Hace un año, escribí una novela Durante meses viví con unos personajes que
amé y odié, que fueron y son parte de mí. Literalmente, parte de mí. Tienen mis defectos, todos, y creo que tal
vez, sólo una virtud, que también es mía. Probablemente, la única que tengo.
Con esa, mi primera novela, he tenido más decepciones que
satisfacciones. Sin embargo, he sentido más satisfacciones que
decepciones. Muy poco tiempo después,
comencé a escribir otra, que no he terminado pero que si tiene, un final escrito.
Que cierra, que está bien, pero falta mucho trabajo. Y que tiene personajes mucho más ajenos a mí. Será por eso que no la quiero tanto. Que es
acaso, una historia que se me ocurrió y desarrollé. Pero desde un lugar más lejano. No vivo con
los personajes, no los adoro, no los odio; simplemente están y van haciendo y
diciendo lo que les ordeno.
Mi novela, la que es mía, la de mis entrañas, la escribí sin
dudas en que fue el peor año de mi vida.
El 2 de abril, tuve más de un metro de agua dentro de mi casa, en la que
fue la peor inundación que sufriera la ciudad de La Plata. El 8 de septiembre, un mes después de haberla
terminado, falleció mi padre. No sabría explicar el dolor que me atravesó. Y yo que buscaba que él me aprobara. Y no
llegó a leerla.
En medio de ese dolor, del que nunca acabaré de recuperarme,
comencé a enviar el manuscrito a las editoriales. Una y otra vez enormes sobres marrones
partían de mi casa camino a los que podrían darme una oportunidad. Los primeros días eran expectativas,
ilusión. Después se convertía en espera,
ansiedad. Más tarde, sólo decepción.
Mientras tanto, escribía la segunda novela.
Todo el dolor que acumulaba día a día, se convertía en páginas. No quería ni siquiera permitir que la
pantalla estuviera en blanco. Tenía que
seguir y seguía; a veces sin ganas; a veces mojando el teclado mientras lloraba;
tal vez, algún día, me hacía fuerte y partía hacia la biblioteca a investigar complicados
libros sobre diferentes drogas o a la hemeroteca a seguir leyendo sobre juicios,
pruebas, abogados y sentencias. Hablaba frecuentemente con un guardiacárcel que
me contaba cómo eran en realidad las cárceles, que no eran cómo las de la
televisión. Y mientras tanto continuaba esperando alguna respuesta. Un día, en
la presentación de una novela, conocí a una editora a la que mi nombre le
sonaba conocido. Si, claro, le había
enviado también el manuscrito. Había
leído mi historia, o quizás, parte de ella.
-
Reescribila – me dijo – reconvertila en una
novela romántica, es lo que las lectoras buscan de una mujer.
¿No cabía acaso la posibilidad de que algunos hombres
quisieran leerla? Según la editora,
no. - Sólo buscan romántica – me dijo.
¿Cómo hacía yo para convertir una novela sobre política, con
tintes policiales, en una edulcorada novela rosa? ¿Y si yo no quería? No, no
quería, ni quiero hacerlo. ¿Quedará
acaso condenada a vivir en un cajón? ¿La reconvertiré?
Durante dos meses, me lo he planteado. La respuesta es no. Vivirá en un cajón. Tal vez, vuelva a corregirla. Pero no
cambiará. El mundo está en constante
movimiento y las cosas cambian. Pero no
mi novela.
Escribo este post para exorcizar la idea de reescribir. Quedará guardada, quizás para siempre, pero
no cambiará. A veces creo que voy a
insistir. A veces, no. Pero lleva mucho de mí, y eso es mucho más fuerte que lo
que crean los editores.
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