Y
ese martes que llovía tanto y Plaza Italia estaba tapada de agua, pegó un
portazo y se fue.
Gritó
que nunca más volvería a las sesiones y me quedé sentado mirando la puerta.
………………………………………………..
Había
llegado un año atrás, mi colega Andrés me llamó unos días antes pidiéndome si
podía atender a esta mujer que colaboraba con él en un hogar de niños y que
había decidido hacer terapia. Andrés no
podía atenderla por una cuestión ética, por la relación que mantenían y la
derivaba. Acepté sólo por el pedido de
mi colega. Tenía los horarios cubiertos
pero le debía un favor grande a Andrés y decidí resignar unas horas de las que
dedicaba escribir aquella novela histórica que me servía más para evadirme que
para cumplir mis sueños como literato.
Me
llamó: “¿Licenciado Salerno? Mi nombre es Laura, lo llamo de parte del Lic.
Andrés Perez, necesito que me de un turno”
Así
me habló, sin preámbulos fue al punto. Parca, cortante, más bien
antipática. Coordinamos para el
siguiente martes a las 9 horas. “Gracias” me dijo y cortó. Ni siquiera saludó antes
de cortar. Sólo gracias.
Andrés
no me había dicho si mi próxima nueva paciente tenía algún problema específico,
sólo me dijo que le parecía que era el terapeuta adecuado para atenderla.
…………………………………………………………
Hablaba
fuerte, gesticulaba y caminaba por el consultorio. “Vos siempre querés que responda preguntas
que yo misma debo hacerme. Vos no me
ayudas. No vengo más. Pierdo el tiempo y me hacés llorar, entendés,
sabés que lo peor que me puede pasar es que alguien me haga llorar. Lo sabes”. Me miraba con rabia, quizás con odio y no
podía contestarle nada.
………………………………………………………..
Llegó
el primer martes. A las 9 en punto sonó
el portero. “Laura Llanos” escuché. Tocó
el timbre en el consultorio y abrí.
Estaba un poco ansioso, siempre que un nuevo paciente llega, siento una
mezcla de ansiedad con emoción por el inicio de una nueva historia. La mayoría de las veces no es nada
apasionante ni que me quite el sueño. Al
comienzo de la carrera quise dedicarme a niños y adolescentes, pero me
atormentaba tanto con sus sentimientos y sus frustraciones, que vivía
torturado, tratando de hacer justicia.
Ahí fue que decidí dedicarme a los adultos. Separaciones, pérdidas, desamores se sucedían
uno tras otro. Basicamente atendía
adultos aburridos con sus propias vidas que buscaban encontrar traumas pasados que hoy se reflejaran en
presentes abúlicos.
Llevo
4 años de profesión y el entusiasmo ha mermado levemente, esa sensación de
querer encontrar “esa historia, ese paciente” la sigo teniendo. Aunque generalmente, en las primeras dos
sesiones, esa sensación se pierde entre relatos de peleas con hijos
adolescentes, divorcios conflictivos y muertes familiares.
Abrí
la puerta y ella me extendió la mano. Todos los pacientes, aún los más
conservadores y circunspectos saludan con un beso, es más en los últimos
tiempos se ha generalizado la costumbre del abrazo. Mi nueva paciente me dio la mano.
Bien,
ella puso distancia. La invité a
sentarse. “Ya comenzamos” le dije
mientras simulaba revolver unos papeles observándola de reojo. Miraba para abajo y hacia los cuadros de la
pared alternativamente. Se miraba las
manos y había cruzado las piernas.
- ¿Cómo está? ¿Le parece si me cuenta de
usted? Lo que desee. Lo que tenga ganas
de contar.
Le
sonrío. No devuelve la sonrisa.
- Vine porque el médico me
aconsejó. Le pregunté a Andrés y él me
derivó.
- ¿Y por qué su médico la envió?
- No me envió, me lo aconsejó.
- Si, perdón. Tiene razón. Digame si..
- ¿Se puede fumar acá?
- ¿Si, por qué no?
Me levanto y le alcanzo un
cenicero. Revuelve la cartera
torpemente, se le caen unos papeles, no parece nerviosa, sólo torpe.
- Me decía…
- Debería dejar de fumar. Me voy a morir. Yo lo sé.
- Bueno, si. Digamos que el cigarrillo
trae enfermedades.
- Y el Dr. Lara, Fernando, me dijo que
tenía crisis de ansiedad y me voy a morir.
Por eso vine. Y Andrés me dio tu teléfono.
- ¿Está enferma?
- Por eso lo llamé y vine.
Empieza
a llorar. No de a poco. De golpe. Llanto fuerte. Parece que convulsionara. Me
levanto y le acerco la caja con pañuelos.
