en la
garganta. Trataba de gritar y no podía,
salían sonidos raros y la enfermera ya no sabía qué más darle para que se
quedara quieto. A cada rato entraba
alguien a darle calmantes. Gritaba como
la misma muerte.
Sabe que una de esas mañanas me acerco para ayudarlo con el
desayuno que le habían traído. Imagínese
señora, por lo menos le pusieron una bombilla a la taza, pero, ¿y las
galletitas? ¿cómo abría el paquete y ponía el dulce? No lo podía ver sufrir, el
muy hijo de puta parece que me entendía.
Y tiraba zarpazos al aire. Dos muñones le quedaron. Uno a la altura de
la muñeca ¿vio? Y el otro acá, abajito del codo.
Me dolió en ese momento señora, sinceramente y me levanté de
la silla para abrir el paquete de galletitas, encima sin sal ¿vio cómo es la
comida del hospital? Levantó el brazo que le quedó más cortito y empezó a dar
golpes al aire, no me pudo alcanzar pobre, que si no con la fuerza y el odio
que tenía me tira al diablo. Y yo
“calmate Negro, ya vamos a ir para casa”.
Levantó el que le quedó más largo y me calzó nomás. Un poco torpe lo único pero me dio igual y
cuando bajó el brazo, tiró todo, la taza, las galletas, el dulce y empezó a las
patadas. Se armó semejante barrullo que
aparecieron dos enfermeras, una mucama y el médico de guardia. “tiene abstinencia mamita, entendelo, le
falta el traguito” ¿Por qué será que hablan todo en chiquitito las enfermeras?
Y él seguía loco. Le pusieron algo en el
suero que se fue calmando y se durmió.
Dos días después me dijeron que lo llevara a casa y yo preguntando como
la estúpida que soy, como dice mi marido “y las manitos?”. No habían podido implantárselas, ¿se dice así
señora? Y yo les pregunté si no se podía hacer lo mismo que con el gobernador
que tiene un brazo especial, así por lo menos mi marido puede seguir
trabajando. “Gordita, me dijo la
enfermera, esto es un hospital público, ni suero tenemos, a veces tenemos que
poner de nuestro sueldo para poder comprarlo y vos querés que le pongamos
manitos como las del gobernador?” Y me dejaron parada ahí, sola, pensando en
cómo iba a poder seguir con mi marido ahora.
No me dio ni tiempo, empezó a gritar otra vez, yo ya le entendía un poco
y le digo señora, ya me estaba puteando otra vez y pateando cosas. Le pedí a mi cuñado que viniera con la
camioneta a buscarlo, porque ya no lo aguantaba más y yo lo quiero mucho a mi
marido pero un día de estos lo voy a matar.
Fui a casa, ya venía preparando a las nenas para que no se
asustaran cuando lo vieran entrar, estaban todas muy quietitas y silenciosas,
cuando entró, caminando, porque eso puede ¿vio? Las chicas lo miraban, les
quiso hablar por el agujerito, y las borregas ¿sabe que hicieron señora? ¡Se
empezaron a cagar de risa! Y el otro, loco se puso, tiraba zarpazos con el
brazo más cortito para fajarlas y a ellas más risa les daba y lo señalaban con
el dedo. Se dio vuelta y me pegó a mí
señora, porque antes me fajaba con la que ahora le quedó cortita pero se ve que
tanto suero le dio fuerza en la otra y me calzó nomás, yo estaba más
cerca. Diga que quiso correr a las nenas
y medio que se mareó, ahí nomás las
corrí yo, un cachetón a cada una por irrespetuosas y se acabó el problema. Más tarde la más grande me decía “merecido se
lo tiene el turro, ahora va a aprender”.
Muchachita irrespetuosa, decir eso del padre, ¡faltarle el respeto de
tal manera!
Y ahí quedó él sentado, mirando y haciendo ruidos. Le preparaba la comida mientras iba poniendo
la mesa. La alegría que le dio cuando
puse la caja de vino, pobre, después de tantos días un gustito le venía bien.
El asunto fue cuando quiso agarrar la caja con los dos bracitos, se le cayó
todo, gritaba, tiró la mesa a la mierda, volaron los churrascos, le pegó un
empujón a la caja y cayó en la pared. Me
la quería tirar a mí pero todavía no tiene bien los movimientos. Un asco señora ¡un olor a vino en toda la
casa! junté la Mesa, abrí otra caja, le puse un vaso con la bombilla del mate, ahí parecía que se iba calmando. Terminó el vaso de un trago, bah, de una
chupada, le serví otro, lo tomó y me lo revoleó. Qué tipo, ni sin manos descansa en paz. Yo lo quiero mucho a mi marido y encima ahora
me da pena, pero un día lo voy a matar.
Sabe qué, yo trataba de que todo siguiera más o menos normal,
iba a trabajar, pero me llamaban los vecinos para decirme que andaba asustando
chicos en la vereda mostrándole los muñones y las nenas que tenían que
cuidarlo, se le rajaban. ¡Ay señora! Y
yo tratando de armar los quince de la segunda.
