Segundo domingo de agosto
Pensaba en el día del niño.
Rememoraba los de mi infancia. El mundo
era diferente, la ilusión, la misma.
Los días previos, en la escuela,
los chicos hablaban de lo que pedirían a sus padres, tíos o abuelos. Aunque había sólo cuatro canales de TV, en
las pantallas de los viejos aparatos sin control remoto, se veían publicidades
de las muñecas soñadas, algunas caminaban, otras hablaban con un disquito que
se ponía en la espalda de plástico.
Autitos, pelotas y pistolas para los varones de las casas. Para ambos sexos, el Segelín y los juegos de
mesa llevaban la delantera en las preferencias.
Había un extra el día del niño,
la matineé en el cine de mi pueblo. Los
estrenos llegaban dos meses después que a la capital y sólo algunos
privilegiados tenían la posibilidad durante las vacaciones de invierno de
viajar unos cien kilómetros y verlas en los grandes cines. Por lo tanto, la matineé de ese día tenía un
gusto especial, era el condimento justo para el festejo. El viernes previo, en los colegios, se
sorteaban entradas. Todos esperábamos
ansiosos la hora de la salida cuando después del saludo a la bandera, la directora
sacara el bono ganador y el premiado pasara al frente a recibirlo.
Quienes no éramos afortunados,
fingíamos indiferencia y seguíamos pensando en lo que queríamos recibir el
domingo. Imaginábamos que de alguna
extraña manera, nuestras vidas con el juguete en cuestión en nuestras manos, se
transformaría.
Era tanta la fantasía, que ni
siquiera se me ocurría pensar en algún tipo de decepción.
Espiaba los movimientos de mi
casa. Disimuladamente observaba si mi
padre, encargado de las compras grandes, iba o venía con cajas, bolsas o
cualquier indicativo de regalo. No
recuerdo que la mente pudiera distraerse con otra cosa.
Y llegaba finalmente el ansiado
domingo. Me levantaba más temprano que
de costumbre y esperaba. En algún
momento de la mañana, que se hacía eterna, entraba el regalo. Abría la caja expectante, y lo que yo deseaba
nunca llegaba. Era cambiado por algo más
“útil” (odié durante años la palabra útil) o quizás más accesible (eso lo
entendí mucho tiempo después).
La frustración inicial iba
lentamente cambiando y de a poco me convencía a mi misma de lo bonito del
juguete o lo interesante del libro (esto último, la mayoría de las veces).
Recuerdo, no sin una sonrisa, que
aunque el regalo no era el esperado, restaba todavía una buena parte del día y
que en un rato nomás, saldrían a relucir los vestidos domingueros, los zapatos
con hebilla y las colitas ajustadas rumbo al cine a disfrutar de chocolatines y
caramelos Mu-Mu, mientras unas lágrimas rodaban cuando moría la mamá de Bambi.
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