Una caja de madera con una tapita y unos dibujos geométricos. Regalo de mi mujer. No, mi ex. Mientras miro a mi paciente que llora sin
consuelo pienso en cuándo se me va a ir la costumbre de llamarla mi mujer.
Laura
pareciera comenzar a calmarse. Intento alguna palabra.
- ¿Por qué este llanto, quiere contarme?
- Ya te dije. Otra vez te digo. Crisis de ansiedad. Camino por la calle y se
que me voy a morir. Me da miedo la
gente, las paredes y no puedo caminar.
Comienza a llorar otra vez. Tiene la caja de mi mujer en la falda. El cigarrillo se le consumió en la mano. Mira
la ceniza que se cae al piso
- “Dame algo para limpiar”
- No se haga problema, después lo
limpio. ¿Por qué dice que se va a morir?
¿Siente eso cuando camina?
- Es que Fernando, mi médico me dice que
no es hereditario, pero yo se que sí.
- ¿Qué es hereditario? ¿Quién estaba
enfermo en su familia?
- Linda esta caja, me gustan los
dibujos.
- Cuenteme de usted
- ¿Qué cosa?
La
miro, entendió la pregunta. No quiere
contestar o hace tiempo.
- ¿Laura a qué se dedica? ¿Es ama de
casa? ¿Trabaja fuera de su casa?
- Yo pintaba también antes, algunos cuadros
pinté. Feos pero sólo para mí. Después empecé a tener miedo. Demasiado. Entonces dejé. Por eso vine. Para
que se vaya la ansiedad y aprender a manejar el tema de la muerte.
- ¿Y a usted qué le pasa con el tema de
la muerte? ¿Por qué dice que se va a
morir? ¿Está enferma? No me contestó.
- Mis padres se enfermaron por
hipertensión y a mi me va a pasar lo mismo.
- Pero no es congénito, creo.
- Mi doctor dice que no. Pero yo lo se.
- ¿Qué sabe?
- Que si a ellos les pasó, a mí también.
Y estoy sola. Yo no tengo a nadie. Y no
puedo caminar porque las paredes se me vienen encima y siento que el piso se
hunde delante de mí y no puedo seguir. Y
el corazón va rápido y eso es lo que me pasa.
- ¿Laura, tiene hipertensión?
- ¿Los martes a las 9 es el horario que
va a quedar definitivo?
- Si usted se siente cómoda en unas
sesiones de prueba que podemos hacer, dejaríamos este horario si no tiene
problemas. Podríamos…
- ¿Cómo de prueba? Yo ya vine. Yo pago.
No sabía que había un período de prueba. Para mí está bien.
- Bueno, entonces si está de acuerdo
estaríamos viéndonos los martes. Igual
todavía no hemos terminado. Nos quedan unos cuantos minutos. La escucho.
- Ya te dije. Me voy a morir y quiero
saber cómo es. ¿Terminamos no? ¿Cuánto tardaré en solucionar este problema? Yo escuché o leí que puede ser un desorden
químico y que con medicación puede solucionarse. Pero yo no quiero tomar nada.
No me gusta. Bueno, vengo la semana que viene. ¿Necesitás que firme algo, o mis
datos o que complete alguna ficha?
- Si prefiere lo hacemos el martes. Tengo su nombre y su teléfono. Quiero pedirle
que no dude en llamarme si cree que necesita hablar.
- Si. Bueno. Gracias.
Se paró y me acerqué. Volvió a extenderme la mano. Repitió un
gracias inaudible, se paró y acercó a la puerta. Se quedó esperando que le abriera. Me adelanté y abrí. “Hasta el martes” dijo y se fue. La miré, no, la espié irse. Mientras esperaba el ascensor, se dio vuelta
y se apoyó en el ventanal. Desde el
décimo piso se veía buena parte de la ciudad.
Volvió a presionar el botón y caminó hacia las escaleras.
………………………………………………………
- No tengo nada más que contarte. No son cosas trascendentes. Son las cosas de todos los días.
- ¿Y a usted, las cosas de todos los
días le parecen intrascendentes?
- …
- Usted mencionó esa palabra.
- Si, obvio, son las cosas de todos los
días.
- ¿Son intrascendentes? ¿Porque es
rutinario?
- Si. No. No sé. Si, es siempre lo
mismo.
- Pero ha sido diferente a otras
semanas.
- No. Lo que pasa es que otras semanas
no te lo he contado.
- ¿Por qué no? ¿Por qué piensa que otras
semanas decidió no contarlo y hoy si?
- Ah, ¿sabés qué estuve pensando? Tal
vez busque un empleo. Como maestra. Nunca ejercí pero soy maestra de primaria.
- ¿Si? No me lo había dicho. ¿A usted le
gustaría eso? ¿Cómo se siente con esa decisión?
- Todavía no lo decidí.
……………………………………………….