Sabe que cuando les dije que tal vez teníamos que suspenderlo por lo que
le había pasado al padre, ninguna quiso saber nada. Flor de bife le di a la que me dijo “a mi que
mierda me importa lo que le pasó a éste!” Y ahí seguimos, preparando las
cositas, los souvenires que habíamos elegido con él ¿se acuerda que le conté?
La comida, como pude, entre los parientes me regalaron las bebidas. Cada vez que volvía a la casa de trabajar
señora, no sabe con el desastre que me encontraba, me había roto todo, patea lo
que encuentra y a mí de paso cuando entro.
Estoy llena de machucones, paso por al lado de él y me patea, me grita,
está cada vez peor y ¡si usted viera lo que toma! Los doctores del hospital le
dijeron que no puede tomar alcohol por los medicamentos que le dan. Nada le importa, Dios me libre y me guarde si
algún día no le pongo la cajita, es más me tira el vaso y le manda la bombilla
a la caja nomás. Diga que después se duerme
y por un rato me deja tranquila.
Los primeros días cuando nos acostábamos no me molestaba,
pero ya ahora, que agarró confianza me manosea con los bracitos, no sabe qué
impresión me da, pero bueno, pobre, es el único desahogo que le queda y si no
llego a querer, ahí nomás patadas y golpes.
¿Sabe que parece que con la mano dolía menos? Con el muñón me da de
lleno. Imagínese señora, a mi me da cosa
tirarle algo, ni se me ocurre darle un escobazo, porque entre la bebida y
estando así… qué quiere que le diga.
Y llegó nomás el día de la fiesta, habíamos puesto lindo el
club y la nena parecía una princesa. Le
digo: “tenés que entrar del brazo de tu padre”, “ni en pedo”, me contesta. Cachetada y solucionado. Un griterío, si
hasta mi suegra que casi ya no viene a casa porque el hijo le hace acordar al
finado marido en los peores momentos de la bebida, se asomó para saber qué
pasaba.
Acomodadas las nenas, me tocó ir a vestirlo a él. Las nenas me habían dicho que se usara traje,
él por supuesto no quería, yo incluso, para disimular el agujero del cuello que
tan feo quedaba para que lo viera la gente, le había conseguido un pañuelo para
ponerle. Mientras le ponía los
pantalones me pegaba patadas, no sabe como me quedaron las costillas, no podía
moverme y el hijo de puta me gritaba, yo hacía como si nada y seguía. Cuando le
voy a prender la camisa, me dio un bollo en el medio del ojo. “Hija de puta, hija de puta” me gritaba. Fui a buscar un pedazo de carne y me lo puse
en el ojo para que no se hinchara y lo encerré en la pieza mientras me vestía
en el baño. Los golpes se escuchaban,
tiró una silla, rompió unos portarretratos de las nenas y yo tratando de
ponerme ese vestido tan bonito que me prestó la otra patrona. Es que yo lo entiendo, yo lo descuido, él así
y yo me voy a trabajar, pero que voy a hacer señora, otra no me queda. Y él se queda en la casa, solito,
tullidito. Y cuando vuelvo, se descarga
conmigo, con quién si no, es con lo que cargo.
Ya se lo he dicho ¿vio?
Salimos para el club en un remis, cuando llegamos, él debía
darle la mano a la nena para entrar, ¿vio que ponen ahora una música linda para
que entre la que cumple? ¿Pero qué mano
le iba a dar? ¡Si no le queda ninguna! Bueno, digo, “dale el brazo” justo el
lado que le quedó cortito. ¡Dios! Empezó
a gritar como loco, la nena también, mi cuñada lo vio y salió corriendo, los
invitados, del barrio, sencillos ¿vio? no sabían para donde mirar, los nenes
lloraban y yo atajando los golpes que iban para la nena. Para cuando todo terminó y finalmente
pudieron entrar al salón, éramos todos unos cachivaches, pero yo me adelanté y
le acomodé el pañuelo que se le había torcido al pobre, porque ya bastante
desgracia tiene como para encima estar desarreglado.
Unas horas más tarde, había tirado el vino, le habíamos
conseguido una bombillita porque yo siempre la misma estúpida me había olvidado
de llevarle la del mate, se puso en pedo, le gritó a la madre, me tiró mil patadones debajo de la mesa, se
quiso levantar y se llevó arrastrando el papel que habíamos puesto de
mantel.
Pensé que lo mejor era llevármelo, imagínese el papelón, él
se sentía mal y yo lo entiendo. Sabe lo
que debe ser para él no poder bailar el vals con la nena porque no le llegan
los bracitos? Y yo le dije a ella, “ponele un poco de ganas, es tu padre…”, pero
vio como son estas borregas, ni bolilla me dio y yo ya no tenía ganas de seguir
gritando y peleando, a veces estoy muy cansada.
Los vecinos nos miraban, los parientes ni le digo. Podrían haber disimulado un poco ¿no? Que se
haya quedado sin brazos no quiere decir que sea estúpido y que no
entienda. Pero él seguía dando
manotazos, bueno, no, manotazos no porque eso sería si tuviera manos ¿vió? Si
parece esos pajaritos cuando les cortan las alas, es como que aleteara. Yo ya
no sabía cómo tenerlo. Es mi marido,
pero también era la fiesta de la nena.