- Andrés, soy Carlos. Necesito hablarte. Me quedo en el consultorio
hasta tarde. Mi último paciente es a las
cuatro. Pasate o llamame cuando escuches el mensaje. Un abrazo.
……………………………………………
Me siento bien hoy, ¿viste qué día
precioso? Me gustan los días de otoño.
Ahora estoy yendo a caminar a un parque cerca de mi casa. Es un lindo clima. Me cambié el color del
pelo. Es más para el invierno el pelo
oscuro. Ya me siento bien. Creo que no tendría que volver. Me estoy cuidando y puedo salir a
caminar. Hasta he pensado en dejar el
trabajo en el hogar de niños. Ver tanta
miseria me deprime. Y ese trabajo no me
hizo bien. Ya está, es etapa
cumplida. Igual que la terapia. Ya está, ya no la necesito.
- A ver, ¿por qué siente que el trabajo
en el hogar es tarea cumplida?
- ¿Sabés que a veces trato de no oler? ¿Sabés
que quise sacarle los piojos a un nene y me llené yo de piojos? ¿Sabés que les
regalé un peine fino para que lo usaran en la casa y a la semana siguiente
tenía más?
Se
queda en silencio. Niega con la cabeza. Espero. Levanta la mano para agregar
algo. No dice nada.
Me
apoyo en la silla y la insto a seguir. Niega con la cabeza. Espero.
- Separé a dos adolescentes que se
peleaban. Me pegaron pero me respetan,
yo lo sé. Eso sí lo sé.
- ¿Eso sabe? ¿Y qué es lo que no sabe?
- No sé, todo lo demás.
- ¿Y recuerda que la llevó a trabajar a
ese lugar? ¿Cuatro años ya me dijo no?
- No sé, aburrimiento supongo. Hacer
algo por los demás.
- ¿Por aburrimiento usted se expone en un
lugar peligroso varios días a la semana?
- No es peligroso.
- Usted me dijo que le pegaron. ¿Eso no
es peligroso?
- Peligrosas son otras cosas.
- ¿Por ejemplo?
- La calle, la gente…
- …
- Y el asentamiento no.
- No. Me quieren ahí.
- Pero le dan asco los piojos.
- No asco no. No sé por qué lo mencioné.
- Piense.
- ¿Ya es la hora?
………………………………………………………
El martes siguiente, Laura llegó con
mal semblante, parecía no haber dormido, o haber llorado. Me dio la mano, esta vez esperé para ver que
hacía y otra vez esa distancia. Vestía
un jogging, zapatillas y un buzo que le quedaba enorme. Pese a su cara triste,
sonreía.
Leía lo poco que había anotado en la primera
sesión y no podía concluir nada.
Algo diferente a la semana
anterior. Me habló muy lentamente y en
un tono muy bajo.
- Sabes que estaba sentada en la
computadora y empecé a sentirme mal. Se
movían las letras y el corazón se aceleró mucho. Tuve miedo. Sentí que me iba a morir ahí
sentada, sola.
- ¿Qué estaba leyendo en la computadora?
- No sé.
- ¿No recuerda?
- No.
- ¿Escribía un mail? ¿Leía un texto, un
diario?
- No sé.
- Trate de recordar.
- …
- No importa, ¿cuénteme qué hizo
entonces?
- Me quedé ahí sentada.
- ¿Llamó a alguien? ¿Vive con alguien? ¿Tiene
pareja o novio?
- No podía moverme por el corazón, me
paralicé.
- ¿Llamó a alguien?
- Fue horrible.
- Tome los pañuelos.
- Siempre que vengo lloro. Pero estoy
bien. Llamé a mi doctor y no contestaba.
Lo llamé al celular. Me dijo que no era un ACV
- ¿Qué cosa?
- Un accidente cerebro vascular, cuando
se produce un isquemia que puede ser transitoria o no en el cerebro.
- Si, si, no había escuchado bien.
- Que pasara mi marido por el
consultorio que me iba a recetar un ansiolítico y que me recostara un rato.
- ¿Y a su marido le avisó?
- Después de un rato, si.
- ¿Y qué le dijo él?
- Que me tomara un té. Como cuando me duelen los ovarios, o estoy
descompuesta, o tengo gripe. Él todo lo arregla con té.
Sonrió
otra vez al decir esta última frase.
- No voy a tomar las pastillas. Odio las
pastillas.
……………………………………………………
Falta todavía media hora para que
llegue Laura. El paciente de las 8 no
vino y ya no va a venir. Anoche le mandé
un mensaje a Laura porque no atendía el teléfono. La semana pasada no vino y no avisó. Contestó el mensaje con un lacónico “Si,
gracias”.
Por ahora es poco lo que sé. Casada, sin hijos y angustiada casi todo el
tiempo. Tiene la habilidad de cambiar de tema cuando no quiere contestar o llora.
Escucho el ascensor, está
subiendo. Usa tacos hoy.
- Se la ve bien hoy, ¿cómo está?
- ¿Te parece?
- Me asusté un poco recién en el
colectivo.
- ¿Por qué? cuénteme.
- Dos hombres se pelearon en el
colectivo y me dio miedo.
- ¿Le hicieron algo a usted?
- No entendí por qué peleaban, creo que
se empujaron para bajar, pero fue violento y eso me asusta. No me gusta cuando
gritan. Donde yo trabajo los chicos pelean y tengo que separarlos. Pero son
chicos. Los grandes me dan miedo.
La
miré y parecía una nena. A pesar de sus tacos altos y de su traje azul tan
aseñorado parecía una nena asustada. No lloraba ahora, pero mirándola
detenidamente vi que el maquillaje debajo de sus ojos estaba corrido. Una gota negra como las que se pintan
los payasos estaba detenida en su mejilla.
Había llorado antes de entrar.
- ¿Alguien intervino en la pelea? ¿Se
golpearon? ¿Le hicieron daño a un pasajero?
Se paró y fue hacia la ventana del
balcón abierta.
- ¿No tenés miedo que un paciente se
tire de acá? Son diez pisos, es mucho.
- ¿Por qué me lo pregunta? En general
los pacientes no se mueven mucho por el consultorio.
- Qué linda se ve la plaza desde acá ¿no?
Y siguió avanzando y se apoyó en la
baranda del balcón.
Me paré, no caminé, sólo le hablé.
- Venga Laura, hay viento hoy, siéntese
que va a estar más cómoda.
Retrocedió y volvió a sentarse. Sólo sonrió. Me costó volver a concentrarme.
…………………………………………………….
- ¿Qué hacés? ¿Cómo va?
- Acá, bien, tranquilo ¿vos?
- Bien che. Contame, me llamaste.
- Si, hace tiempo que no nos sentábamos
a charlar. Tomá el azúcar.
- ¿Lo tuyo? ¿Cómo la vas llevando?
- Y, que se yo. Conseguí un
departamento. Estoy terminando con las cajas.
Pocas cosas, las llevo con el auto.
Ya estoy grande para que me aguante mi vieja.
- Che, y ella ¿hablan?
- Lo justo. Se quiere divorciar pero no
sé… igual tenemos que esperar. Hay que
cumplir dos años de casados para divorciarse. Ni a eso llegamos. Para repartir no hay nada. Teníamos los autos desde antes, así que cada
uno se quedó con el suyo. Que se yo. No
sé. Fue todo tan sorpresivo. Para mí. Parece que para los demás no.
- ¿Vos querés volver?
- …
- ¿Y el laburo?
- Está complicado. Sigo como ayudante en
la cátedra de Ruiz. A la mañana en el
San Juan. Y acá bien, que se yo, peleando
con las obras sociales. Viste, seis
meses de atraso tienen. Igual, me
distrae, me las rebusco, para los años que llevo de psicólogo, no está tan mal. Tengo que retomar las sesiones con
Sandra. Estos últimos tres meses no fui.
Pero tengo que volver.
- Hacelo, no te dejes, sabes que te
vienen bien. Fue todo difícil. Hablemos
de otra cosa, tu novela, ¿la seguís?
- Si, muy de a poco, voy a la biblioteca
de la universidad y busco material. Pero quería hablarte de otra cosa.
- Si, me imaginé, decime.
………………………………………………
- Leí el otro día que todos tenemos
penas que curar ¿será así?
- Usted tiene heridas que curar?
- ¿Todos tendremos?
- …
- Supongo que sí ¿vos no tenés?
- ¿Y usted?
- Tendré, supongo, no sé.
- ¿No sabe?
- No.
Se
queda en silencio. Transcurren minutos. Me mira y levanta las cejas. Sonrío.
- La escucho, ¿qué iba a decirme?
- No, nada. Estaba pensando.
- ¿Qué pensaba?
- En nada.
- Pero usted me dijo que pensaba. En algo estaría pensando.
- ¿Vos qué haces aparte de esto?
- ¿Esto?
- Si, esto.
- ¿A qué se refiere? ¿Qué quiere saber?
- Es todo tan frío acá, lo más cálido
son esos almohadones y la caja de pañuelos. No parece que vos seas un hombre
frío.
Me
miró unos segundos y dijo:
- Puedo ser muy perceptiva a veces.
No
sabía si me estaba provocando para sacarme de quicio, si buscaba desviar la
atención o si realmente quería saber.
Sabía que estaba cometiendo otro error pero contesté:
- Escribo una novela.
Podría
haberle dicho que daba clases en la facultad, que trabajaba en un hospital o no
haberle contestado. Error tras error.