Le hablaba bajito para que los demás no se enteraran y le decía:
“Aguantá un poco más, son los 15…” pero nada señora, el muy turro seguía, ¿y
sabe qué? Ya me tenía podrida. Habíamos
tomado un vinito con el lechón, estaba riquísimo y, más que nada por probar,
probé unos vasitos. Sabe que cuando
trajeron los dulces, los acompañamos con un vino blanco ¡Ay qué rico señora! Y
suavecito, ni se notaba cuando uno lo tomaba, y entre bocaditos y torta, tomé
otros vasitos.
Ya casi ni sentía las patadas que me daba por debajo de la
mesa y justo se empezó a parar, le tiré de la manga para que se sentara, si
casi se cae para atrás. Se agachó un
poco y levantó el bracito. Me pareció
que todos se quedaban mudos. Lo miré,
creo que por primera vez en mucho tiempo, sin miedo. ¿Sabe que debe haber sido el vino que tomé? Y
le dije: “”Y ahora qué querés vos?” Debo
haber hablado medio fuerte porque todos nos miraban y escuché que decía: “baño,
baño…” Ahí me di cuenta, desde que tuvo
el problema, en casa usa de esos pantalones con elástico que se pisa una
botamanga con la otra pierna, se los va bajando para ir al baño ¿vio? Pero
ahora, con todo esto y le hicimos poner pantalón de traje, imagínese, cinturón,
botón y cierre, y él sin manos!
Me avivé en el momento y me paré ¿sabe que me dio como un
mareo? Parecía que la torta se daba vuelta.
Lo agarré del codo y enfilamos para el baño. Íbamos en silencio. Cruzamos el patio y llegamos al baño, primero
me fijé que no hubiera nadie y le hice señas para que pasara. Le desprendí el pantalón y lo acomodé para
que hiciera lo suyo.
¡Habían puesto una música de linda, señora! ¿vió? Cumbias y
esas cosas, no sé si a usted le gustan, y cuando terminó mi marido, salimos
para el salón. No sé si fue el fresquito
del patio, que me dio una cosa… entre la música, la alegría de haber podido
hacer la fiesta, el ruido y el vinito que me había tomado, de golpe me quedé
parada al lado de los chicos que bailaban, y él empezó a empujarme para que
siguiera caminando. Con el bracito que
le quedó más largo me pegaba en el cuello y ¿sabe qué? Me cansó, le hice una
seña y le dije: “Andá vos a sentarte, yo me quedo acá”. Estaba como envalentonada. Yo lo quiero mucho a mi marido, pero un día
lo voy a matar. Trabajo todo el día, lo
cuido a él, vigilo a las nenas, no sé que me dio pero me hartó. Se quedó parado ahí, mirándome fijo y justo
se armó trencito ¿vio que ponen a Rodrigo o a Gilda y todos hacen trencito? Y
ahí nomás me prendí al tren. Me reía
señora, no sabe cuánto hacía que no me divertía así. Y él seguía parado ahí con una cara de odio
que yo pensé: “Cuando me acerque me mata.
Que sea lo que Dios quiera” Cada
vez se acercaba más y se notaba que estaba furioso. Tenía la nariz colorada y se le movía acá en
los costados ¿vio como que se le abría? Como a los caballos o a los toros. Y ahí nomás me agarró del brazo el hermano de
mi cuñado y me llevó a bailar. Yo le
digo que dudé al principio, pero este muchacho me insistió, y bueno, un día de
vida es para disfrutar.
De reojo lo miraba a mi marido que se acercaba hecho una
pantera. Se chocó unos pibes que
bailaban y les tiró unos manotazos, los pibes se le reían en la cara, estos
pendejos… y yo por mirar lo que pasaba, no va que el hermano de mi cuñado me da
una vueltita en el cuarteto, se me cruzan los pies ¿vio que no estoy
acostumbrada a los tacos altos? Y me caigo.
Ni sentí el golpe y cuando miré lo tenía a mi marido al
lado. Un vecino me quiso ayudar y cuando
se agachó, le pegó una patada en los riñones que el otro quedó tumbado en el
piso. Levantó la pierna y ahí ni miré
más, ¿para qué? Si ya sabía lo que se venía.
Sentí un golpecito apenas en la cabeza, levanté la vista y él estaba
tratando de levantarme, movía como si fueran las alitas de un pollo y no me
podía agarrar. Me tocaba con el bracito
y me metía la manga del saco en el ojo.
Imagínese, con todo lo que sobra… la música seguía pero nadie bailaba,
habían hecho como una ronda. Como pude
me levanté, se enderezó, lo tomé del bracito que le quedó más largo, me acomodé
el vestido como pude y salimos caminando.
Yo medio mareaba pero bien aferrada.
Llegamos a la puerta, paré, me saqué los zapatos y así
caminamos despacito por las calles del barrio.
Agarrada de lo que quedaba del brazo y sin zapatos.
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