Elegí contestarle eso.
- ¿Si? ¿Sobre qué?
- No estamos acá para hablar de mí.
Ya
no tenía arreglo.
- Ya lo sé. No tenés que explicármelo
otra vez. Pero quiero saber. Te he contado cosas que no le conté a nadie y creo
que…
Me
volvió a mirar y enmudeció. No dejó de mirarme. La puta madre, volvió a ganar.
- Listo, me voy. Suficiente para mí.
- No es tiempo.
- Lo sé.
Extendió
su mano.
- Los últimos años de Sarmiento.
- Gracias. Hasta el martes.
- ¿Por qué le interesaba saber?
- Hasta el martes.
……………………………………………………
Mire Laura, voy a tener que derivarla
a otro colega. En todo este tiempo no
hemos podido avanzar. Usted está
molesta, frustrada e insiste con no venir más.
Siempre se aleja, no quiere contestar, hablar y no creo que sea posible
continuar. Puedo derivarla a un buen analista que la va a ayudar mejor que
yo. Por favor, siéntese, hablamos, dígame
qué le parece mi sugerencia.
Abrió la puerta y se fue por las
escaleras, ni siquiera la cerró y me quedé sentado ahí, pensando si debía
alcanzarla.
……………………………………………………..
- Todo empieza así, quiero leer algo y
las letras se mueven y parece que todo lo demás se quedara quieto. Y me dan
muchas ganas de llorar.
- ¿Y tiene idea de qué es lo que lo
dispara?
- No lo sé. Esta última vez había perdido las llaves y no
podía salir de mi casa. Me senté a leer
mientras trataba de recordar dónde las podría haber dejado.
- ¿Y antes de eso que había hecho? ¿Lo
recuerda?
- No. Creo que me había acostado un
rato. Me dolía la cabeza.
- ¿Había hablado con alguien?
- No.
- ¿Le parece si tratamos de reconstruir
lo que hizo desde la mañana?
- Si. Necesito que me ayudes.
- La acompaño. Usted sola va a poder salir de acá. Yo la
acompaño.
- Tengo miedo.
- ¿A qué?
- …
- Laura, ¿continuamos?
- Si. Estoy lista.
……..………………………………..
- Quería hablarte de Laura Llanos.
- Si, Laura. ¿Cómo está? Sentí que vos
podías ayudarla.
- ¿Sabes que creo que no puedo? Se me
complica. La quisiera derivar con Marina, ¿te parece?
- No. Primero, no va a querer. Va a dejar la terapia y la necesita. Segundo, vos podés hacerlo. Te entiendo, pero
como amigo y principalmente como colega tenés que hacerlo. Cuando estábamos en la comisión juntos,
planteamos un caso, ¿te acordás? Muy similar.
El paciente se quedaba sin movilidad en los brazos cuando se producía
una crisis. Fuiste muy detallista en ese
caso. Y pudimos darle curso. El paciente se controló. Nos visita cada tanto en el hospital y
siempre se acuerda de vos cuando lo hacías sentar en el piso y respirar con los
brazos extendidos. Todos te mirábamos,
mitad intrigados y mitad incrédulos. ¿Te
acordás?
“Cierre los ojos”, le decías. El pobre pensaba que lo ibas a
hipnotizar. Continúa la terapia con
Almada pero está muy bien.
…………………………………………..
Esta semana que me tomé por la
mudanza, me vino bien. Pude aprovechar
para estar más tiempo leyendo sobre Paraguay.
Esta vez si creo que le voy encontrando la vuelta. Estoy de mejor humor. Lunes cubierto. ¿A ver
a quiénes tengo mañana? Martes. Roberto a las 8. OK. Laura Llanos, a las 9… esta mujer… veremos. A las 11, Machado y a las 12, Martín.
………………………………………
- Laura, esto ya lo hablamos. No es como
ir a buscar un certificado de buena salud. Le propongo una cosa, probemos tres
sesiones más. Sólo tres. Yo creo que
hemos hecho un camino que nos ha abierto unas puertas por las que podemos
entrar y trabajar. Sólo le pido que se
de esa oportunidad.
- ¿Y que te la de a vos también?
Sólo
la miré. Cualquier respuesta que le
diera, no sería la correcta. Me observó
unos segundos y rió abiertamente.
- Era una broma. Está bien. Me parece un
buen acuerdo. Lo voy a intentar. De verdad. Lo prometo.
De
alguna extraña manera, estaba más satisfecha ella que yo con el acuerdo. Había pensado que me iba a decir que no, que
iba a discutir… estaba preparado para otra reacción, no para ésta.
- ¿Seguimos Carlos?
………………………………………..
- Laura, ¿se acuerda que hablamos mucho del miedo
en sesiones pesadas? ¿Pudo repensar lo que hablamos?
- Si, pensé mucho, realmente mucho.
Me
hablaba y miraba muy firmemente. Esta
vez la sentía muy segura. Había atrapado
la tensión. ¿Sabría ella eso?
- ¿Quiere que retomemos?
Me
sorprendo casi consultándole si quiere o no hablar. Recordaba las palabras de mi supervisora
cuando le hablé de Laura.
- Cuidado Carlos. No la presiones, pero
no te presiones vos mismo. Hay ciertas situaciones en las que todo debe fluir,
pero cuidado. Conocés el procedimiento
Carlos.
- ¿Me estás escuchando?
- Si Laura, claro. Me decía…
- Que el miedo no tiene tanto que ver
con la muerte. Sino con el transcurrir. Crecer, madurar, envejecer, las
enfermedades.
- Es el ciclo de la vida Laura. Las
enfermedades no necesariamente tienen que ser.
Hay muchas personas que no las tienen. No se aferre a ellas. ¿Qué le parecería si hacemos un ejercicio,
pensar a qué cosas o a quienes le gustaría aferrarse?
- No lo sé, ¿vos a qué te aferrarías?
- Laura, Laura, ¿me gustaría saber a qué
se aferraría usted?
- A la tierra, a las flores, al campo, a
los animales. Siempre están, son
incondicionales.
- ¿Y quienes no son incondicionales?
Se
le humedecieron los ojos. Quedó en
silencio. Dudé entre hablar o alcanzarle la caja con los pañuelos. No hice
ninguna de las dos cosas. Si hablaba
corría el riesgo de que no se manifestara, si le alcanzaba los pañuelos podía
empezar a llorar y necesitaba que ella misma mantuviera el control.
- Las personas no son incondicionales,
lo sabés. Por eso evito aferrarme a los
afectos. No quiero llorar. ¿Podemos
cambiar de tema? Me gustaría.
- Llegamos a un punto interesante. ¿No
cree que sería bueno ahondarlo?
- No hay demasiado para ahondar. Estoy siendo muy concreta y clara. Algunas
personas me han hecho mucho daño.
Algunas todavía me lo hacen. Me
gusta la idea de irme, alejarme, desaparecer.
- ¿Desaparecer, Laura? ¿Qué quiere decir
con desaparecer?
- No, nada raro. Sólo irme. Sola.
Tranquila. Feliz y sin miedos. Sarmiento hizo eso.
- Sarmiento. ¿Cómo Sarmiento?
- Vos me dijiste que escribías una
novela sobre los últimos días de Sarmiento. Estaba en Paraguay. Se había ido solo, pobre y a esperar la
muerte.
Ahí
estaba. Casi me había olvidado de esa
metida de pata. En realidad no, pero
mantenía la esperanza de que ella se hubiera olvidado de esa charla. Evidentemente no.
- Laura, ¿está sola y quiere esperar la
muerte?
- Hablé de Sarmiento.
- Pero eligió esas palabras.
- Podría haber elegido otras.
- Pero…
- Tal vez no esperaba la muerte. Tal vez esperaba más vida.
Me
sonrió. Primero fue como una mueca,
después fue una sonrisa abierta y franca.
Me aflojé. Por Laura. Por mí. Sin
presiones. Miré la hora. Me había pasado. Tengo un reloj frente a mí y siempre
lo miro. Hoy no.
- Laura, ¿nos vemos la próxima
semana? Hemos avanzado mucho hoy.
- Si, el martes que viene. ¿Puedo llamarte si algo importante surge?
- Cuando quiera. Cuando lo necesite.
……………………………………………….
- Subí.
- …
- Hola Andrés, ¿qué haces? Pasá, pasá.
- Vine sin llamarte pero ahora que estás
más acomodado encontré esta caja de viejos casos que llevamos en el hospital y
pensé que la podías querer.
- ¡Mirá qué historias! Te agradezco. Los
voy a mirar. Cuántos recuerdos. Todavía manteníamos la mística de la profesión.
Miraba
las portadas de las carpetas y cada nombre que veía, disparaba diferentes
sensaciones. No eran muchos pero habían sido mis primeros pacientes. Los recordaba. A algunos más, a otros menos pero todos me
habían marcado de alguna manera.
- Ayer estuve con Laura, Llanos. La vi
bien. Me dijo que estaba contenta, que progresaba. ¿Sabés que en el laburo nunca demostró nada?
Siempre la veo ocupada, concentrada. Pero vos sabes cómo está.
- No pensarás que voy a hablarte de una
paciente que además es amiga tuya. Me extraña
hermano. Te estás poniendo grande y flojo.
- No, no quería averiguar. Un poco de intriga nomás. Contame de la nueva guarida. Dale. ¿Estás
cómodo en el nuevo departamento?
- Si. Todo mejora. De a poco pero mejora.
……………………………………………
- ¿Viste que no he tenido de esas crisis
desde hace tiempo? Me siento bien. He tomado decisiones. Avisé que en dos meses
dejo el hogar para que vayan sondeando a otros voluntarios que hagan mi
trabajo. Voy a extrañar a los chicos.
Sobre todo a los más chiquitos. Pero los voy a ir a visitar. Tengo una
propuesta de otra institución, también del tercer sector. Rentada esta vez. Una
especie de beca. No es mucho dinero.
Suficiente para ahorrar y quizás un día irme a un lugar más tranquilo.
- ¿Le gusta la nueva propuesta?
Estaba
casi alegre. Por primera vez la veía sentada en el sillón con el cuerpo
relajado. No tenía ese rictus tenso que
habitualmente la acompaña. Su ceño no estaba fruncido. Los hombros flojos le daban caída a sus
brazos. Gesticulaba y hablaba como si
estuviera charlando con un amigo en un bar.
- ¿Sabés que si? Me sorprendió bastante.
No imaginaba que mi trabajo fuera conocido en otro ámbito, así que me
sorprendió. Y si, la propuesta me gustó.
………………………………………………….
¿Para
qué lado le busco la vuelta a esta historia? Con mi amigo Domingo estamos
frente a un dilema. Pienso en el
Sarmiento político, un personaje tan influyente para la época, y pienso en el
hombre que perdió a su hijo, que está solo y espera. ¿Cómo dijo Laura? ¿Espera la muerte? Debería hacerle caso a la gente del
hospital. Ayudo a elaborar los duelos a
los demás y no termino de elaborar el mío. Así no pienso en pavadas.
…………………………………………………….
Martes.
9 horas. Portero. Laura Llanos. Si,
claro que sé que es Laura Llanos. Nunca
dejó de decir su apellido cada vez que tocó el portero. Las pocas veces que me llamó por teléfono
también. Entró apurada. Se sentó.
Parecía abatida.
- Me despedí el sábado. Se acabó este trabajo para mí. Y me puse muy mal. Me dolió. Lo sentí.
Parecía que me arrancaban algo.
Tiembla.
Llora. Igual que la primera vez que vino. Murmura. No entiendo lo que dice.
Quiero escucharla. Quiero entenderla. Le acerco la caja.
- Laura, quiere ir al sofá. Quizás esté
más cómoda.
Niega
con la cabeza. La miro. Espero que se calme con un vaso de agua en la
mano. Tengo agua caliente. Le preparo un
té.
Llora
suavemente. Mira la caja. Tiene un pañuelo arrugado en la mano. Lo gira.
- Ya está. Perdoname. Lo tenía
adentro. Era una sensación horrible. Un
dolor fuerte, fue como un desgarro. Dejé
parte de mi vida ahí. No tuve hijos y no
los tendré. Siempre sentí que algo me faltaba.
Aunque no sentí jamás la necesidad de tener hijos, no tengo ese
sentimiento maternal, los chiquitos eran un poco míos ¿Y ahora? ¿Ahora qué voy
a hacer?
- ¿Qué quiere hacer?
- No se trata de lo que yo quiera, se
trata de lo que pueda hacer.
- Laura, puede hacer mucho. Pero depende de usted descubrirlo.
- ¿Vos confias en mí? ¿por qué? ¿por qué
crees que puedo hacer mucho?
- Descubrimos mucho en este tiempo.
Recuperó buena parte de su confianza. Lo puede hacer. No se deje caer sólo por
esto. Es un pequeño episodio de angustia. Es puntual. Va a tener siempre
sucesos en la vida que la van a angustiar, a entristecer, a emocionar. No tenga miedo.
Comenzó
a relajarse. Terminó de secarse las lágrimas. Se miraba las manos. Me devolvió
la caja con los pañuelos mientras tomaba con la otra mano la taza.
- Gracias por el té. Siempre voy a tener miedo, ¿será normal? ¿Todos
tenemos miedo?
- Si Laura. Todos lo tenemos. El tema es
afrontarlos y convivir con ellos. No se preocupe, no son las mismas crisis de
cuando comenzamos los encuentros. Son sólo momentos.
- Gracias. De verdad. Necesitaba
desahogarme. Cambiaste la caja de
pañuelos. La de los dibujos geométricos tan bonita ya no está. Es linda esta también. Me gusta más.
- Gracias. ¿Seguimos Laura?
……………………………………….
- ¿Cómo está esta semana?
- Bien, mejor.
- Cuenteme, ¿fue a ver a la gente de la
nueva ONG?
- Si. Está muy bien el trabajo. Es un poco mayor la responsabilidad. Empiezo
en quince días. Estoy preparada.
- Me alegra escuchar eso. ¿Ha vuelto a sentir la necesidad de
desahogarse, de llorar?
- No. Tengo la cabeza ocupada con este
proyecto. Planifico, estudio, leo informes.
¿Sería ese el secreto?
- ¿Cuál secreto Laura?
- El que necesitaba encontrar para afrontar
la vida, los miedos, la gente…
- ¿Piensa eso?
- Si, eso creo. ¿Y tu novela?
- Bien Laura, avanza. ¿Quiere que
hablemos de lo que se viene?
- ¿Se viene tu novela?
- No salgamos del eje. Volvamos a lo que se viene en su vida, no en
la mía.
- Sarmiento se iba a esperar. Entendí
cuando me dijiste que no se iba a esperar la muerte. Se iba a esperar más vida.
¿La esperaba a ella?
- ¿A ella?
- A Aurelia. Velez. Su amante. Su amor
paciente durante cuarenta años. La esperó. Murió esperándola.
- ¿Le interesa la historia Laura?
- Descubrí qué era lo que esperaba. Si
yo tuviera un amor como ese, también esperaría.
Pero no soy tan afortunada.
- ¿Por qué lo dice?
- Porque es así. Yo no tengo ese amor al que voy a esperar.
- Pero tiene a su pareja, a su marido.
- No es lo mismo.
- ¿Por qué? ¿No siente ese amor? Laura, ¿no
lo siente?
- Es diferente. Ellos se amaron para
siempre. Aún después que él murió.
Me
quedé mirándola. Dijo “Me quiero ir”. “Si Laura, está bien”.
…………………………………………………
Revolvía
mis papeles, mis anotaciones. Algo había
ahí. Esa historia que había estado
buscando. Sabía que se abría frente a
mí, pero no entendía cómo. No encontraba
satisfacción en lo que escribía. En los
últimos días había tomado un ritmo feroz, pero descartaba lo escrito. Pensaba
en otra cosa.
¿Era
esa historia, ese paciente, ese caso que había estado esperando desde que
soñaba con ser analista? No. No era eso.
…………………………………………………
- Hola Laura ¿Está bien? Las últimas dos
semanas no vino. ¿Estuvo enferma?
- No, no. Estoy bien. Sólo necesitaba
tomarme un tiempo ¿sabes? Necesito pensar. Necesito… quiero pensar.
- ¿La puedo ayudar?
- ¿Viste como llueve? Qué día, llegué
esquivando charcos. Dejé el paraguas en la entrada, ¿no molesta ahí, no?
- No, no. Está bien. ¿En qué necesita
pensar? Estoy para ayudarla. Una vez le dije que la iba a acompañar, que no la
iba a dejar sola.
- Si, pero también me dijiste que tenía
que hacerme preguntas. Y creo que hay
algunas cosas que no quiero preguntarme.
- …
- Cosas, Carlos, cosas. Sensaciones que aparecen. No puedo seguir
viniendo. Ya no. Tengo que afrontar esto sola.
Y
ese martes, que llovía tanto y plaza Italia estaba tapada de agua, pegó un
portazo y se fue.
Gritó
que nunca más volvería a las sesiones y me quedé sentado mirando la puerta.
………………………………………..
- Laura, soy Carlos Salerno. Espero que este siga siendo tu número. Terminé la novela sobre Sarmiento. No se si
te acordas. Se presenta el viernes 14 en el Colegio de Abogados en la calle 13. A las siete de la tarde. Me gustaría que pudieras ir y charláramos un
poco. Bueno, no sé. Me siento raro llamándote después de un año…
igual te ví en el diario, en una foto.
Te va bien en la institución, algo supe de vos por esa nota. Me alegré.
Cualquier cosa, si querés, mi teléfono sigue siendo el mismo. Gracias. Ojalá
puedas estar.
………………………………………………………….
- Bienvenidos, gracias a todos por su
presencia. Presentamos hoy la primera
novela del Lic. Carlos Salerno “La espera”, donde se relatan los últimos años
de vida de Domingo Sarmiento en Paraguay, en una época convulsionada de nuestro
país, en la que nuestro autor ha delineado un perfil diferente del discutido ex
presidente. El perfil de un hombre.
Quisiera preguntarle Carlos, antes de hablar específicamente de la novela, por
qué hay un párrafo dedicado a una persona.
Si usted me permite, quisiera leerlo: “Para Laura. Que llegó buscando mi ayuda y se fue
ayudándome. Que fijó el rumbo”.
Al
finalizar miré a las personas que allí estaban, mis amigos, compañeros de
trabajo, mis viejos.
Me
pareció verla.
Desde
la última fila me miró y sonrió. Me
saludó con la mano y caminó hacia la salida.
Se
fue.
Abrió
la puerta y se fue por las escaleras, ni siquiera la cerró.
En ese momento, el miedo cambió de dueño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario